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Tornero, Recaredo Santos (1842-1902)
Recaredo Tornero nació en Valparaíso, entonces la segunda ciudad de Chile en población, pero la primera desde el punto de vista del comercio, el 12 de octubre de 1842. Quien llegaría a ser uno de los más destacados editores del país y un actor importante en el proceso de creación de lo que hoy se llama imagen país, fue una figura central en el desarrollo del mundo del libro y la lectura decimonónicas, para utilizar las categorías en uso entre nosotros. Pero es recordado sobre todo por una obra que en su momento representó una de las mejores expresiones de la autopercepción de los chilenos y de la fascinación ejercida sobre ellos por una cierta idea de progreso que, en las páginas del Chile ilustrado, ofrece una vigorosa y nítida visualización.
 
Hijo del editor español Santos Tornero, de larga y destacada trayectoria en el mundo de los libros, Recaredo fue el continuador de esa tradición familiar en el mundo de las letras impresas. En efecto, Santos Tornero, autor del libro Reminiscencias de un viejo editor, que escribió poco antes de morir, había llegado a Chile en 1834, radicándose en Valparaíso, al igual que su compatriota y colega Manuel Rivadeneyra, llegado en 1841. Ambos aportaron a la construcción de Chile republicano a través de la actividad editorial mostrando, además, una notable capacidad para innovar en esta industria.

Nació en un momento particularmente importante para la conformación de una identidad nacional, cuando el territorio de Chile aparecía como el “asilo contra la opresión”, según los versos de Eusebio Lillo, recibiendo a un importante grupo de creadores e intelectuales que buscaron refugio en el país frente a la persecución y la censura que encontraban en sus naciones de origen. De hecho, contrasta el clima de libertad imperante en Chile durante los años cuarenta del siglo XIX, durante la presidencia del conservador Manuel Bulnes, con el terror que se vivía en la Argentina de Rosas, por ejemplo.

Nacido en el año de la generación del 42 integrada por intelectuales chilenos y extranjeros que dejaron una significativa huella en el nacimiento de la identidad de Chile más allá del terreno estrictamente político e institucional, fue testigo del afianzamiento republicano del país y de la consolidación de los valores afines a la defensa de la libertad. Eran los años en que se desarrolló una cultura liberal que dejó una impronta fundamental en la vida del país, imprimiendo una marca de carácter a la sociedad toda y, también, a Recaredo Tornero.

Como ha destacado Bernardo Subercaseaux, citando los Recuerdos literarios de José Victorino Lastarria, “a comienzos de la década del cuarenta ‘se había iniciado un movimiento intelectual desconocido hasta entonces. La juventud distinguida, que poco antes estaba reducida al estrecho círculo de la oligarquía dominante, había recibido un refuerzo numeroso con la generación que se había educado en otros principios y distintas aspiraciones, y que sentía estimulada su actividad con el roce de la ilustrada y bulliciosa emigración argentina” (Bernardo Subercaseaux, Historia del libro en Chile, p. 44).

En esta época fue que José V. Lastarria pudo afirmar que “el teatro, las tertulias, los paseos cobraban animación y, en todas partes, principalmente en las reuniones privadas y en algunos salones particulares se hablaba de letras, de política y de progresos industriales”.

Si bien los Recuerdos literarios son de 1885, dan cuenta del espíritu que imperaba a inicios de los años cuarenta, momento de inflexión en el clima cultural y político del país, época en que se instalaron los editores españoles que aprovecharon el estimulante ambiente chileno. El propio José V. Lastarria destacó que el movimiento político de 1841 fue un verdadero despertar que “marcó en nuestra historia el momento en que acabó una época y comenzó otra” (Bernardo Subercaseaux, Historia del libro en Chile, p. 44).

El país se convirtió en un lugar de encuentro de artistas, pensadores, intelectuales y políticos entre los que se destacaron los argentinos: Juan Bautista Alberti, Vicente Fidel López, Domingo Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre, llegado más tarde, y los venezolanos Andrés Bello y Simón Rodríguez, además de otros extranjeros como los artistas Raymond Monvoisin y Juan Mauricio Rugendas; a ellos se deben añadir científicos y docentes de las nuevas instituciones que se fundaron en la década de 1840, la más importante de todas, la Universidad de Chile.

Estos hombres encontraron en Chile a una generación que incluía al ya nombrado José V. Lastarria, a Antonio García Reyes, Jacinto Chacón, Francisco Bilbao, Eusebio Lillo y Manuel Antonio Matta. Algunos años después este ambiente se enriquecería con los jóvenes Miguel Luis Amunátegui, Guillermo Matta, Diego Barros Arana y Benjamín Vicuña Mackenna, por sólo recordar a los autores másdestacados en el plano literario y político del Chile del siglo XIX.

