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Gay Mouret, Claudio (1800-1873)
Claudio GayNacido en Provenza, Francia, en 1800, Claudio Gay se destacó desde su infancia por el interés hacia las ciencias naturales. Guiado por ese espíritu, y bajo la dirección del botánico italiano Juan Bautista Balbis, recorrió durante su juventud extensas regiones europeas. Entre ellas, los Alpes franceses, el norte de Italia, parte de Grecia, algunas islas mediterráneas, y sectores del Asia Menor.

En 1828, el aventurero Pedro Chapuis le ofreció viajar a Chile, para trabajar como profesor, ante lo cual Gay, estimulado por algunos de sus maestros, llegó a nuestro país ese mismo año. A pesar de que Chapuis fue cesado de sus funciones al poco tiempo, Gay permaneció en Chile. En 1829, inició su labor docente como profesor de geografía con niños del Colegio de Santiago y, al mismo tiempo, se dedicó al reconocimiento del nuevo territorio. Un año después comenzó su trabajo más importante, al suscribir un contrato con el Gobierno de Chile. En éste, el francés se comprometió a efectuar un viaje científico de tres años y medio por el país, para dar cuenta de sus recursos naturales, así como recopilar los datos obtenidos para elaborar una catastro para el Estado. Las autoridades, por su parte, acordaron dar un sueldo y todas las facilidades posibles al investigador.

Bajo estas condiciones, Claudio Gay comenzó su recorrido a fines de ese año, viajando por la región de Atacama y de Colchagua. Durante los años siguientes el científico recorrió diversos lugares de Chile, entre ellos el archipiélago Juan Fernández (1832), la isla de Chiloé (1835), y la zona central (1837). En estas exploraciones recolectó valiosos materiales, muchos de los cuales entregó al Gabinete de Historia Natural, que se inauguró a fines de 1839. Ese mismo año, ante una propuesta del ministro de Instrucción, Mariano Egaña, aceptó escribir una historia política de Chile. En busca de archivos y entrevistas para aquella indagación, recorrió parte del Perú. En 1841, concluyó sus investigaciones en nuestro país, obteniendo en premio a la calidad de su trabajo la nacionalización por gracia.

Gay viajó a Francia en 1842, y a partir de 1844 comenzó la divulgación de los resultados de sus indagaciones, al publicar el primer tomo de su Historia física y política de Chile. Desde entonces y hasta 1871, aparecieron los siguientes 29 volúmenes de su obra, la más destacada de cuantas realizó. La distribución temática de ella es la siguiente: ocho tomos destinados a la historia, ocho a la botánica y ocho a la zoología; dos sobre la agricultura nacional; dos de documentos históricos, y otros dos que contienen un atlas de imágenes. Esos treinta volúmenes le otorgaron al investigador una justificada fama de científico versátil y talentoso grabadista. En efecto, a través de este arte captó imágenes de indígenas, paisajes, personajes populares y especies botánicas hasta ese entonces desconocidas.

Claudio Gay partió definitivamente a Francia en 1863. Murió diez años después en su Provenza natal.

La exploración del territorio

Concluidos los trámites administrativos y los preparativos indispensables para emprender el viaje científico, Gay se dispuso a acometer la exploración del territorio nacional, empresa que inició por la provincia de Colchagua en diciembre de 1830. Instalado en San Fernando, durante meses realizó cuatro salidas por la jurisdicción provincial que lo llevaron a reconocer la laguna de Tagua-Tagua y sus alrededores, la cordillera de la zona a través del curso del Cachapoal y el de su afluente el río Cipreses, el volcán Tinguiririca y, por último, la costa colchagüina siguiendo el curso de los ríos Tinguiririca y Rapel hasta el Pacífico. Luego de una breve estadía en Santiago destinada a ordenar el material recolectado, a comienzos de julio de 1831, Gay emprendió viaje al norte, en un recorrido que lo llevó por Colina, Polpaico, Til-Til y la cuesta de la Dormida hasta Puchuncaví. En diciembre de 1831, y a la espera de poder abordar un barco para Europa, a donde se dirigía para comprar instrumentos y libros adecuados para su trabajo, Gay exploró los sitios cercanos a Valparaíso y realizó un viaje al archipiélago de Juan Fernández, que se extendió hasta mediados de febrero, zarpando hacia Francia el 14 de marzo de 1832.

