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Venegas Carús, Alejandro (1870-1922)

Alejandro Venegas Carús

José Alejandro Venegas Carús nació en Melipilla el 29 de mayo de 1870. Su familia era de la antigua clase media de las ciudades de provincia. Su padre era dueño de un “almacén” como solían llamar entonces a una suerte de tienda de abarrotes donde se vendían los productos domésticos más diversos, inclusive ropa, aperos de labranza y de montar, vinos y licores, artículos de ferretería, herraduras y hasta libros.

Fue Alejandro, el quinto hijo de una familia ambientada en un entorno rural. Se enteró de sus problemas y posiblemente conoció mucha de la vida social y mental de la entonces pequeña ciudad, como fue considerada legalmente a partir de 1870, aunque fuese todavía, en verdad, un pueblo.

1. El hombre

Creemos muy probable que la temprana niñez de Alejandro Venegas fue feliz. En sus libros, cargados de amargura de sus años de adulto, se cree descubrir una nostalgia, que quizá puede remontarse a esa niñez y su entorno, incluyendo el “almacén”.

Su padre, don José María Venegas, siendo Alejandro todavía niño, fue un activo promotor de un diario de corte progresista impulsado por Enrique Cood, actitud que sin duda influyó en Alejandro. También conoció, don José María, a Benjamín Vicuña Mackenna en su famosa cabalgata por la provincia de Santiago en 1874. Era un símbolo de la clase media chilena que por ese entonces comenzaba a despertar a la modernidad. Fue progresista, aunque formalmente era conservador y católico, no sabemos con cuanto entusiasmo. Fue incluso candidato pelucón (derrotado) en elecciones municipales.

Pero pese a su actitud y rasgos de pensamiento progresista, los progenitores de Alejandro Venegas eran personas que todavía aceptaban como algo natural el predominio, en todos los ámbitos, del sector social alto.

Pero la enorme riqueza del salitre corrompió a esa oligarquía. Después de 1891, el universo social de elite fue perdiendo su espíritu público e, incluso, su capacidad de esfuerzo laboral. Así dejaba el paso a los homini novi, la clase media en
ascenso.

En otras palabras, frente una oligarquía fuerte y con cualidades cívicas, la clase media chilena del siglo XIX y hasta el año 1910, aproximadamente, fue un sector social, que se había venido construyendo paulatinamente desde mediados del siglo, pero que todavía no tenía rasgos fuertes y definidos. En buena medida estaba huyendo de sí misma, tratando de incorporarse a la oligarquía. No pretendía transformarse en grupo alternativo a ésta, sino ser aceptado en ella; aún cuando la criticasen, fuerte, resentida y solapadamente. Pero ya al comenzar el siglo XX, ayudada por la decadencia de la oligarquía, esta actitud fue cambiando. La clase media tomó una actitud contestataria.

Si no de su padre, fue el caso de la generación de Alejandro Venegas y de otros intelectuales o ensayistas, como Tancredo Pinochet, como Nicolás Palacios y varios más, que empezaron a tener una actitud político-social contraria al dominio de la oligarquía decadente. Esta tendencia se fortaleció hacia la época del Centenario y la aparición de Sinceridad.

El hecho es que la clase media hasta entonces subordinada se transformó durante las primeras décadas del siglo XX , en una clase media rebelde y con preparación, gracias a la educación que recibía del Estado, enriquecido por el auge del salitre. No era ya era un grupo que estaba huyendo de sí mismo.

A este nuevo grupo social medio, repitamos, perteneció Alejandro Venegas.

Durante su tardía niñez, siendo alumno del colegio católico de su pequeña ciudad vibró con la Guerra del Pacífico como casi todos los chilenos.

En su entusiasmo, el año 1882, don José María Venegas (que sin duda tenía cierta prosperidad económica) decidió matricularlo, junto con su hermano mayor José María Segundo, en calidad de interno en el Instituto Nacional, el mejor colegio del Chile de la época, donde se educaban casi todos los vástagos de la oligarquía. Su nivel académico –bajo la mirada de Diego Barros Arana–, aunque no óptimo era bueno. Se había incorporado ramos científicos y poseía una muy buena biblioteca. La matrícula era cara y debía cancelarse con suma puntualidad so pena de cancelación.

En el ámbito de la disciplina, aunque más benévolo y flexible que los colegios coloniales, se mostraba estricto. La pena máxima era la expulsión... y el joven Alejandro la sufrió en 1884 por problemas, sin duda, graves y reiterados, de conducta. Nacía el rebelde. Volvió a Melipilla y al almacén paterno.

No sabemos cual fue su sentir, pero muy pronto se incorporó al quehacer comercial del “almacén”. Venegas, era bajo, gordito, moreno.

El episodio más importante ocurrido en los años que siguieron fue la lucha contra la epidemia de cólera que azotó Chile en 1887, durante la cual su hermano José María Segundo, estudiante de medicina, fue el administrador del lazareto. Alejandro colaboró.

En 1887 viajó a Santiago donde se encontró con el edificio del Instituto Nacional y sintió –cosa rara– una profunda nostalgia. Sin duda su personalidad había cambiado con la adolescencia. Ahora soñaba con volver a estudiar. Convenció a sus padres de su interés por retornar a las aulas y en octubre de 1887, el año siguiente, después de superar el examen de admisión, lograba retornar al colegio y obtener el bachillerato. Nacía el Alejandro Venegas, intelectual.

Por esos mismos meses presentó en la “Academia literaria Diego Barros Arana” un análisis introspectivo de su vida hasta entonces; se manifestaba también el Venegas autoanalítico y angustiado. El recuerdo de su madre, fallecida en 1889, consolidaba esa tendencia sicológica.

En el mismo año 1889, el presidente Balmaceda creaba el Instituto Pedagógico. Alejandro de inmediato se interesó y, a pesar de que su padre quería que estudiara Derecho en la Universidad de Chile, optó por ingresar a la institución que nacía. Y nacía en buenas circunstancias, pues gran parte de su cuerpo de profesores eran docentes europeos, la mayoría alemanes, personas con un nivel cultural muy superior a los chilenos. Optó por estudiar francés, pero quizá el acontecimiento más importante para Alejandro Venegas en el “Pedagógico” es que conoció a Enrique Molina, con lo que se inició una amistad de por vida.

