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Agostini, Alberto María de (1883-1960)
Imagen activaEl autor de Andes Patagónicos nació en Pollone, pueblo de Piamonte, el año de 1883.  Su vocación religiosa y su origen piamontés lo habían llevado a ingresar a la Sociedad de San Francisco de Sales, por otro nombre Congregación Salesiana, fundada por el padre Juan Bosco –Don Bosco– como una orden religiosa especializada en la educación de la juventud, que culminó con su ordenación sacerdotal en 1909, tras lo cual fue destinado a Sudamérica, a la lejana Punta Arenas, en el estrecho de Magallanes, formando parte de quizá uno de los últimos grupos de misioneros enviados por el rector mayor de la Congregación a esa austral región para apoyar la labor evangelizadora y educacional, toda una empresa apostólica iniciada casi un cuarto de siglo antes por monseñor José Fagnano.

La ciudad chilena, capital del entonces Territorio de Magallanes, lo era al propio tiempo de toda la Patagonia meridional y la Tierra del Fuego, a uno y otro lados de la frontera internacional, porque allí se había originado y dinamizado el proceso progresista de colonización territorial, y porque allí en consecuencia se domiciliaban las gerencias y administraciones generales de las empresas que lo animaban y sostenían tanto en la región chilena como en la argentina de la parte austral del continente americano, fenómeno que había conllevado el poblamiento civilizador. Punta Arenas, así, había sido elegida naturalmente para ser la sede matriz de la actividad salesiana en los territorios de una y otra jurisdicciones nacionales, la Inspectoría de San Miguel Arcángel, regida desde su fundación por el pensamiento inspirador y la celosa conducción de monseñor Fagnano. En Punta Arenas, precisamente, radicaba el establecimiento original, el colegio “San José”, al que el joven sacerdote Alberto De Agostini se incorporó para servir en labores docentes y funciones religiosas a contar de febrero de 1910.

Esa tarea desarrollada a partir de entonces con la dedicación que imponía la fuerza de su vocación y su juventud, no obstante lo absorbente que pudo ser, debió permitir tiempos de algún descanso durante los meses del verano, que en el meridión americano se corresponden con el período de receso escolar o vacaciones. Fue entonces cuando –se nos antoja–, como había acontecido antes y sucedería después con otros de sus hermanos de congregación, en alguno de sus momentos libres debió realizar excursiones de conocimiento por los alrededores de Punta Arenas, principalmente por el valle del río de las Minas, paraje siempre atractivo para los lugareños y que convocaba el interés de cuanto visitante arribaba al puerto del estrecho por sus características geológicas. Allí, amén de disfrutar en plenitud de la naturaleza, pudo tener, desde la cima de sus laderas, una visión amplia del panorama hacia el oriente y el sur, rumbo este que remata en un horizonte de montañas entre las que se destaca en los momentos de claridad diáfana la airosa cumbre blanca del monte Sarmiento, el monarca de los Andes Fueguinos –cuya conquista devendría la obsesión de De Agostini–. Originario como era de Pollone, en la zona prealpina del Piamonte, pudo complacerse una y otra vez con esa perspectiva y despertarse y nutrirse la que sería su otra vocación vital: el conocimiento de las montañas australes. Esas excursiones comarcales iniciales debieron complementarse con largas charlas con gente conocedora del territorio, con la lectura de las todavía escasas obras disponibles que informaban sobre la historia y la geografía magallánicas, y con las noticias escritas y verbales de los misioneros salesianos que habían viajado por diferentes lugares del inmenso entorno. Así se enriqueció su conocimiento y se acrecentó su interés por alcanzar hasta los parajes más recónditos de esa geografía enloquecida que se le iba metiendo poco a poco en el alma. Él, al fin y al cabo, era un hijo de las montañas, ellas eran parte de su ser esencial y en ellas radicaba una de las fuentes inspiradoras de su existencia, en tanto que veía en las mismas de manera patente el portento de la mano admirable del Creador. Motivado así, él podía llegar a ser un instrumento eficaz de acción misionera sui generis al servicio de la verdad.
 