En París fue recibido entusiastamente por sus maestros, con los cuales mantenía contacto epistolar, y frente a quienes, ahora personalmente, desplegó el fruto de su trabajo científico en Chile. En esa ocasión obsequió al Museo de Historia Natural parisino, minerales, fósiles, semillas y colecciones de especies recolectadas en Chile, también algunos de los dibujos y pinturas que había realizado hasta entonces. El reconocimiento por su labor fue inmediato y se materializó, entre otras medidas, en que el gobierno francés lo distinguió con la cruz de la Legión de Honor.

En Europa, Gay adquirió numerosos instrumentos para sus observaciones, los más modernos existentes en la época. Agujas para medir la declinación magnética, imanes, agujas para levantar planos, instrumentos para calcular la latitud, cronómetros, microscopios, telescopios, barómetros, termómetros, higrómetros, eudiómetros, areómetros, un aparato para observar la electricidad atmosférica y hasta una cámara oscura, probablemente una de las primeras que llegó al país, fueron algunos de los aparatos adquiridos por encargo del Estado chileno.

Provisto de los instrumentos científicos necesarios para sus trabajos, así como de material para incrementar el gabinete de historia natural, Gay se trasladó a Melipilla y Casablanca en junio, para regresar a Santiago y dirigirse a Valdivia en octubre del mismo año, llegando a la bahía de Corral a fines de mes. Luego de remontar el río Valdivia y de recorrer y explorar los sitios aledaños a la ciudad del mismo nombre, en enero de 1835 se dirigió a investigar en los contornos del lago Ranco. Concluida esta expedición tomó rumbo a Osorno con el propósito de alcanzar hasta el lago Llanquihue, en cuyos márgenes permaneció hasta mediados de febrero. De regreso en Valdivia, en abril, se embarcó hacia el lago Panguipulli para asistir a la ceremonia de entierro del cacique Cathiji, de la cual da cuenta en una de las conocidas láminas de su Atlas. Permaneció en Valdivia todo el invierno de 1835, aprovechando su estadía para realizar breves excursiones a Corral, destinadas, entre otros objetivos, a levantar planos de los fuertes de la bahía. También desde Valdivia realizó una excursión al volcán Villarrica en octubre de 1835, alcanzando las nieves eternas del mismo.

En los últimos días de noviembre de 1835 Gay se encontraba en la isla de Chiloé, instalado en Ancud. Desde aquella ciudad realizó breves excursiones a las cercanías, como a Pudeto, y, atravesando el canal de Chacao, exploró el lado norte del seno de Reloncaví, visitando los poblados de Carelmapu, Calbuco y Carinel. A mediados de febrero de 1836 se dirigió hacia el sur de la isla grande, alcanzando hasta Queilén, luego de pasar por Puntra, Mocopulli, Castro y Chonchi. De regreso al norte, se dedicó a herborizar en las orillas del lago Huillinco y en las cercanías de Cucao. Luego de su larga estadía en la isla de Chiloé, y previa escala en Valdivia y Talcahuano, el 17 de mayo recalaba en Valparaíso. La siguiente etapa de su recorrido lo llevó a la provincia de Coquimbo, instalándose en La Serena en septiembre de 1836. Visitó las minas de Arqueros y zonas aledañas como Chingoles, Yerbas Buenas, Juan Soldado y Los Porotos. Luego, en noviembre, se dispuso a recorrer el valle de Elqui. Pasó por Saturno, Marquesa, Tambo, Vicuña, San Isidro, Rivadavia, Chapilca y Guanta, sitio desde el cual inició el ascenso de la cordillera, alcanzando hasta Tilito, a 4.000 metros de altura. Siguió a la cordillera Doña Ana, volviendo por los Baños del Toro y Rivadavia, arribando finalmente a La Serena a comienzos de diciembre de 1836.