Se convirtió además en un gran lector y poco a poco fue transformándose en un hombre de amplia cultura; no muy conversador, pero de respuesta aguda y rápida.

El Pedagógico estaba originalmente en el centro de la ciudad y la forma de vida que se permitía a los estudiantes era bastante liberal. Incluso se autorizaba unos tragos de una mezcla chilena “Candiel” que contenía una porción de pisco.

Alejandro Venegas fue discípulo de dos maestros que ejercieron sobre él una influencia profunda. Federico Hansen y Rodolfo Lenz. Fue un alumno brillante.

Estalló la Guerra Civil de 1891. Su hermano José María Segundo fue ardiente balmacedista. Él también lo fue, pero menos activo. Derrotados éstos, el hermano de Alejandro Venegas fue hecho prisionero, pero, finalmente, declarado no culpable en un juicio por robo (o requisa) de animales.

En 1893, antes de recibirse como pedagogo en francés, Alejandro Venegas fue contratado por el liceo de Valdivia. Este establecimiento había sido fundado en 1845 y sólo tenía, por entonces, un currículum que llegaba hasta tercer año de humanidades. Su nombramiento era como profesor de francés e inspector de segunda clase.

Valdivia tenía por entonces una población de sólo cinco mil habitantes y era una isla de la chilenidad, hasta hacía poco separada del cuerpo del país por la tierra dominada por los araucanos. Su clima inhóspito y su aislamiento se compensaba en parte por su exuberante naturaleza. Alejandro, además, todavía no superaba el trauma producido por la muerte de su madre; pero con energía y entusiasmo juveniles se entregó a la tarea de maestro de un alumnado difícil. Difícil, no porque fuese rebelde o incapaz, sino por que mantenía una tasa de ausentismo que hacia dificultoso pasar las materias. Para combatir el problema se tomaron diversas medidas, como la dictación de conferencias abiertas a todo público y una flexibilidad del quehacer educacional. Alejandro Venegas participó de estas iniciativas con entusiasmo y se hizo patente en su labor otro elemento de su personalidad, el romanticismo, que lo caracterizó al menos durante su juventud.

Enrique Molina GarmendiaSin embargo, su estadía en Valdivia no sería larga. Dos años. En 1895 fue destinado al liceo de Chillán. Allí se reuniría con su amigo del Pedagógico, Enrique Molina.

La estadía en Chillán le permitió continuar con la consolidación de su personalidad. Por un lado se desarrolló aún más como intelectual, traduciendo obras de diversos idiomas, pues dominaba varios. También incursionó en política como partidario de la Alianza Liberal y participó activamente en la sociedad de Instrucción Primaria. Tuvo como alumno a Fernando Santiván.

Como partidario de la candidatura presidencial de Vicente Reyes en las elecciones presidenciales del año 1896, le tocó pronunciar, junto con Molina, encendidos discursos los que aparecieron en El Diario de Chillán. Pero, a los pocos días, en el diario El Porvenir de Santiago se publicó un furibundo ataque a los oradores, donde se les tachaba –con justicia– de anticlericales, entre otras cosas. Los discursos de Molina y Venegas en un afán de desmentir la acusación de El Porvenir, se publicaron ahora en un periódico santiaguino, La Ley. Pero lejos de calmar los ánimos, esto los encendió aun más y se llevó el asunto a la Cámara de Diputados donde hubo de defenderlos el Ministro de Educación, Gaspar Toro; de no ser así, posiblemente, el asunto les habría costado sus cargos. Nacía el Venegas polémico.

Por lo demás, durante su estadía en Chillán hizo una cierta vida social, asistiendo u organizando fiestas, paseos, comidas. Al parecer, era relativamente mujeriego. El hecho es que fue bien acogido por la sociedad chillaneja, lo que se tradujo, entre otras cosas, en que fuese padrino de bautismo de Claudio Arrau. Fue entre esa buena sociedad de Chillán donde conoció una joven de la cual se enamoró perdidamente, sin ser correspondido. No conocemos su nombre. El amor desairado del romántico Venegas se transformó en una fuerte depresión (¿la primera de su vida?) que le hizo pensar en el suicidio, y que, en todo caso, inspiró directamente su obra La procesión de Corpus, aparecida algunos años después cuando estaba en Talca.

¿Por qué no fue correspondido Venegas? Lo más probable es que su adorada no valorara su cultura e inteligencia. Un amargo y sarcástico poema de Venegas lo deja muy en claro:

De mis versos y cantos ¿Qué aprovecho?
La dulce poesía ¿qué me deja?
Si ella prefiere el trigo y el afrecho
La cebada el poroto y la lenteja

En cambio a la joven de alta alcurnia chillaneja le ha de haber importado que Alejandro Venegas era un simple profesor secundario, sin situación económica ni lazos de parentesco en la zona. Y, aún más, fuese, como dijimos, bajito, gordito y moreno y feo. La depresión en que cayó Venegas se vio fortalecida porque, como culto y refinado que era, se daba cuenta del origen del rechazo y eso le ha de haber dolido sobremanera.

En La Procesión de corpus, trabajo ya mencionado, publicado años después y que veremos, dice que ella lo amaba; dudamos que haya sido así. Es posible que guardara una actitud afable y simpática con él, pero no más.

Con todo, durante estos años tristes, empezó a escribir en La Revista del Sur, ya bajo seudónimo como después seguiría toda su vida.

Pero el acontecer continuaba y para Alejandro Venegas este le trajo un cambio de destino. Ahora sería profesor en el liceo de Talca. Ya por entonces, había llegado la época de su mayor productividad como intelectual y ensayista.

Ya en su estadía en Chillán Alejandro Venegas tomó la costumbre, durante las vacaciones suponemos, de viajar por Chile de incógnito ¡siempre ocultándose! Para hacerlo se teñía el pelo rubio y el bigote entrecano, llevaba además varias pelucas y bigotes en la maleta. Según Enrique Molina, su amigo, el experimento le daba un aspecto mezcla de gringo y mogol. ¿Por qué lo hacía Venegas? ¿Era para mantener el anonimato? No lo creemos probable pues un personaje así siempre llamaría la atención. Lo creemos conectado más bien con un complejo sobre su pobre aspecto físico que trataba de ocultar. Pero teñirse el pelo rubio era una solución absurda.