Bosque de lengas en el seno Bellavista, en el fiordo Última EsperanzaFue la Providencia la que, apenas llegado a Puntas Arenas, le brindó una oportunidad para conocer, en una primera aproximación, lo que sería el territorio de sus futuras andanzas exploratorias, al permitírsele embarcar en un vapor que par tía hacia la isla Dawson para seguir después hasta Ushuaia y retornar a la capital magallánica. Pudo así conocer la célebre Misión de San Rafael que vivía su época final y contornear la península Brecknock, siguiendo los pasos marítimos que la flanquean. Aquello, doblemente valioso por lo inesperado quizá, hubo de despertar su interés por ese mundo natural prístino y singularmente hermoso. No debió ser ése el único viaje que por entonces le ofreció la posibilidad de acercarse más todavía a la formidable y colosal fortaleza andina fueguina, por lo que de seguro más adelante pudo hacer alguna otra incursión de conocimiento. Oportunidades pudo tenerlas, y varias, habida cuenta de las relaciones que mantenían los salesianos con la comunidad local, pues como centro portuario de comunicaciones intraterritoriales que era Punta Arenas en la época, su movimiento cotidiano registraba ingresos desde y salidas hacia diferentes lugares de los ámbitos patagónico y fueguino, tanto de naves mercantes (veleros y vapores) como de buques de la Armada de Chile.

Para 1912 ya tenemos al futuro explorador, con alguna experiencia previa, programando su primera empresa del género y alguna envergadura a desarrollarse en la cordillera fueguina, con el monte Sarmiento como primer objetivo de conocimiento. También para entonces, vista la fuerza de su vocación montañera, los superiores salesianos pudieron, comprensivamente, facilitar sus aspiraciones y propósitos. No debió ser ello, convengamos, algo fácil ni sencillo. La obediencia religiosa había traído a Alberto M. de Agostini hasta el sur de América en el cumplimiento de una doble misión específica ineludible, como eran las labores evangelizadora y educadora que conformaban la razón de la presencia salesiana. De manera que aquella tarea montañera pudo ser aceptada y aun alentada, únicamente en tanto que la misma no fuera en desmedro de la que debía ser su preocupación principal ya mencionada.

Pero, inevitablemente, las cosas se fueron dando de manera diferente. Los trabajos exploratorios y andinísticos del padre De Agostini, en la medida que sus resultados se vieron cada vez más interesantes e importantes, condujeron a los superiores salesianos tanto a una mayor comprensión y aceptación de los mismos, como a una consecuente liberación de sus deberes propios, para facilitar lo que tempranamente pudo intuirse como una verdadera empresa característica de la genialidad salesiana, según lo había puesto y ponía en evidencia la historia de un cuarto de siglo a contar de 1887. En efecto, ese lapso trascendente mostraba tanto los admirables resultados espirituales y sociales de una labor cristianizadora, educacional y civilizadora, como los de significado científico. Allí estaban a la vista, como suficiente evidencia acerca de lo que había sido y era la labor complementaria de los misioneros en el campo de las ciencias naturales y humanas, el Observatorio Meteorológico Salesiano y el Museo Territorial Salesiano, en funcionamiento desde 1888 y 1893 respectivamente, uno y otro en el colegio “San José”, donde se desempeñaba el padre De Agostini.

Plaza de Puerto NatalesIncrementar el conocimiento científico es evidentemente una forma de servicio a la verdad, en tanto que ésta refleja la obra inconmensurable del Creador, y bien se podía, como se puede, realizar una labor igualmente evangelizadora y educadora privilegiando esa faceta cuando se dispone de capacidad y de talento para desarrollarla a la mayor gloria de Dios. Así, la Congregación Salesiana no sólo era fiel a su compromiso fundacional con la Iglesia Católica sino que lo reafirmaba con eficacia.

Fue así como los deberes privativos religiosos del padre De Agostini se ampliaron paulatinamente con la inclusión de aquel otro aspecto de su interés, en una progresión que acabó por ser virtualmente una dedicación exclusiva. La comprensión, aceptación y respaldo de la congregación que recibió la obra exploratoria geográfica del padre De Agostini, permite a la posteridad entender el éxito de lo que fue en la realidad una gigantesca empresa de adelanto del conocimiento científico.

Explicadas somera y satisfactoriamente las circunstancias y el contexto del comienzo de las tareas exploratoria y difusora de sus resultados del padre Alberto María de Agostini, cabe dar cuenta de su desarrollo y de su significado para el adelanto de la ciencia geográfica y el progreso general de la cultura en lo referido a los territorios de la Patagonia meridional y la Tierra del Fuego.

Fue en Tierra del Fuego, cuya fascinación misteriosa lo subyugó durante muchos años, según su propia declaración, donde comenzó su obra.