A fines del mismo mes reinició sus excursiones dirigiéndose hacia Andacollo y a las minas de sus alrededores. Recorriendo la zona pasó por Huamalata y Ovalle, visitando también las minas de Tamaya para, ya en enero de 1837, internarse en la cordillera siguiendo el curso del río Rapel. Entonces su itinerario lo llevó por Sotaquí, Monte Patria, La Junta, Arcos, Rapel y el sendero cordillerano que sale de Las Mollacas y conduce al paso de Valle Hermoso. A su regreso, bajó por el río Hurtado para arribar a Vicuña, pasar por El Tambo, y terminar en La Serena los primeros días de febrero. Desde esta ciudad, y llevado por su afán de conocer los yacimientos de mercurio existentes en esas latitudes, emprendió viaje hacia el extremo sur de la provincia de Coquimbo. Punitaqui, Quilitapia, Pama e Illapel fueron visitadas por el naturalista hasta fines de abril, permaneciendo en Illapel durante todo el invierno, explorando los parajes aledaños a aquel pueblo y excursionando hasta La Serena pasando por Combarbalá, Cogotí y Ovalle. En otra oportunidad, ahora a principios de la primavera, Gay salió de Ovalle y tomó la ribera sur del río Limarí hasta Barraza, marchando por Zorrilla y Talinay, alcanzando luego hasta Maitencillo, pasando por El Teniente, llegar a Mincha y de ahí dirigirse nuevamente a Illapel.

Los últimos días de septiembre de 1837 se dispuso a volver al sur, viaje que iniciado en Illapel, continuó por el curso del río Choapa hasta llegar a Huentelauquén en la costa. Desde este punto siguió hacia el sur visitando Longotoma y Petorca, poblado al que arribó en los primeros días de octubre. La siguiente etapa lo llevó por la cuesta del Melón y San Felipe para alcanzar Los Andes a fines del mismo mes, lugar en que permaneció hasta comienzos de diciembre.

Durante el mes de enero y parte de febrero de 1838, el sabio francés se dedicó a excursionar en los parajes cordilleranos frente a Santiago, internándose por el cajón del río Maipo, pasando por San José de Maipo y El Volcán, hasta llegar al volcán San José.

Incansable, en septiembre de 1838 salió de Santiago con destino a las provincias del llano central. San Fernando, Vichuquén, Pencahue, Constitución, Chanco, Cauquenes, Quirihue, Coelemu, Rafael, Tomé, Penco y Concepción vieron llegar al naturalista. Entre octubre y noviembre visitó la costa de Arauco hasta Tirúa. En diciembre se encontraba en Nacimiento, visitó la cordillera de Nahuelbuta para luego emprender viaje a Los Ángeles a fines de mes. Más tarde se internó hacia Santa Bárbara llegando hasta Trapa-Trapa. De regreso en Los Ángeles, a fines de enero de 1839, salió hacia Antuco, Laguna de la Laja y la Sierra Velluda. Luego de subir el volcán Antuco, regresó por el pueblo de Tucapel hacia el Salto del Laja, de ahí siguió a Yumbel y La Florida, para llegar a Concepción en los últimos días de febrero. En marzo siguiente se encontraba en Chillán, ciudad desde la cual tomó hacia el norte por el llano, pasando por San Carlos, Parral y Linares, llegando a Talca el 31 del mismo mes. Su excursión prosiguió por Curicó, Teno, San Fernando, Rancagua y Maipú, culminando en Santiago a mediados de abril. En este viaje, además de sus tareas científicas habituales, dibujó algunos paisajes que luego incluyó en su Atlas como láminas. Entre ellas: “Los pinares de Nahuelbuta”, “Laguna del Laja”, “Volcán Antuco”, “Salto del Laja” y “Molino de Puchacay”.
 

Imágenes de Chile
La Historia de Chile de Claudio Gay incluyó, junto con sus 8 tomos, un Atlas de la historia física y política de Chile (1854), que recopila un rico material iconográfico.
Los grabados se basan en dibujos realizados por Gay, su esposa y Moritz Rugendas, entre otros, durante los años de residencia del naturalista en el país, entre 1828 y 1843. Los dibujos luego enriquecidos posteriormente por distintos artistas franceses.
El primer volumen del Atlas, muestra imágenes del medio físico y la sociedad de la época. El segundo volumen, muestra imágenes de las especies que conformaban el universo zoológico y botánico del país.
 