Claro que las personas que tienen una alteración síquica o emotiva grave no se dan cuenta de lo absurdo de muchos de sus actos. Ya nos referiremos con mayor detalle a estos viajes, que, luego de 1911, se extendieron fuera del país. Usó mucho del material acumulado sobre el Chile de entonces, para escribir Sinceridad...

Por otra parte, Venegas, a pesar de que parece no haber tenido problemas económicos, pues era soltero y el sueldo de profesor secundario, ya con años de oficio, no era malo; tenía y usaba cualidades para viajar en condiciones duras. Dormía en cualquier parte y cuando quería hacerlo. Así conoció la vida de los inquilinos y de los mineros del carbón; del pampino y el peón.

Alejandro Venegas había llegado a Talca en 1905, como vicerrector del liceo y profesor de castellano a petición de Molina, que había sido nombrado rector del establecimiento educacional que funcionaba con serias anomalías. Los alumnos de Chillán le habían ofrecido una emotiva y cariñosa despedida.

El liceo de Talca, salvo dos o tres profesores egresados del Pedagógico y que habían hecho estudios serios, tenía un pobre nivel académico. Los demás docentes no tenían gran preparación.

En Talca publicó La procesión de corpus, con un seudónimo: Luis del Valle. Corría el año 1908 y Venegas ya tenía 38 años. Es posible que ese relato-ensayo imaginativo y patético haya sido ya desarrollado en Chillán, cuando su dolor, casi delirante, estaba más vivo.

Se trata de un escrito curioso, poesía en prosa se le ha llamado. Yo lo calificaría como fantasía poética en la que se mezclaban sus recuerdos del amor frustrado de Chillán con rasgos de misticismo que terminan con una semblanza de Jesús. Venegas se reveló como un creyente, aunque enfatiza y denuncia que la Iglesia Católica de entonces se había alejado mucho de las enseñanzas de Maestro. Esta posición crítica hacía la Iglesia Católica se hará patente en el libro que nos interesa, Sinceridad. Por lo demás en 1910, Venegas se incorporó a la masonería, como lo habían hecho antes sus admirados mentores Diego Barros Arana y Valentín Letelier, cuyas obras devoraba. También podría decirse que Venegas se había afiliado a la religión del positivismo aunque en una versión heterodoxa.

No es una obra que exhiba rasgos de genio para nada. Pero sirve para entrar en el mundo de Alejandro Venegas. La procesión de corpus creo que revela un rasgo típico de la neurosis: atribuir a un solo elemento las causas de su padecer existencial, en este caso su amor frustrado.

Con todo, como profesor en el colegio, Venegas trabajó duro y con éxito. Entre Molina y él, en poco tiempo, transformaron el Liceo de Talca en un establecimiento educacional de excepción. Mejoraron la biblioteca, ordenaron sus programas docentes, se preocuparon de los profesores. En fin, el año 1908 lograron que se remplazara el antiguo caserón donde funcionaba el Liceo, gravemente dañado por el terremoto de 1906, por un local más adecuado. Contaron para conseguir estos beneficios, con la evidencia de la obra realizada, mirada con justicia por el rector de la Universidad de Chile, Valentín Letelier.

Pero todos estos cambios no gustaron a la mayor parte de la conservadora y beata ciudad de Talca. Enrique Molina recuerda como Alejandro Venegas entraba en períodos de angustia cuando regresaba de sus viajes por Chile a esa Talca que le disgustaba.

Pero tal como en Valdivia y en Chillán, Venegas mantuvo una relación cercana y especial con los alumnos, quienes lo respetaban mucho. Un genuino maestro recordado por generaciones con gran cariño.

Mariano LatorreEn ese Liceo de Talca hicieron sus estudios escolares Domingo Melfi, Armando Donoso, Ricardo Donoso, Roberto Meza Fuentes, Aníbal Jara, Armando Rojas, Ernesto Barros Jarpa, Mariano Latorre y otros. Venegas también tuvo contactos con los jóvenes Pablo de Rokha y Pedro Sienna.

Pero, pese a su éxito académico, el desequilibrio de su personalidad había aumentado y (al parecer) por períodos cayó en la “vida licenciosa” y (se dijo) que pensó, de nuevo, en el suicidio.

Sin embargo, no se suicidó, y en 1909 dedicaba a don Juan Enrique Lagarrigue, apóstol del positivismo en Chile, sus Cartas a don Pedro Montt, aparecidas como libro en Valparaíso. En las misivas adelantaba muchos de los temas que trataría más a fondo en 1910 en Sinceridad, un libro escrito también en forma de cartas, ahora al presidente Ramón Barros Luco y que apareció en 1910, año del Centenario de la Emancipación de Chile.

Cabe hacer presente que ninguno de los dos primeros mandatarios estaba en condiciones de llevar adelante las reformas propuestas por Venegas. Pedro Montt, en 1909 era un moribundo y si no las había hecho en los años anteriores, mal podía hacerlas en 1909. De hecho, Montt había visto frustradas muchas de las reformas que en 1909 le propuso Venegas. La incapacidad y abulia de Ramón Barros Luco es ampliamente conocida.

En 1910, Chile tuvo cuatro presidentes, Pedro Montt, Elías Fernández Albano, Emiliano Figueroa y Ramón Barros Luco. A este último, el más inepto, fue a quien dirigió Venegas sus cartas en Sinceridad... Era, como recién dijimos, arar en el mar.

Ambos libros se caracterizan por un afán de honestidad. Las cartas a don Pedro Montt, a pesar de que contienen (en particular la segunda) casi todos los elementos que desarrollaría el año siguiente en Sinceridad, causaron menos revuelo que este último libro. Incluso, se puede pensar que interesaron a posteriori, casi exclusivamente como consecuencia del revuelo que había despertado aquél.

Sinceridad..., más allá de toda duda, es un libro fuertemente crítico de casi todo lo que sucedía en el Chile de entonces y causó enorme escándalo porque iba a contrapelo, fundamentalmente, de la opinión pública autocomplaciente del sector gobernante, afirmada en el recuerdo de las glorias de la Guerra del Pacífico y la victoria de la oligarquía (o su mayor parte) en la Guerra Civil de 1891.

Pero si aquellos eran los motivos explícitos del orgullo nacional, la base del optimismo y de la frivolidad e irresponsabilidad del sector gobernante era económica: la enorme riqueza del salitre y su permisivo manejo.