Allí realizó varias exploraciones entre 1912 y 1918, que tuvieron por objetivo el estudio de las montañas que se extienden entre el fiordo del Almirantazgo y los canales adyacentes, por el norte, y el canal Beagle, por el sur. Además, exploró detenidamente los cordones cordilleranos situados al suroeste y al sur del lago Fagnano, en el sector comprendido entre este depósito y el Beagle. En 1913, mientras exploraba la sección occidental de la gran península Brecknock, descubrió dos grandiosos fiordos, tal vez los más hermosos entre los fueguinos, y los denominó Contraalmirante Martínez y Pigafetta, nombre este último reemplazado posteriormente y con justicia por el de “De Agostini”, por oficiales de la Marina de Chile en homenaje a su descubridor. El reconocimiento abarcó el extenso distrito de fiordos y glaciares que se halla en la sección occidental de Tierra del Fuego y que en especial se desarrollan sobre la vertiente boreal de la península mencionada, descubriendo numerosas corrientes glaciares y otros accidentes geográficos. Esta labor de estudio oro y glaciográfico fue proseguida entre los años 1923-24 y 1928-29, extendiéndose luego hasta 1932, con lo que consiguió explorar de manera sistemática el interior antes desconocido de la zona cordillerana fueguina, descubriéndose muchos lugares que permanecían ignotos para la geografía, entre ellos el gran valle Carvajal al norte de Ushuaia. El padre De Agostini completó estas exploraciones con viajes por las llanuras orientales de la Isla Grande, con lo que pudo presentar al fin un cuadro satisfactorio para el mejor conocimiento de los variados aspectos geo-orográficos del gran archipiélago fueguino. Simultáneamente durante aquellos años realizó viajes extensos por los canales australes hasta el cabo de Hornos, la isla de los Estados y a peñones solitarios del borde del océano Pacífico, tales como la famosa isla Negra.

Tocante a la Patagonia, un reconocimiento previo durante el cual observó glaciares más imponentes y montañas más elevadas y espectaculares que las conocidas en Tierra del Fuego, llevó a Alberto de Agostini a extender a ella su actividad, iniciando hacia 1916 las primeras exploraciones en las cordilleras de Última Esperanza, en los macizos del Paine y Balmaceda. Retornó en 1917 a este último monte, reconociéndolo íntegramente, estudiando además el campo de hielo que circunda al macizo por el noroeste. Entre 1917 y 1929, alternando con sus exploraciones fueguinas, recorrió el amplio valle del río Serrano, las cuencas de los lagos Toro o Maravilla y Nordenskjöld, y, en particular, el grande y atractivo macizo del Paine, que con sus cumbres y torres lo impresionó en tal forma que no resistió en calificarlos como “el más soberbio y característico grupo de picachos que posee la cordillera patagónica austral”. En 1929 conoció y estudió parte de la sierra Baguales mientras pasaba desde el distrito del Paine al de los Andes que enfrentan el lago Argentino. Todos estos viajes de exploración los complementó De Agostini con un reconocimiento aéreo que hizo en 1937 acompañando a Franco Bianco, pionero de la aeronavegación patagónica, en un vuelo que cubrió la región cordillerana de Última Esperanza desde el cerro Balmaceda, pasando por el Paine y llegando hasta el distrito andino interior del lago Argentino. Finalmente, en 1943 amplió todavía más el conocimiento de este atractivo distrito de Última Esperanza, con la exploración de la sección septentrional del macizo del Paine y las cuencas lacustres vecinas, entre ellas la del Dickson.

Entretanto, a fines de 1928 había realizado un viaje por los canales occidentales de la Patagonia, recorriendo entre otros los fiordos Falcón y Eyre, explorando particularmente la zona adyacente al gran glaciar que se vierte en este último fiordo y que bautizó con el nombre de Pío XI. Obtuvo en esta excursión una nueva visión desde la zona occidental sobre el extenso campo de hielo que cubre la sección más austral de los Andes patagónicos.

En aquel mismo año el padre De Agostini llegó por primera vez a la zona del lago Argentino, realizando una primera excursión de carácter informativo preliminar. Regresó en los años 1930-1931 en compañía del geólogo Egidio Feruglio, dando comienzo así a la exploración sistemática de los cordones montañosos del sector limítrofe próximos a los lagos Argentino y su vecino Viedma, recorriendo los fiordos interiores del primer lago y los glaciares que caen al mismo, en modo particular el glaciar Upsala, el más extenso de la vertiente andina oriental, descubriendo y bautizando numerosos lugares y accidentes geográficos.