Luego de un viaje a Perú iniciado en marzo de 1839, que le significó alejarse poco más de un año y cuyo propósito fue revisar los archivos limeños en busca de documentación relativa a la historia de Chile, se dirigió a Copiapó en diciembre de 1841. En la provincia de Atacama visitó Caldera, Cerro Ramadillas, la capital provincial, Tierra Amarilla, Nantoco, Totoralillo, Hornito y Chañarcillo. A continuación pasó a La Pucheta y alcanzó hasta La Puerta, La Capilla, Potrero Grande y Amapolas. Siguiendo el curso del río Manflas llegó hasta La Jarilla y a Vallenar. Más tarde pasó a Freirina y en enero de 1842 llegaba al puerto de Huasco para regresar al sur. Con esta última excursión, y luego de cuatro o cinco intentos fallidos por llegar a la provincia de Atacama, finalmente Gay cumplía su íntimo anhelo de “no dejar ningún punto de Chile sin haberlo realmente visitado”, como se lo hizo saber a Ignacio Domeyko en carta fechada el 8 de diciembre de 1841. Al respecto, no debe olvidarse que en esa época el desierto de Atacama era el límite septentrional del país, y que todavía no se iniciaba el esfuerzo destinado a asegurar la soberanía nacional sobre el estrecho de Magallanes y su entorno. Durante sus excursiones, y gracias a haber permanecido sucesivamente en cada una de las provincias que componían la república, las cuales recorrió minuciosamente, Gay recogió la mayor parte de las especies animales y vegetales existentes en el territorio considerado chileno en ese entonces. Llamando la atención sobre este aspecto de su quehacer, el naturalista explicó que la única forma de acceder al conocimiento de los ejemplares de una región era permaneciendo “más o menos tiempo en cada provincia, estudiando cuidadosamente y bajo un punto de vista comparativo y sobre todo geográfico, cuantos objetos haya obtenido a fuerza de investigaciones y cacerías: solo así puede conocerse bien la fauna de un país”.

En el cumplimiento de su comisión, desarrolló un patrón de conducta que cumplió rigurosamente durante sus excursiones, y que explica el éxito final de su empresa científica. En cada lugar que visitó o recorrió, procedió a examinar y estudiar las especies naturales, recolectando todas aquellas que le resultaban de interés. Preocupación especial mostró siempre por herborizar y por observar la adaptación de las plantas en las regiones altas de las cordilleras. Fijar con exactitud la situación de los puntos geográficos, auxiliado por los modernos instrumentos adquiridos en Europa, fue también objeto de su atención. Los estudios geológicos y el levantamiento de la respectiva carta geográfica de la zona visitada constituyó otra de sus ocupaciones permanentes. En los lugares en que existían procedía también a analizar las aguas termales, determinando, entre otras características, si eran sulfurosas o salinas. La recopilación de estadísticas, de documentación y de todo tipo de noticias de los parajes y poblados recorridos, fueron también actividades características suyas. Por último, sus observaciones climáticas y sus mediciones meteorológicas, así como las destinadas a determinar el magnetismo terrestre, fueron otra constante de su acción.

Pero, y como ha sido señalado, en todas partes Gay conversaba con la gente y observaba las formas de vida y los métodos de trabajo, práctica que no sólo fue muy útil para la preparación de su texto sobre la agricultura chilena, sino en especial para identificar los rasgos propios del pueblo chileno. Durante los períodos de sedentarismo, el naturalista procedía a ordenar, clasificar, describir, dibujar y acondicionar las especies y objetos recolectados, redactar los informes científicos para el gobierno chileno y mantener viva su correspondencia con sus colegas europeos, a los cuales informaba detalladamente de sus estudios y de las novedades que iba descubriendo en su recorrido por el país. Ejemplo de lo que afirmamos, así como de la admiración que nuestra realidad física le provocó, es un párrafo de uno de sus textos. En él, y refiriéndose a la vida natural en las islas de la entonces existente laguna de Tagua-Tagua, escribió que era tal la infinidad de “especies nuevas, tanto para mí como para la ciencia, que ellas hacen de este país una mansión de delicias y admiración, en que la naturaleza ha hecho todo el costo, y sólo espera la mano del hombre para disputarle la belleza y la hermosura a los encantadores alrededores de Como, de Constanza y aun de Ginebra”.