Sin embargo, si la frivolidad alegre y frecuentemente deshonesta de la alta burguesía exasperaba a Venegas, también, en su larga lista de males que aquejaban Chile, estaba la situación de los obreros, campesinos, pampinos y de todo tipo. Un sistema educacional ineficiente. Unas Fuerzas Armadas con mil defectos; un sistema electoral viciado... y los defectos parecen no acabar.

Contra esta realidad se alzó Venegas. Era una tarea difícil para un ensayista, profesor secundario de provincia, de figura vulgar e incluso algo ridícula, acusar a la poderosa oligarquía gobernante. Fue lapidado en su tiempo y es lapidado todavía por algunos.

Se atacó a Venegas en lo personal, por su aspecto y origen social, se le trató como un resentido, también de mentiroso en su crítica; de antipatriota, de ignorante, y se llegó a insultarlo directamente.

Innumerables artículos aparecieron criticando sus palabras, algunos con cierta base. Omar Emeth, (el sacerdote francés Emilio Vaisse) respondiendo al ataque de Venegas a los periodistas, lo acusaba de ser más periodista que nadie, algo que no andaba tan lejos de la verdad.

La crítica de Vaisse era acertada en buena medida, pero no dice que -al mismo tiempo- la mayor parte de los problemas que denunciaba Venegas eran muy reales y siendo su interpretación correcta o equivocada, debían hacerse presentes a un país y una clase gobernante que los ignoraba, los despreciaba o los aceptaba como una realidad que no se podía –ni quizá se quería– subsanar.

Valentín LetelierTambién lo atacó, en el Congreso, otro hombre recto y versado como Gonzalo Bulnes, aunque fundamentalmente en relación con el desprecio de Venegas por los aspectos guerreros de la historia de Chile y, en general, de lo militar. Se comprende a Bulnes, el más importante historiador militar de Chile, pero no puede justificársele plenamente.

En el Parlamento lo defendieron Enrique Mac Iver y Valentín Letelier (...) Pero también un señor R. Z. se felicitó de haberlo leído “prestado” y (así) no gastar en una publicación ponzoñosa. También lo defendieron Carlos Vicuña Fuentes y Francisco Antonio Encina, un hombre con alma de conservador, pero que compartía con Venegas la creencia de que Chile vivía una profunda crisis. Se ríe un poco del libro, que califica como:

“olla de grillos en que se revuelven los restos mutilados del alma chilena y las sugestiones aún crudas de lecturas descabaladas, zarabanda infernal en que danzan estrechamente enlazados ensueños alemanes y yankees de poderío material y moral (...)”.

Pero no deja de estar de acuerdo con el fondo del mismo.

En fin, Roberto Espinoza también escribió una carta a Venegas apoyándolo.

Pero a diferencia de la polémica de cierta seriedad que se dio en el ámbito público, aparecieron en la prensa de Santiago y provincias múltiples ataques a mansalva, superficiales y mal intencionados, y pocos defensores. En El Mercurio, tan respetable como siempre, se le llegaba a comparar con el Pope Julio.

Incluso se editó un libro Verdad firmado por Juvenal Guerra, “seudónimo” de un Carlos Contreras Puebla, lo que no impidió que partiera criticando a Venegas que “Dr. J. Valdés Cange” fuese un seudónimo. Lo consideró “desheredado de perdón por las ofensas inferidas a tu tierra”. Lo acusó de, insultar y calumniar a sus valores con “rabia de hidrófobo” y en otro sitio le lanza la siguiente parrafada:

“os tuve por loco, señor, pero hoy os creo malo. No hay sinceridad en vos que os ocultáis bajo un nombre que no es el vuestro, que presumís de una profesión que no tenéis, que os dais el lujo de citar residencia que no corresponde a la vuestra”.

Y sigue:

“calláis cuanto de bueno hay en vuestra tierra para pensar sólo en lo malo, no en forma que corrija y haga bien (...) ignoro vuestro nombre. No quiero tampoco saberlo, ni a nadie hace falta conocerlo (...) Que las generaciones que vengan sepan con horror que hubo un espurio que injurió a su patria. Pero que ignoren, señor, vuestro verdadero nombre, que no hace falta conocer a los traidores cuya imbecilidad y cobardía han amasado por igual”.

¿Era un plumario a sueldo Contreras Puebla? No lo sabemos, su identidad se perdió.

Pero el hecho fue que la campaña contra Sinceridad hizo que el libro tuviera una magnífica divulgación agotándose dos ediciones el año 1910. La obra llegó incluso a ser discutida en el extranjero. Venegas viajó a Buenos Aires en 1911.

Hasta en la misma Talca los ataques fueron feroces, con la excepción del Dr. Francisco Hederra, el conocido autor de El tapete verde. Y esta actitud de la oligarquía (pues esta era la que, con razón, se sentía más atacada, “Talca, París y Londres”) duró varios años. Se le hizo la vida imposible. Incluso se le buscó por la justicia. Venegas se presentó ante el intendente reconociendo su autoría. Pero su temperamento, con su delicadeza, neurosis, resentimiento y depresión, fue herido en lo más hondo. Hay testimonios que en aquellos años, a Venegas, que recién cumplía los cuarenta, se le cayó el pelo y encaneció la barba. Incluso los profesores del liceo de Talca tomaron una actitud contraria a su colega, con excepción de Enrique Molina, Agustín García y Alberto Hoerll.

También hubo otros que lo defendieron y todos malgré lui no pudieron dejar de reconocer el formidable éxito de librería de Sinceridad...

Venegas, de haber tenido otro carácter, pudo haber sacado partido a la coyuntura y no habría dejado de encontrar el apoyo de muchos chilenos. Pero el ataque de la oligarquía lo liquidó humanamente.

La tempestad que estaba viviendo Venegas llegó a su culminación cuando Enrique Molina a comienzos de 1911 ganó una beca por dos años a Europa, y el cargo de rector interino le correspondía a él. Por lo demás, Molina solicitó, encarecidamente, al Ministerio de Instrucción pública que su reemplazante no fuese otro sino Venegas. Pero muchos le hicieron la guerra. Venegas fue rector del Liceo de Talca durante dos meses. Los sectores conservadores de esa ciudad –una gran mayoría– y la Iglesia Católica se opusieron a que permaneciera en el cargo, propusieron otros candidatos y denigraron a la figura de Venegas hasta límites aún más ridículos, durante los años 1911 y 1912.