Baqueanos patagónicos en las orillas del lago Nordenskjöld.Su trabajo más notable en este distrito fue el reconocimiento de la zona interior alto andina que efectuó en 1931, recorriendo parte del extenso plateau que conforma al gran Campo de Hielo Patagónico Sur, descubriendo y nominando el Altiplano Italia y realizando de paso la primera travesía de la cordillera patagónica de este a oeste. Por la misma época el explorador extendió su actividad al distrito interior del lago Viedma, recorriendo el cordón de montañas que bordea el glaciar Upsala y reconociendo los montes inexplorados del interior del campo de hielo. En los años 1935-36 regresó a la zona del Viedma, esta vez para explorar el macizo del Fitz Roy, que le impresionó por su belleza y la soberbia audacia de sus formas. Exploró además los valles alto andinos inmediatos y la región del gran campo de hielo hasta el paso de los Cinco Glaciares. En 1937-1938 Alberto de Agostini realizó una nueva expedición destinada a completar el conocimiento del glaciar Upsala y el sector entre el lago Viedma y el fiordo Eyre, descubriendo y bautizando nuevos montes en el interior. Siguiendo un plan sistemático de trabajos, durante el verano de 1937 inició, y prosiguió durante 1940, la exploración del distrito situado entre el lago Viedma y el lago O’Higgins-San Martín, que le brindó un conocimiento complementario de la situación alto andina septentrional, con su conjunto de cerros y corrientes glaciares. El año 1944, en el que sería su último viaje a esa región, retornó a la zona occidental del lago Argentino para efectuar nuevos estudios y reconocimientos en el sector del seno Mayo, incluyendo el glaciar que se vacía en él, que denominó Ameghino.

Pero su interés incluía desde hacía tiempo el conocimiento de la sección septentrional de los Andes Patagónicos, señoreada hacia el oriente por el imponente monte San Lorenzo, la segunda en altura de las cumbres de aquella cadena. Una primera expedición de reconocimiento fue realizada en 1937 y completada en 1940, comprendiendo la zona inmediata al San Lorenzo y a la imponente cordillera Cochrane. En los años 1940-41 el padre De Agostini hizo una expedición en el distrito dominado por el río Baker, cuyo valle superior exploró, conjuntamente con los vecinos de los ríos del Salto y Chacabuco. Retornó a esas comarcas nuevamente en 1942, conociendo esta vez el sector occidental de la cuenca fluvial del Baker, en especial el valle de su afluente, el río Colonia, que le brindó una visión de lo que seguía hacia el occidente, ya en pleno Campo de Hielo Patagónico Norte.

Finalmente, al concluir el año 1943, realizó una expedición a la cadena Cochrane y al monte San Lorenzo, oportunidad en que consiguió escalar su cumbre.

Luego de un corto viaje a Punta Arenas, a manera de necesario descanso por las fatigas acumuladas durante aquella expedición, siguió una corta excursión al fiordo Mayo del lago Argentino, ya mencionada, cumplida la cual el padre De Agostini, ya sexagenario, decidió poner término a sus exploraciones andinas al cabo de tres y media décadas de iniciadas. Se imponía, prudentemente, el retiro. El montañismo es exigente y bien saben sus cultores que la fase activa es más corta que larga en su vigencia, y como tal hubo de asumirla el salesiano de Pollone. Entonces pudo sentirse satisfecho con lo realizado en tan prolongado lapso. Ninguno de cuantos lo habían precedido en los trabajos del género a contar del siglo XVI había logrado lo que él, esto es, dedicar una vida activa entera a la faena exploratoria geográfica con resultados científicos condignos para ese esfuerzo prolongado y sistemático.

Sin embargo, restaba algo por concluir de una vez por todas. De sus viajes por Tierra del Fuego, Alberto de Agostini conservaba por años una espina: el monte Sarmiento, que permanecía invicto desde el intento de ascensión de 1913. De allí que su pensamiento recurrente fuera el de lograr su escalamiento. No pudiendo intervenir personalmente por razones de edad, promovió durante 1956 la organización de una expedición con ese objetivo, contando para ello con la colaboración del profesor José Morandini y un grupo de científicos y geólogos italianos, y del Ejército de Chile. Arribada a fines de ese año a Punta Arenas, la expedición se dirigió de inmediato a la zona fueguina previamente elegida, y a principios de 1956 los guías alpinos que la integraban conquistaron finalmente al monarca de los Andes Fueguinos. De modo cierto el padre De Agostini consiguió vencer al Sarmiento, el coloso de Tierra del Fuego, al cabo de una espera de cuarenta y tres años. Con esta expedición se dio cima a los estudios orográficos y glaciológicos de la cordillera Darwin, iniciados cuatro décadas antes.