En sus viajes por el país Claudio Gay no sólo debió enfrentar todo tipo de adversidades, producto de la falta de vías de comunicación o de albergues adecuados, además, sufrió los rigores de las condiciones ambientales extremas de algunas de las regiones.

Muestra de su pasión por la ciencia, en cada una de sus excursiones cumplió fielmente con lo prometido al gobierno, desarrollando a plenitud sus observaciones, mediciones, recolecciones y estudios. Aun en medio de las limitaciones presupuestarias, las alteraciones políticas experimentadas por el país o la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, Gay, paciente, sistemática y casi anónimamente, durante aproximadamente una década, llevó a cabo su comisión, sentando las bases del desarrollo científico del país y recopilando antecedentes que más tarde serían los fundamentos de la nacionalidad chilena. Una tarea que a pesar de carecer de sucesos espectaculares o llamativos, tuvo importancia fundamental en el desenvolvimiento de la nación. Concluida ella, ahora sólo quedaba el trabajo, no menor, de dar a conocer el fruto de sus investigaciones por el territorio nacional a través de la respectiva publicación, la cual, como sabemos, incluyó la primera historia nacional del país.

Claudio Gay historiador

Como se habrá advertido, en su propuesta original al gobierno chileno el naturalista no incluyó la preparación de una historia civil. En su ofrecimiento escribió que sólo trabajaría en una “Historia Natural, general y particular de la República de Chile”, que contendría “la descripción de casi todos los animales, vegetales y minerales de todo el territorio, con sus nombres vulgares, utilidades y localidades”. De hecho en los planes del científico no estaba la tarea de investigar el pasado de Chile y su única alusión a la historia en sentido clásico se encuentra cuando, refiriéndose a sus trabajos de geografía física y descriptiva, alude a que los mismos tendrán “consideraciones sobre la historia de las ciudades”. Sería el gobierno chileno, a través de su Ministro de Instrucción Pública, el que sugeriría a Gay la conveniencia de redactar una historia nacional que se incluyera en la magna obra que estaba preparando. El impulso vino de Mariano Egaña, y el momento en que éste se produjo puede ayudar a explicar la actitud del secretario de Estado pues fue en 1839, en medio de la euforia nacional desatada por el triunfo chileno obtenido en el mes de enero de aquel año en el conflicto militar que lo había enfrentado contra Perú y Bolivia en la llamada, en Chile, Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana. Alentados por el éxito militar del “Ejército Restaurador” encabezado por el general Manuel Bulnes, y estimulados por el entusiasmo popular y el fervor patriótico que se desencadenó luego de la Batalla de Yungay que liquidó las aspiraciones del mariscal Andrés de Santa Cruz, ánimo que se prolongaría durante prácticamente todo el año hasta que el 18 de diciembre de 1839 el general vencedor y sus tropas entraron en Santiago, el gobierno aquilató la conveniencia de contar con una historia de Chile digna, a la altura de la república que había conquistado la gloria en los campos de batalla. 

Hasta entonces, pensaban sus autoridades, Chile no contaba con una historia concebida con criterio moderno, propio del siglo xix que, alejada de las preocupaciones de naturaleza religiosa, narrara los sucesos después de haberlos confrontado con las fuentes. El ministro Egaña quería una historia que respirara sentido crítico, ajena a la incertidumbre, la leyenda, la imaginación y la tradición, y pensó que el único que entonces podía escribirla era, precisamente, el científico Claudio Gay. Muy probablemente el influyente Andrés Bello también estuvo tras esta aspiración de los gobernantes de la época. Así se deduce, entre otros antecedentes, de sus palabras una vez aparecida la obra de Gay, cuando resumió las necesidades que venía a llenar el trabajo de naturalista, entre las cuales estaban “la historia de los estados erigidos en el Nuevo Mundo, desde su ocupación por la España hasta la revolución que les ha dado una existencia independiente; la política del gobierno que las tuvo tres siglos bajo su tutela; la naturaleza de los elementos con que se emprendió y llevó a cabo esa revolución; el carácter peculiar de ésta, injustamente calumniado por la parcialidad o la ignorancia; sus resultados, su porvenir... en la parte, no la menos gloriosa, que en este grandioso panorama toca a Chile”.