En fin, el 5 de julio de 1915 se nombró rector interino del liceo de Talca al profesor Enrique Sepúlveda. Venegas presentó su renuncia al cargo de vicerrector, Sepúlveda se la rechazó. Pero el asunto quedó pendiente.

Además, a partir de 1910, como dijimos, Alejandro Venegas se dedicó a viajar por América hispana. Desde entonces hasta 1914, durante las vacaciones de verano, solitario, pobre y guardando un perfil bajo recorrió varios países. Ya hemos dicho que en 1911 viajó a Argentina. Después lo haría a Perú, Bolivia y Panamá. Estos tres países fueron descritos en un interesante libro Por propias y extrañas tierras. El libro incluye además La procesión de corpus y una interesante página autobiográfica que al parecer escribió cuando fue candidato a secretario del Consejo de Instrucción Primaria, hacia el fin de su vida.

Enfermó de diabetes y llevando una existencia sufriente, en abril de 1915 Venegas presentó su solicitud de jubilación. Molina, que había retornado a su cargo de rector, le dio curso.

Se trasladó a Santiago donde con la ayuda de un ex discípulo, Aníbal León, y el académico de la Universidad de Chile, Carlos Ramírez, intentó fundar una lechería moderna. Sin embargo, para desgracia de Venegas el negocio fracasó. No tenía alma de negociante y al parecer fue víctima de engaños.

Se fue a vivir a Maipú donde instaló un modesto almacén, negocio que conocía por su experiencia juvenil con su padre en Melipilla. Sus dos hermanas y otros parientes se fueron a vivir con él en una casa contigua al negocio.

Personalmente conducía una carretela para repartir alimentos.

Pero por otro lado, transformó el almacén en un centro de sociabilidad, con reuniones los domingos.

Esta última situación y el conocimiento que fue adquiriendo de parte de los vecinos, y por quienes no olvidaban el revuelo provocado por Sinceridad... induciría a Venegas a navegar nuevamente por aguas del quehacer público y una gran cantidad de personas pensaron que era un candidato ideal para llevar adelante las reformas municipales que había planteado como necesarias en Sinceridad... Y así en 1918 (creemos) fue elegido Alcalde de Maipú. Se le recordó como un excelente funcionario, trabajador y preocupado de las funciones de su cargo, instaló alumbrado público, creó jardines, organizó veladas llegando a llevar de Santiago una orquesta de ciegos.

En 1921 elevó una solicitud para postular al cargo de secretario en el Consejo de Instrucción Primaria (...) aún su obsesivo afán por destacar. Ya veremos una interpretación de su complejo y contra complejo. No obtuvo respuesta.

Por lo demás, la diabetes no cedía y creemos que es posible que la depresión también volviera.

En 1922 cayó enfermo de un mal que se desconoce, pero su cuerpo ya muy debilitado por aquella otra enfermedad no resistió, falleciendo en otoño de 1922. No fue feliz y posiblemente quería morir. Fue un “héroe de clase media”.


2. El libro Sinceridad

Veamos más de cerca las cartas a Barros Luco, que constituyen el libro que nos interesa, Sinceridad...

Ya dijimos que Venegas no encuentra nada o casi nada bueno en lo que sucedía en el Chile en que vivía. Nosotros, en cambio, a muchas décadas de distancia en el tiempo, pensamos que tenía mucha razón en numerosos aspectos pero no en todos. Nunca una realidad es mala absolutamente y la del Chile de 1910 no lo era.

Pero nos importa el pensamiento del Dr. Valdés Cange: Sinceridad... es casi un catastro, de los múltiples y graves males del Chile de 1910, en el criterio de Venegas. De allí la polémica que despertara.

Para tener una visión completa de la triste realidad de Chile según Venegas, lo mejor es leer el libro. Con todo vayan a continuación algunas reflexiones propias.

La introducción comienza con la denuncia de lo que considera como el mal principal de Chile, del cual de una u otra forma derivan todos los otros: una crisis moral que afecta fundamentalmente a la oligarquía.

Así nos entrega Venegas un esquema. Los fundamentos de la crisis de Chile son morales (carta primera) pero se manifiestan en diversos males concretos por áreas; “El orden económico; el orden político; el orden administrativo; las instituciones armadas; el orden social”. Para después plantear soluciones para algunos. Pero todos estos males vienen de una crisis moral. ¿Pudo haber algo de influencia de Enrique Mac Iver en este título?, probablemente.

Pero vamos por parte: El primer capítulo (carta segunda), se preocupa de la economía y lleva por título “Males causados al país por el régimen del curso forzado del papel-moneda”, casi un lugar común en muchos analistas de la época, como subtítulo “males en el orden económico”. Después, en forma bastante desordenada, se refiere a temas de las historia de Chile en las últimas décadas. Pero siempre destaca la importancia que da al problema de la inconvertibilidad como origen fundamental de nuestros males económicos sociales de entonces.

Por lo demás este tema del capítulo I aparecerá en casi todo el libro, incluso en los capítulos que no tratan supuestamente, del “orden económico o el político”.

Los males en el “orden económico” continúan siendo desarrollados en las cartas segunda, tercera y cuarta. Estas parten con el análisis de la situación de la agricultura, lo más convincente de los varios aspectos de orden económico social tratados por el autor. En realidad es una denuncia del semifeudalismo de los campos, mal explotados por dueños ignorantes, casi siempre ausentes.

Hace mención a una agricultura de carácter extensivo en un país que no posee grandes llanos; a la falta de procedimientos y herramientas agrícolas modernas. En fin, a una estructura social rígida dividida en castas. A los abusos del patrón con el inquilinaje y peonaje.

Cabe hacer notar –ya lo señalamos– que fueron varios los que por entonces denunciaron los mismos males que le preocupaban a Venegas.

Por ejemplo: posiblemente no existe testimonio mejor sobre la sociedad agraria chilena, que hacia 1910 ha de haber representado el 50% de la población de país, o algo más según el censo de 1907, que el ensayo (también en forma de carta) que apareciera titulado Inquilinos en el fundo de su excelencia, dirigida al presidente Sanfuentes siendo su autor Tancredo Pinochet. Este escrito relata cómo Pinochet se había disfrazado de inquilino y habiendo sido tomado por tal, dice cosas como la siguiente:

“Un día vinieron varios inquilinos a pedirme que les hiciera clases de noche; querían aprender; (...) Pero tuve que cerrar esa escuela porque el visitador, después de hablar con el administrador de la hacienda, no le gustó la idea (...) No se podía Excelencia, ¡no se podía!.

