Para la sociedad mapuche tradicional, el mundo humano estaba inserto en un universo más amplio en el que habitaban seres sobrenaturales de diferente índole, con los que se mantenían complejas relaciones de carácter ritual y mágico.

En esta concepción del mundo, los espíritus de los antepasados eran considerados sagrados y de gran influencia en el mundo de los humanos, interviniendo en los problemas de los vivos y orientando su conducta. El conjunto de normas sociales y rituales (admapu) era considerado como una herencia de los ancestros, que debía obedecerse para mantener el equilibrio de la comunidad y el cosmos.

En la cosmovisión mapuche, el mundo estaba sumergido en una constante lucha entre dos fuerzas opuestas, definidas como pillán y wekufe. Pillán estaba representado por los antepasados benéficos, cuya actividad era garantizada a través de la mediación chamánica de la machi y la congregación ritual presidida por el nguillatuwe. Wekufe, el polo de las fuerzas del mal, la enfermedad y la muerte, se encarnaba en seres monstruosos como los anchimallén y los witranalwe que eran controlados por los hechiceros o kalkü. Estos últimos podían corromper a los muertos, atrayéndolos a su servicio y eran los responsabilizados de todos los males que ocurrían.

Ante las constantes amenazas sobrenaturales, los humanos debían renovar periódicamente sus vínculos con los antepasados y los espíritus benéficos, a través de ritos como el nguillatún. En él, la comunidad entera actualizaba los vínculos con sus ancestros, reforzando los lazos entre los distintos miembros del grupo de parentesco.

Tras el proceso de radicación y la conformación de comunidades basadas en la propiedad común de la tierra, el nguillatún fue cambiando lentamente, adquiriendo poco a poco un marcado carácter agrícola. El debilitamiento de los linajes y la creación de nuevos vínculos sociales basados en la tierra, contribuyeron al paulatino reemplazo de los ancestros individuales por otras divinidades mayores, de carácter regional como los kupüka o universales como nguenechen. En concordancia con dicho proceso, durante el siglo XX los lonkos fueron perdiendo poco a poco sus funciones y conocimientos rituales, papel que fue asumido por las machis.

El papel de éstas era mediar entre el mundo humano y el mundo sobrenatural. A través de la machi, se podían canalizar a los espíritus benévolos para sanar a una persona, expulsando el mal que lo provocaba e identificando al kalkü que había lanzado el hechizo. Las machis eran seres ambivalentes, puesto que su relación con los espíritus las ponía en la borrosa frontera entre el bien y el mal. Sus conocimientos podían ayudar a sanar, pero también a morir. En este sentido, la diferencia entre machis y kalküs en muchos casos, no pasaba de ser un asunto de perspectiva.

Para la cultura mapuche no existía una separación clara entre el universo de los humanos y el de los espíritus. Unos y otros entraban permanentemente en relación, para bien o para mal, y el delicado equilibrio entre ambos mundos se podía poner en peligro en cualquier momento. A los espíritus se los respetaba y temía; por ello, el único camino confiable era el que habían trazado los antepasados y el que sancionaban las autoridades rituales.

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