La primera reacción de Gay a la petición que se le formuló refleja bien su formación como naturalista, pero también su visión eurocéntrica, pues preguntó a Egaña si acaso creía que el pasado de Chile significaba algo en el concierto de la civilización. La respuesta del gobernante no sólo no se hizo esperar, definitivamente marcó el rumbo al improvisado historiador, y creemos que el de la historiografía nacional, cuando escribió:

“Ciertamente, ese aporte es algo. La civilización española se salvó en Chile de pasar a manos de los holandeses o de los ingleses en la época del filibusterismo. La guerra de Arauco durante casi tres siglos hirieron aquí de muerte el concepto imperial castellano al doblegar el orgullo de las armas españolas, que desde entonces perdieron fe en la invencibilidad. Después, fue en Chile donde se dieron las dos batallas decisivas de la libertad de América: Chacabuco y Maipú. La expedición Libertadora del Perú hizo imposible la continuación del imperio español en este continente. Además, actualmente es Chile el único país organizado en estos momentos que existe en América, sometido a un régimen político y respetuoso de su sistema republicano. Es, pues, algo de lo que Chile ha dado a la civilización europea”.

Como se apreciará, la noción sobre la excepcional situación y trayectoria chilena en el concierto americano estuvo presente en las elites chilenas de la época aun antes que se escribiera la historia nacional. Era consecuencia de la realidad, del contexto local e internacional existente entonces y que éstas vivieron intensa y dramáticamente; como su participación en la independencia, la organización republicana y la guerra contra la Confederación lo habían demostrado. Pero también de la ponderación que el abate jesuita Ignacio de Molina había hecho de Chile en su leído Compendio de la historia geográfica, natural y civil del reyno de Chile, publicado en español en 1788, verdadero resumen de la conciencia criolla local, para la cual Chile, en palabras de Molina, era “el jardín de la América meridional, ...extendiéndose... mucho más a lo largo que a lo ancho, tiene la proporción necesaria para recibir y madurar todo género de producciones apetecibles”.

Precisamente por todo lo anterior es que era preciso escribir una historia de Chile. Como Mariano Egaña se lo hizo saber a su amigo Claudio Gay, era “una necesidad nacional”, pues esa ponderación de la realidad natural y del pasado chileno, pero en especial de su ordenada evolución luego de la independencia, sería la base sobre la cual se sustentaría la unidad nacional. Gay tomó la recomendación del ministro Egaña como una verdadera orden, convenciéndose de que, en medio del precario nivel intelectual nacional, efectivamente era el único que entonces podía escribir una historia de Chile, poniendo ahora en ella el método y rigor que caracterizaba sus investigaciones en el ámbito de la historia natural. Debe haber contribuido a su decisión el que durante sus excursiones por el país, mucho antes de pensar siquiera en escribir una historia de Chile, y sólo llevado por su curiosidad y espíritu de investigador, tomara notas de sus conversaciones con toda clase de personas que podían ilustrarlo con sus informaciones y declaraciones sobre lo que habían visto u oído sobre el pasado chileno. Con esas anotaciones, que por lo demás se encuentran por cientos en su archivo, Gay terminará enriqueciendo su obra con las costumbres, el folclore, las creencias y supersticiones populares, la música, el canto, la comida y las fiestas locales, entre otros muchos elementos que no sólo aportan información histórica, antropológica o etnográfica, además, constituyen parte fundamental de la cultura nacional.