Es claro la bestia tienen que seguir siendo bestia. Bestia, bestia hasta la consumación de los siglos. Si un destello de inteligencia brota de aquellas almas rústicas; si el paso del ferrocarril les dice más a ellos que las vacas de vuestro fundo y enciende una chispa en sus cerebros, hay que apagarla; hay que buscar, Excelencia toda el agua del océano, si es necesaria y apagarla. Sí, apagarla., apagarla, apagarla. Hay que perpetuar la bestia”.

Por cierto que Venegas no pudo conocer el ensayo de Pinochet, escrito después de 1915. Pero para quien lee a Pinochet y muchas de las páginas de Venegas en Sinceridad..., resulta evidente la coincidencia entre lo escrito por ambos con algunos años de diferencia.

Trabajadores oficina salitrera TránsitoDel mismo modo lapida –más adelante– el estatus del trabajador salitrero de la pampa. Explotado, denigrado, víctima por excelencia del sistema de explotación del trabajo obrero en Chile.

Pero, tal como es el caso de los analistas de Venegas, mencionados en la primera parte de este escrito, no sólo Tancredo Pinochet denunciaba los mismos males que Venegas, en este caso los de orden económico-social en la agricultura. Luis Emilio Recabarren es otro que, en diferentes palabras y partiendo de una ideología, denunció los mismos males de los pobres del campo, ciudad, oficina salitreras y pobres en general en: Ricos y pobres; y a su modo, y partir de valores muy diferentes, también lo hizo Francisco Antonio Encina en Nuestra inferioridad económica.

Nicolás Palacios también lo hizo dentro del engendro de sus concepciones racistas. Fue –por excelencia– el abogado del abusado “roto chileno”.

Más agudo había sido Emilio Rodríguez Mendoza, en un corto ensayo anterior, Ante la decadencia, del año 1899. Un escrito que por desgracia se ha difundido poco.

Varios de los mencionados al comienzo como estudiosos de Alejandro Venegas, también se caracterizaron por pensar de manera parecida a la suya.

Incluso, Alberto Edwards (“el último Pelucón”) criticó abiertamente a la crisis moral que en su opinión afectaba fundamentalmente a la oligarquía chilena gobernante a comienzos del siglo XX. Tanto en los artículos o ensayos de su juventud, en particular Bosquejo histórico de los partidos políticos chilenos, de 1901; como once años después en La organización política de Chile, Edwards hizo muchas de las críticas que había hecho Venegas, para no referirnos al panorama que hace ver en La fronda aristocrática, de 1927. Pero, si bien la crítica de Edwards tiene muchos puntos en común con Venegas, en las soluciones que propone no se acercan.

También debemos incluir entre los que concordaban con Venegas a una serie de literatos. Cabe destacar a Baldomero Lillo.

El capítulo I se refiere luego a la decadencia de la minería y a la falta de industrias fabriles, estando las existentes favorecidas por un régimen de protección. En fin, cae en la crítica que ronda todo su libro, la inconvertibilidad monetaria.

Termina el capitulo I con la denuncia del empobrecimiento progresivo del país. Venegas emplea muchos adjetivos pero entrega pocas cifras. De hecho se repite el ataque a la decadencia moral de oligarquía, pero ahora con más extensión. Es interesante esta parte del libro, porque por primera y posiblemente única vez, el autor lo relaciona con la lucha de clases aunque vagamente (“prodigalidad de los magnates, etc.”). Y en fin, achaca la pobreza de las clases medias (“empleados públicos”) a la depreciación de la moneda. ¿Repite uno de los lugares comunes principales del libro? Sí, pero en este caso, era el hombre de la nueva clase media que se rebelaba. Venegas era un profesor fiscal, pero posiblemente su rebelión referida a este punto fue principalmente inconsciente y desde luego no se limitaba a reclamar por la situación del profesorado.

El capítulo II está dedicado a los males de orden político.

Parte con un análisis de la “Decadencia y corrupción de los partidos (políticos)”. Enfatiza que este mal se hizo patente después de la Guerra del Pacífico y culminó con la derrota de Balmaceda en la Guerra Civil de 1891, después de la cual la política nacional cayó bajo el caudillismo, transformando al Parlamento, en el poder que verdaderamente gobernaba, laxa, flojamente.

Enfatiza la corrupción de todo el sistema; como resultado, en buena medida, de la instauración de la ley de la Comuna Autónoma, la nueva ley electoral y la de municipalidades, dictadas por esos años de fines del siglo XIX.

Describe Venegas, con singular acierto la transformación del cohecho en mecanismo electoral espurio, pero eficaz. Y desarrolla una argumentación que después ha llegado a ser un lugar común entre los estudiosos de la época:

“Antes teníamos, es cierto, una parodia de república democrática, porque el pueblo no elegía a sus representantes; pero siquiera estos eran impuestos por una autoridad ilustrada y responsable, que sabía, por lo común elegirlos de entre los mejores; mientras que en la actualidad, subsistiendo la parodia y más ridícula que antes, los miembros del Congreso son designados por una multitud de elementos sin responsabilidad alguna, y triunfan casi siempre los más audaces, los más audaces, los más codiciosos, los más desvergonzados, los más pervertidos”.

Esta defensa, relativa, del estado portaliano, es uno de los aportes más significativos de Sinceridad, en la misma línea, aunque más moderada, de la interpretación, (ya publicada) por Alberto Edwards, en el Bosquejo histórico de los partidos políticos chilenos. Por otra parte, era algo consecuente con el hecho de que Venegas había sido balmacedista.

Pero Venegas no se limitó a escribir las duras palabras recientemente citadas, proseguía:

“Y esta es la causa, señor, bastardeando todos por influjo de una misma causa y en un mismo sentido, no presenten hoy más diferencia entre sí que el nombre: ser liberal-doctrinario, demócrata, nacional, radical, liberal-democrático o conservador es lo mismo, todos tienen un mismo ideal: la propia conveniencia (...)”.

Otro diagnóstico histórico referido a nuestra República Parlamentaria que ha llegado, después, a ser un lugar común.