Como resultado de tantas exploraciones y trabajos, el padre Alberto de Agostini pudo sentirse al fin satisfecho, pues había hecho una notable contribución a la geografía de la parte austral de América, al dar a conocer la estructura orográfica y glaciológica de los Andes Patagónicos y Fueguinos, los que, con excepción de algunas zonas limitadas, eran completamente desconocidos en su interior para la ciencia mundial al promediar la segunda década del siglo xx. Entonces, ya a contar de 1944 pudo también haber dado por debidamente cumplido cuanto alguna vez se había propuesto realizar, y recogerse para dedicarse –ahora sí– a sus obligaciones religiosas. Si tal se hubiera dado, con sólo eso la posteridad habría reconocido sin retaceos su gran contribución al adelanto del conocimiento geográfico austral, pues lo realizado había sido ciertamente relevante.

Pero, bien se sabe, ello no habría podido darse de esa manera por cuanto el Padre De Agostini decidió que debía continuar otra tarea de trascendencia que había desarrollado casi a la par de sus exploraciones, como era la de la difusión al público de lo realizado. Percibió desde un principio que tanto conocimiento acumulado no podía quedar relegado a la intimidad de las academias y cenáculos científicos, como había sido la norma común hasta su época, sino que debía ser puesto al alcance de la gente con toda la eficacia y posibilidad de penetración social que la modernidad brindaba a las comunicaciones.

Indios tehuelche del lago Cardiel.Así, el padre De Agostini pudo poner de manifiesto otra faceta clave de su personalidad como era la capacidad para difundir conocimientos. Y para ello empleó tanto la técnica y el arte de la fotografía, de la que llegó a ser un verdadero artista, como su talento de escritor para dar cuenta con sabiduría y amenidad, y a veces con arranques líricos, lo que concernía a sus viajes y experiencias en el contacto con una naturaleza tan fuerte y sugerente como es la patagónico-fueguina. Y, por si faltara, supo valerse complementariamente de la cinematografía, de la cartografía y, por fin, de conferencias y exposiciones para presentar sus trabajos y resultados ante diferentes auditorios de doctos y gente ilustrada, de alumnos escolares y de gente común, pues a todos quiso hacerlos partícipes de su fecunda tarea vital a favor de la ciencia y la cultura. Ciertamente, el padre De Agostini fue un gran comunicador social.

Entre las más calificadas de sus creaciones literarias deben mencionarse los libros Mis viajes a la Tierra del Fuego y Andes Patagónicos, ambos, en especial el segundo, títulos clásicos en la bibliografía científica del siglo XX referida a las regiones meridionales de América del Sur. En ellos hay un contenido informativo riquísimo que concierne principalmente a lo geográfico y, dentro del género, a la fisiografía y glaciología andinas, a la descripción de los paisajes naturales, todo complementado con crónicas de viajes en que se incluyen valiosos testimonios de época sobre personajes, circunstancias y lugares correspondientes al período final de la ocupación colonizadora del territorio patagónico-fueguino, y, para también darle un sentido de integralidad, con noticias históricas y etnográficas referidas a las regiones australes americanas.

Su producción fotográfica merece una consideración particular. En este aspecto, Alberto de Agostini supo usar de esta técnica quizá como ningún otro explorador y viajero científico precedente, tanto por la cantidad y variedad de las vistas como por su notable calidad que, en sus reproducciones impresas de divulgación alcanzó el mejor nivel de su tiempo. Complemento de esta labor expresiva fue la filmografía, donde su película documental Tierras Magallánicas fue todo un suceso en su hora y es aún en el presente un referente obligado en la especialidad desde el punto de vista histórico.

En suma, la multifacética empresa desarrollada por el padre De Agostini durante medio siglo, entre 1910 y 1960, año de su fallecimiento, fue simplemente colosal, calificación que le ganó la admiración aprobatoria de sus contemporáneos y el reconocimiento consagratorio de la posteridad, que lo ha tenido y tiene como el mayor de los exploradores de la Patagonia y la Tierra del Fuego.

 
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