Tomada su determinación, el acopio de materiales, en este caso de documentación que buscó en archivos públicos y entre las familias protagonistas de la independencia, fue el primer paso dado por Gay para fundar su historia; el mismo que lo llevó al Perú en junio de 1839, aprovechando así la presencia chilena para revisar archivos y recopilar memorias, correspondencia, informes y crónicas en el antiguo virreinato del cual Chile había formado parte. En su “Informe al ministro de instrucción pública sobre el viaje al Perú”, junto a las noticias concretas de su búsqueda de documentación relativa a la historia de Chile, Gay ofrece luces sobre su concepción de la historia y respecto de sus obligaciones como estudioso del pasado, las cuales tienen el valor de haber sido planteadas al comienzo de su trabajo como historiador y no como explicaciones a posteriori para justificar su obra y sus resultados.La investigación sobre la base de la pesquisa y revisión de manuscritos originaleses su gran preocupación, lamentando por ello muy sentidamente el incendio que en 1821 había consumido los archivos del virreinato, tanto como los saqueos que posteriormente habían sustraído del conocimiento de los historiadores los acervos documentales que se habían salvado del primer desastre. Especial preocupación mostró Gay por hacerse de documentos oficiales y de epistolarios de personalidades del gobierno colonial que le permitieran “aclarar” lo que llamaba “puntos importantes de la historia de Chile”. La compulsa de documentos, la obtención de estadísticas relativas a Chile o de noticias sobre los indios chilenos fueron también el centro de sus afanes como investigador.

Interés mostró también por acopiar noticias sobre la que llama “historia de la independencia”, para lo cual tuvo la fortuna de dar con epistolarios de autoridades monárquicas de la época de las luchas militares entre patriotas y realistas, los cuales demostraban, como Egaña se lo había señalado, la trascendencia de la batalla de Maipú sobre la suerte de América y las naciones que surgieron como consecuencia de la gesta libertaria. Ya entonces Gay pudo concluir, como lo expresa en su informe, respecto de la “parte activa y decisiva” que le cupo a Chile, valorando así a una sociedad que hasta ese momento sólo se había mirado “como una parte integrante del Perú o como una de sus lejanas provincias”. Ponderando los testimonios, en un rasgo que le fue característico, agregó que “tal vez el amor propio de ciertos pueblos no querrá reconocer esta gran influencia, pero será siempre confesada por las correspondencias de personajes que por su posición y sus opiniones no pueden sino merecer plena y completa confianza de parte del historiador imparcial”. Estas y otras informaciones, como por ejemplo las que sus conversaciones con Bernardo O’Higgins le procuraron, formaban para Gay “la base de una buena historia de esa brillante época de la independencia”, sin duda ya, y aun antes de comenzar a escribir su obra, el punto culminante de la misma.

De este modo, el naturalista convertido en historiador debido a las urgencias del Estado nación para el cual prestaba sus servicios, hizo saber que su método sería el propio del positivismo, es decir la recopilación y crítica de los documentos que acopiaba, los cuales le servirían de material para la elaboración y redacción de su obra luego de un esfuerzo desapasionado por establecer los hechos. Así, y como se ha establecido, “Gay tuvo el mérito de señalar una orientación metodológica para el cultivo de la historia”, estableciendo que antes de de emprender una síntesis o una interpretación filosófica del pasado, era preciso realizar el esfuerzo de investigación, acopio de documentos, catalogación de archivos y elaboración de monografías, entre otros requisitos para llegar a un adecuado conocimiento de los hechos.

La defensa que años después hizo de su obra, a propósito de algunas críticas que se dejaron oír luego de la aparición de la parte histórica, confirman lo que afirmamos. En septiembre de 1845 escribió, dirigiéndose al entonces Ministro de Instrucción Pública, Manuel Montt: “me reprochan escribir más bien una crónica que una verdadera historia, y agregan que no conozco bastante la filosofía de esta ciencia [la historia] para ser capaz de publicar una buena obra. Sin duda, me gustan mucho esas brillantes teorías engendradas por la escuela moderna... Pero antes de ahondar esta clase de materias, los señores periodistas debieran preguntarse si la bibliografía americana, y en particular la de Chile, ha avanzado bastante como para suministrar los materiales necesarios para este gran cuadro de conjunto y de crítica”.