Es así que el capítulo sobre los “males en el orden político” es uno de los mejores del libro de Venegas y posiblemente uno de los que le acarreó más enemigos, pues atacaba directamente a la clase oligárquica de la que, se podría decir, que hacía un gobierno colegiado.

En cambio el capítulo siguiente sobre los males en el orden administrativo (carta sexta) no es un análisis de fondo y a nuestro juicio se trata de una de las partes más débiles del libro de Venegas. Las críticas tienen mucho de lugar común y están repartidas y repetidas desordenadamente

Pero a continuación (cartas séptima a undécima o capítulo IV) desarrolla lo que posiblemente constituye la parte, sino más aguda, sí la más sólida del análisis de Venegas. Son páginas dedicadas a la educación, tema en el cual sin duda era un experto. Comienza con un estudio sobre la educación primaria y es lapidario:

“El predominio en el gobierno de las ideas conservadoras, ha impedido que se introduzca en el país la educación primaria obligatoria, y, como consecuencia, tenemos una proporción de analfabetos que da lástima y vergüenza al mismo tiempo, porque nos coloca en una categoría inferior a muchos estados africanos”.

Por cierto una exageración, yo habría dicho que en 1910, casi todos, que por lo demás eran colonias. Exageración que no desmiente que el nivel de analfabetismo en el Chile de comienzos del siglo XX era enorme.

Para Venegas las causas de este atraso es más o menos la misma de todas las críticas que hace: la decadencia moral de la oligarquía y el desorden y la influencia de la Iglesia Católica, interesadas ambas en que los pobres de Chile no saliesen de su condición marginal. Pero, a un nivel más inmediato afirma:

“La causa inmediata de la mezquindad de los frutos que produce nuestra instrucción primaria es sin duda la mala calidad del personal docente: obra de paciencia será encontrar entre los millares de maestros y maestras que tenemos, una docena que a una preparación científica satisfactoria una los conocimientos...”, etcétera”.

Pero no sólo eso:

“las fuentes de estos males están, parte muy principal en la educación que los maestros reciben en las escuelas normales y parte del sistema de remuneración de sus servicios, y de sus ascensos (...). En las escuelas normales han faltado hasta ahora dos condiciones esenciales, la unidad de miras y los buenos profesores”.

(...) Esta circunstancia explica las deficiencias científicas y pedagógicas del personal docente de las escuelas primarias. (...) Una escuela normal debiera ser, en razón del objetivo que persigue un establecimiento de Educación por excelencia”.

En fin, sus críticas alcanzan a la educación especial, la superior, desde luego, a la enseñanza privada.

Pero si la educación secundaria fue su materia central en los capítulos recién señalados, dedica otro largo análisis al mismo tema varios capítulos más adelante, (cartas vigésima a vigésimo cuarta) y de nuevo se refiere a las deficiencias que cree encontrar en la educación. Largo sería sintetizar estas páginas, porque vuelve a tocar infinidad de temas, algunos repetidos. Se extiende mucho, pero llama la atención que parta afirmando que bastarían diez liceos “para realizar sus fines”, dos en Santiago y ocho en provincias. No convencen sus palabras, que creo estaban abiertamente equivocadas.

Luego Venegas pasa a opinar sobre la enseñanza por ramo: historia, matemáticas, lenguas modernas, a las que critica que se les conceda tanta importancia. Lo mismo piensa con respecto a las ciencias naturales, sin duda un error de don Alejandro. Pero más lapidario es con respecto a la enseñanza del castellano:

“Finalmente señor, los estudios secundarios exigen una reforma trascendental en una rama de conocimiento que por considerarla de mayor importancia la he dejado para lo último (de la carta), me refiero a la enseñanza de la lengua materna, el castellano”.

La tendencia a imitar ciegamente sin tomar en cuenta si estamos en el mismo caso que el modelo (¿?) ha hecho que entre nosotros no se dé a esta asignatura el lugar que corresponde, y en consecuencia no se obtengan los frutos que era de esperar. Con afecto, señor, nuestros bachilleres no son capaces de escribir una página en correcto castellano (...).

Vos comprenderéis, señor, que esto es intolerable, que desbarramos los que hemos pasado la mitad de nuestra vida entre libros y revistas de ciencias, escritos en francés o bárbaramente traducidos, casi tiene algunas excusa; pero que disparateen los profesores de castellano es una vergüenza...”.

Vergüenza que Venegas al parecer no sintió al escribir el párrafo recién reproducido en un pésimo castellano.

Pero si la educación y la política y los temas mencionados son las materias tratadas con mayor extensión y de manera más dura en Sinceridad..., por cierto que no terminan de copar el libro.

Venegas también se expresa de manera extremadamente dura sobre las Fuerzas Armadas, destacando la falta de cultura de la oficialidad a la que acusa de preocuparse más de su aspecto y figuración social que de sus aptitudes profesionales:

“De las férreamente disciplinadas tropas que el Príncipe von Moltke movía en los territorios franceses, como las piezas de un tablero de ajedrez, sólo hemos tomado los bigotes amenazando los ojos, el casco reluciente, el arrastrar el sable, el saludar golpeando fuertemente el suelo con el tacón de la bota, el paso de parada y una u otra fruslería por el estilo”.

Hace ver que el maltrato de los conscriptos era notorio.

En fin, “el presupuesto destinado a la Fuerzas Armadas es el doble que el asignado a educación”. Sin duda un despropósito en apariencia. Pero olvidaba Venegas que los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, fue una época en que Chile vivió rodeado de enemigos.

Acusa que las tropas con preparación profesional que cayeron en la Guerra Civil de 1891, han sido reemplazadas por elementos improvisados; y, efectivamente, la oficialidad del Ejército y Marina que criticó Venegas en 1910 fueron de una generación muy especial. Esta correspondía a la de oficiales “superiores” que se opusieron a la influencia de Ibáñez y los militares progresistas en 1924. Vale decir, una generación con escasa instrucción profesional y cuyo principal afán era encumbrarse entre la oligarquía. Para Venegas “los cuarteles deben ser también escuelas y talleres”, concluye.

Reiteradamente se muestra anticlerical. Su ataque a la Iglesia Católica venía de su condición de masón y racionalista y posiblemente militante del Partido Radical. Con todo, mucho de lo que denunció con respecto a la educación católica parece haber tenido asidero. Combatiendo la que aprecia una Iglesia ligada a la oligarquía, que desempeñaba a conciencia su papel de guardiana del orden constituido, propugna la separación entre la Iglesia y el Estado. La que no vería, pero vendría.