El padre de Recaredo, Santos Tornero, se instaló, así, en un país que ofrecía amplias posibilidades para su actividad de editor dada la ebullición de ideas y polémicas. Logroñés de origen, había nacido en 1808 y llegó a Valparaíso en 1834 instalando la Librería Española, la primera en el país. Sin embargo, no sería hasta 1842 cuando desempeñó un papel aún más relevante en el mundo de las letras, pues, ese año, adquirió la imprenta y el diario El Mercurio, que se convirtió en uno de los periódicos más influyentes del país por largo tiempo, incluyendo entre sus colaboradores a autores como Domingo F. Sarmiento, José V. Lastarria, Benjamín Vicuña Mackenna y los hermanos Amunátegui, entre otros.

Recibió los derechos sobre El Mercurio de su compatriota y colega editor Manuel Rivadeneyra que, en su breve paso por Chile tuvo, no obstante, relevante influencia. Convencido de la importancia de la actividad editorial y no sólo del diario, estimuló a la imprenta El Mercurio apenas la compró en 1841. Sin embargo, al año siguiente, decidió retornar a España con el propósito de emprender proyectos más amplios y en mercados mayores. Fue el momento en que permitió a Santos Tornero tomar El Mercurio, sin cambiar de actividad, más bien enriqueciéndola, pues este último conservó su campo de acción manteniendo y ampliando la actividad de librero, creando librerías en Santiago, Copiapó, La Serena y San Felipe.

De este modo el niño Recaredo Tornero nació en medio de tipos de imprenta, pliegos de papel, escritores y periodistas, y mientras crecía pudo ver desarrollarse también la actividad comercial y editorial de su padre. Y así como éste puso una librería en Santiago, el joven Recaredo se trasladó también a la capital para ingresar al Instituto Nacional donde realizó sus primeros estudios para continuarlos en Francia, donde se formó en la Escuela Superior de Comercio de París. Con dieciocho años de edad regresó a Chile en 1860 con el propósito de integrarse a las actividades de la familia, especialmente en el diario El Mercurio y la imprenta del mismo nombre, las que comenzó a administrar el año 1866, al tiempo que su hermano Orestes se encargaba de la gestión de las librerías.

Desde el año 1867 fue el único director y editor de El Mercurio, y puso sus mayores energías en impulsar la renovación de la sede de la imprenta y las oficinas del diario, al tiempo que compró maquinaria nueva que mantuvo a la empresa en la primera línea en la actividad periodística y editorial del país. Desde allí se ofrecía las páginas del periódico y las prensas de su imprenta a figuras como Benjamín Vicuña Mackenna, quien luego sería contratado como colaborador del medio. Su empuje se muestra también con la contratación de Manuel Blanco Cuartín quien, como redactor del diario, incorporó notas de carácter literario y cultural, así como con la acogida de autores como el peruano Ricardo Palma. En 1870 incorporó a Camilo Letelier como socio en el diario El Mercurio, a quien vendió en 1875 su parte de la propiedad del periódico.

Ya casado y con su familia, viajó a Europa en 1877, extendiendo por tres años su estadía en el viejo continente, período en el cual realizó importantes inversiones en maquinarias que le permitieron abrir, al regresar al país en 1880, la primera fábrica de papel de Chile, que instaló en su ciudad natal. Junto a esta nueva actividad creó la Imprenta del Progreso y fundó una librería en el sector de El Almendral en Valparaíso.

Ante la muerte de su hermano Orestes, se hizo cargo de la librería El Mercurio con una posición ya consolidada. Como editor adquirió un lugar destacado al apoyar la publicación de los ocho tomos de documentos relativos a la Guerra del Pacífico que recopiló y presentó Pascual Ahumada Moreno.

Su compromiso con la actividad pública lo llevó a fundar un nuevo periódico en 1890, el diario de inspiración liberal El Comercio, desde donde apoyó la causa del presidente José Manuel Balmaceda. Activo hasta sus últimos días, murió en Santiago en julio de 1902.

Protagonista de su tiempo, unió la cultura chilena con la europea, mostró capacidad de administrar de forma eficiente las empresas familiares, se comprometió con el desarrollo de las artes y las letras dando espacio, tanto en los diarios que dirigió como en las imprentas que tuvo, a autores que enriquecieron el debate sobre las libertades. También se preocupó de impulsar las letras y, en especial, la Historia. Fue un innovador en materia de maquinaria y orientación de la actividad editorial y periodística, destacando en este sentido la obra que le ganará más fama, el Chile ilustrado, publicado en París en 1872, que se convirtió en todo un símbolo de la idea de progreso y en insumo en la construcción de la imagen del país.

Heredero de una tradición familiar en el mundo de las imprentas, editoriales y librerías, con una visión amplia y cosmopolita, conocedor del mundo y las novedades que marcaban tendencia en los escenarios europeos y americanos, era en el Chile de entonces una de las personas que tenía mayor autoridad para presentar, como lo hizo a comienzos de la década de los setenta del siglo XIX, una imagen ilustrada de Chile, lo que fue una primicia absoluta en el género para el país. Su obra se inserta, sin embargo, en una tradición cuyos orígenes lejanos estaban en la obra de Alonso de Ovalle y que en alguna medida se prolongó en el trabajo de Claude Gay y su Atlas.
 
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