Aludiendo a los europeos que se le señalaban como ejemplo, advertía que quienes se ocupaban de los cuadros de conjunto, “dejándose llevar por su sola imaginación, por su solo genio”, actuaban sobre la base de “millares de memorias particulares, trabajadas con el cuidado más tenaz por monografistas tan pacientes como concienzudos”, inexistentes en el Chile de entonces. De ahí que, continuaba, “querer obrar de esta manera para la historia de Chile sería querer principiar por donde se debe terminar, querer dogmatizar en un plano calculado sobre el de otras naciones acerca de los acontecimientos más obscuros y los menos conocidos”. Considerando que en Chile los hechos de su pasado no habían sido discutidos ni comentados, y que “se han adoptado de buena fe y sin crítica los resúmenes que por copia han sucedido hasta nosotros” preguntaba, “¿y es con esa clase de materiales con que se querría escribir una historia de Chile fundada en los preceptos de la escuela filosófica moderna?”. Su respuesta no debe extrañar: “No sé si me engañe, pero me parece que esa clase de trabajos, por otra parte siempre útiles, no pueden en el estado actual de nuestro conocimiento del país formar parte de una obra seria”. Para Gay la “historia era una ciencia de hechos, tal como han ocurrido”, los cuales se determinaban a partir de los documentos; en su concepto, “los únicos capaces de darnos resultados satisfactorios” si se buscaba, como se le había pedido, elaborar una historia mucho más “completa que la de mis antecesores”.

Gay trasladó al estudio del pasado nacional las tareas propias del método científico, las mismas que había repetido una y otra vez durante sus exploraciones por el territorio nacional. Para escribir su historia reemplazó los años de herborizaciones, acopio de muestras, mediciones, recolección de restos, observaciones y descripciones minuciosas sobre el terreno, por la revisión de archivos, la búsqueda y compulsa de manuscritos, el cotejo de documentos y las entrevistas con contemporáneos y protagonistas de los procesos que marcaron su época. Toda la información recopilada y seleccionada, sometida a una rigurosa crítica, permitió al sabio, como lo señala en el prólogo de su Historia, escapar de toda especulación, determinar los hechos que constituían la historia de Chile, desechar los sucesos inverosímiles y corregir las interpretaciones ligeras, satisfaciendo así “las esperanzas que el patriotismo chileno ha puesto en esta obra”.

Como es conocido, y salvo por el interés y apoyo que constantemente recibió de Manuel Montt, por lo demás siempre inmerso en tareas de gobierno que lo absorbían, entre los chilenos Gay tuvo no pocos críticos, e incluso opositores a su obra cuando ésta comenzó a publicarse. Si al principio se le reprochó el estilo, luego fueron ciertas imprecisiones en la información y algunos errores en sus mapas, culminando las críticas con las quejas “por el atraso que he puesto en terminar mi obra”.

Buscando una explicación para las contrariedades, el hombre de ciencia confesaba a su protector que tal vez “yo debiera haber pensado también un poco en el espíritu económico de los chilenos”, y haber publicado esta obra en una escala mucho más modesta, “no obstante la alta posición de Chile, que puede hoy marchar de frente con Brasil, México, Cuba, etc., cuyos gobiernos no han retrocedido ante los gastos de empresa semejante”.

Reflexionaba también sobre la alternativa de haber disminuido el volumen del trabajo y sólo haber publicado información sobre las especies más notables y útiles, y aun, sobre la posibilidad de haber dado a sus descripciones una forma sencillamente literaria, novelesca en ocasiones y siempre pintoresca. De esta forma, le aseguraba a Montt, “mi obra habría agradado momentáneamente, para ser dejada de mano más tarde, pero no importa, habría producido efecto, satisfaciendo todo lo que hubiera pedido una persona que no hubiera tenido en vista sino la especulación”. Reaccionando a sus propias palabras, y de paso mostrando el camino que debe seguir un verdadero estudioso, Claudio Gay le explica al presidente Montt que en lo que se refiere a él, le hubiera sido imposible obrar de una manera distinta a lo hecho pues, aclara, “habiendo reunido con solicitud y trabajo tantos materiales, he querido publicar un trabajo de valor permanente, y realizarlo tal como la ciencia lo exige, así como las necesidades del país”.
 
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