En fin, propone la supresión de la Facultad de Teología (en la Universidad de Chile).

Y todavía podemos encontrar otra serie de aspectos que su pluma lapidaria tomó y deshizo.

Pero Venegas no sólo hizo criticas, también entregó soluciones, ¿cuán acertadas? No intentaré sintetizarlas aquí. Pero hay una diferencia entre unas y otras. Con respecto a las críticas Venegas aparece más sólido en su reflexión. Las soluciones son más erráticas.

Carlos Vicuña, que como vimos, dio algunas de las opiniones más ponderadas y cuerdas sobre Sinceridad, pensaba que se podía sintetizar en tres enunciados las reformas que patrocinaba Venegas para mejorar los males que denunciaba en su libro:

“1. La reforma de la ley electoral que arrebate de una vez el predominio político de los farsantes y los traficantes de conciencias.

2. La ley agraria, que acabe con los latifundios y los caciques rurales y que sería quizá el golpe de muerte de la oligarquía y el origen de una época de prosperidad agrícola y de mejoramiento social y moral para todo el país y

3. Las reformas de orden social, sobre todo, las reformas educativas, que tiendan a formar hombres bien preparados científicamente, de ideales sanos y caracteres templados. Esos hombres formarán una opinión pública honrada y justiciera, que ha de ser depuradora de la Patria”.

En resumen, soluciones políticas que mejoraran la democracia, o más bien que la hicieran realidad; soluciones a los problemas o postración de la gran masa agraria; reformas sociales en especial, las educativas.

Creo que no se puede sino estar de acuerdo con Vicuña. Pero queremos hacer un aporte propio.

Carlos Vicuña no se refiere a otro aspecto, a la moral central en Sinceridad... Si bien se refiere de paso a la moral en el párrafo recién citado, no la coloca como viga maestra de la decadencia presente y eventual éxito futuro de Chile, tal como lo era para Venegas.

Tampoco se refiere Vicuña, y varios más que han escrito sobre las ideas plasmadas en Sinceridad, al hecho de que muchas eran de un utopismo desbocado en el Chile de 1910. Venegas tuvo el problema común a todos los utópicos: el reemplazar lo que es posible hacer” por lo que “se debe hacer”.

En resumen, creemos que el factor moral es centro aglutinante del libro de Venegas y que sus soluciones son en su mayoría bien intencionadas pero utópicas para una realidad como la chilena de entonces.

En las soluciones que propone Venegas se encuentran elementos más menos claramente doctrinarios: el positivismo y la idea de progreso como desideratum, en lo que casi seguramente hubo influencia de los hermanos Lagarrigue y probablemente de la lectura de Comte y Spencer; el pensamiento laico; muchos elementos del socialismo de estado, posiblemente tomados de Valentín Letelier y quizá directamente de Gustav von Schmoller, que ya ha de haber estado traducido al francés, Y como derivación de esta corriente, un afán de igualdad y justicia social.

Interior de conventillo en ValparaísoNo aparecen ni el socialismo marxista ni el anarquismo. Los que, por ejemplo, le habrían permitido explicarse, criticar y proponer soluciones al problema de la pampa salitrera desde un punto de vista más global, aunque incorrecto. Cuestión social, la salitrera, al menos tan importante como el destino del campesinado, mucho más numeroso, pero no una victima de episodios de violencia mayores, como los motines de los primeros años del siglo XX , en particular Santa María de Iquique.

Venegas todavía formó parte de la cultura del “48” chileno y sus cartas a Montt y Barros Luco están más cerca de la Carta a Bilbao de Santiago Arcos, escrita en 1852, que el libro Ricos y pobres en un Siglo de vida republicana escrito por Luis Emilio Recabarren, el mismo año en que apareció Sinceridad, en 1910. Extraño en un hombre de buena cultura como Venegas. El socialismo marxista y el anarquismo ya eran tendencias político sociales muy importantes en Europa y conocidas en Chile.

Para terminar esta parte de la Introducción, hay que plantearse, con el conocimiento que nos han dado los años transcurridos, la misma duda que Vaisse: ¿era tan docto Alejandro Venegas? Por abarcar toda o casi toda la realidad chilena ya fuese para criticarla, para entregar soluciones a los que a su juicio eran sus males, ciertamente era culto, pero creemos que el valor y la resonancia que tuvo Sinceridad se debieron más bien a que fue un cri de coeur, un grito de carácter emotivo más que un estudio intelectual profundo y acabado.

Cabe también otra pregunta: ¿En el segundo centenario de la Emancipación nacional el próximo año 2010, un discurso como el de Venegas sería pertinente?

Por una parte no lo creemos, pues los problemas del Chile del presente son muy diferentes a los que tenía 1910 en casi todo; excepto por el hecho de que la actividad política continúe siendo una carrera que les da –más que en 1910– la seguridad de un sueldo significativo, al menos para el bando ganador. También existe en el presente una cantidad significativa de corrupción.

Pero, por otra, si ya no tenemos muchos de los problemas de 1910 que señaló Venegas, han surgido nuevos. La droga, el ataque a nuestra riqueza ecológica, el ritmo estresante de la vida diaria, especialmente en las ciudades más grandes.

En otro nivel, Chile de hoy es una país en que buena parte de su población vive marcada por el temor. Temor a veces inconsciente o débilmente percibido, pero claramente presente. Los diecisiete años de dictadura se encargaron de crearlo. Diecisiete años en que para estar seguro no se debía entregar (pública o privadamente) las opiniones propias referidas a materias de gobierno; pero asimismo, frecuentemente, a asuntos privados. ¿Cuántos perdieron la vida o sufrieron múltiples males por hacerlo?

El problema educacional persiste, pero en ese aspecto se ha avanzado sobre lo que era en 1910. Casi no tenemos analfabetismo, los niveles de educación primaria, secundaria y superior, ciertamente están muy por arriba de los de 1910. Solo la pobre calidad de muchos profesores es un rasgo parecido, aunque también ha mejorado con respecto al centenario.

En fin, la diferencia enorme entre ricos y pobres, que Venegas menciona pero no desarrolla –como sí lo hace Recabarren– en el presente es casi la misma de 1910. Los pobres son menos pobres, pero los ricos son más ricos.

 

 
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