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La cultura impresa en Chile
El proceso de Independencia experimentado en las colonias americanas durante el cambio de centuria entre los siglos XVIII – XIX, tuvo en los impresos y en la palabra escrita que estos difundían, un instrumento de gran valor para propagar y asegurar la causa de la libertad.

En ese período se emplearon numerosas y variadas formas literarias para exponer las ideas, los sentimientos, las opiniones, las actitudes, las doctrinas y la problemática política que provocó el nacimiento de los nuevos estados. Folletos, catecismos políticos, hojas volantes, discursos, sermones, arengas, proclamas, máximas, poesías, coplas, anagramas e informes sirvieron para expresar posiciones políticas que también se difundieron a través de libros y, especialmente, artículos en los periódicos que no tardaron en aparecer por toda América.

La palabra difundida a través de la imprenta, dio cuenta de las noveles entidades y actores políticos, adquiriendo así un papel activo en la consolidación a nivel de opinión pública, de los principios políticos republicanos que la revolución de independencia puso en práctica.

Los próceres se volvieron escritores y los escritores en próceres. Los primeros por la necesidad de hacer uso de un medio propagandístico de primera magnitud y a consecuencia, los segundos, de los servicios que sus plumas prestaron a la causa patriota.

Pese a que mediados del siglo XVIII, los jesuitas intentaron infructuosamente implementar una imprenta, no fue sino hasta 1811, bajo el gobierno de José Miguel Carrera cuando se instauró la primera imprenta en Chile.

La primera imprenta en Chile
El primer intento por traer una imprenta a Chile la realizó Juan Egaña, mientras Mateo de Toro y Zambrano era gobernador. Egaña presentó un plan de gobierno en el que proponía la conveniencia de tener una imprenta con el propósito de uniformar la opinión pública a los principios del naciente gobierno.
Sin embargo los intentos fueron fallidos, debido a la abrupta muerte del diplomático argentino (encargado de importar la imprenta a Chile) en Londres muriera abruptamente.  
Sin embargo, un año después, el gobierno de José Miguel Carrera, invirtió la suma de 8.000 pesos para comprar una imprenta para la República de Chile. El 21 de noviembre de 1811, llegó a Valparaíso la primera imprenta a Chile importada desde Estados Unidos. Junto con la imprenta llegaron, desde Boston tres tipógrafos norteamericanos que se encargarían de montarla y hacerla funcionar: Samuel Burr Johnston, William H. Burbidge y Simón D. Garrison.
De esa imprenta saldrían el primer periódico y el primer libro impresos en Chile, así como también los primeros decretos sobre libertad de prensa expedidos en el país.  

Pese a que máquina que llegó a Valparaíso a fines de 1811 era, desde el punto de vista técnico, rudimentaria, desde el punto de vista simbólico era considerada como una institución, que venía a ocupar el espacio que le había abierto el discurso ilustrado criollo y la emancipación política. Un lugar y una acción al servicio de la “felicidad de los pueblos”; un “la voz de la razón y la Verdad”.

La imprenta llegó a formar parte de una contienda política que, hacia 1811 todavía no estaba decidida, lo que la hizo protagonista y principal arma en la batalla de las ideas.

La Aurora de Chile
La gran protagonista de esta contienda ilustrada fue la Aurora de Chile, primer periódico impreso en Chile.  El 16 de enero de 1812 un decreto emitido por José Miguel Carrera, determinó que el fray Camilo Henríquez sería redactor que “adorno de principios políticos, de religión talento y demás virtudes naturales y civiles, disponga la ilustración popular de un modo seguro, transmitiendo con el mayor escrúpulo la verdad que sola decide la suerte y crédito de los gobiernos”.  El 12 de febrero de 1811 -mismo día en el cual se celebra la fundación de Santiago, la batalla de Chacabuco y la declaración de la Independencia- se cree que apareció el prospecto de la Aurora de Chile. De acuerdo al estado de cuenta realizado por Antonio José de Irisarri, los costos de la Aurora para 500 ejemplares eran de 12 pesos por papel y otros 12 por impresión y el precio de cada ejemplar era de 2 reales.
Durante más de un año se publicó semanalmente y en cada uno de sus 58 números expuso un franco pensamiento independentista. A través de los artículos más variados, desde la hacienda pública, industria, comercio, política e instrucción primaria, sus redactores buscaron con afán impulsar el progreso de Chile en todos los ámbitos de interés nacional.
El primer periódico nacional logró dar a luz un Prospecto, 58 números, dos ejemplares extraordinarios y dos suplementos de medio pliego. En su trayectoria sufrió dos actos de censura y el 1 de abril de 1813 circuló el último ejemplar.
Documentos:
Aurora de Chile: periódico ministerial, y político: Prospecto
Aurora de Chile: periódico ministerial, y político, Año 1, número 1
Aurora de Chile: periódico ministerial, y político. Año 1, nº extraordinario, 12 marzo de 1812
Aurora de Chile: periódico ministerial, y político. Año 2, número 12 (1 abril, 1813)


Entre 1811 y 1840 la imprenta llegada a Valparaíso, fue la voz oficial del gobierno. En ella se publicaron los folletos y periódicos emitidos por el Estado.

Durante la década del veinte se comenzaron a instalar modestamente distintos impresores a lo largo de Chile, los que publicaron hojas de índole comercial o política, pero escasos en cuanto a la producción de libros. La más importante de ellas fue la que comenzó a emitir los números del periódico El Mercurio desde 1827 en Valparaíso.
El complejo escenario político de esta misma década impidió una política estatal constante por lo que la imprenta estuvo al servicio de quien estuviera en al mando de la República. Al mismo tiempo, la importación de libros era mínima y la gran mayoría eran de carácter religioso.

Hasta 1840, hubo un leve aumento de la capacidad de impresión, la cual se concentró en publicaciones periódicas u hojas vinculadas al comercio, la administración y la Iglesia. La producción de libros nacionales estuvo prácticamente limitada a libros de carácter funcional, o a algunos impresos encargados por el gobierno y los escasos libros en circulación provenían del extranjero y habían ingresado al país por la vía de la importación.

Entendida como herencia del oscurantismo colonial, la producción, circulación y consumo de libros tuvo un crecimiento lento y escaso. Así se produjo un desfase entre la valoración intelectual e imaginaria de la imprenta y las condiciones reales en que ella operó. Sin embargo, paradójicamente, durante este período se reforzaba con fuerza la impronta republicana del país letrado.

Tertulias y Salones
Una de las formas más extendidas durante este período entre las personas ilustradas fue la lectura en los salones. Los escasos textos que circulaban se leían en voz alta ante un auditorio mixto, práctica que aseguraba el máximo aprovechamiento de los ejemplares y favorecía una apropiación colectiva de sus contenidos.
Mientras se consideraba que los hombres leían obras de estudio y textos clásicos, las miradas de las instituciones católicas y conservadoras estaban puestas en la “perniciosa” tendencia femenina a leer novelas románticas. 


A partir de 1840, gracias a la intervención de importantes intelectuales de la época, la educación y la cultura en Chile comenzaron a experimentar un desarrollo gradual. Un conjunto de ideas como la aspiración a la soberanía del individuo, la libertad como eje del sistema republicano, además del relato de una nación que se inscribía en la “doctrina del progreso” fueron difundidas a través de diarios, revistas, leyes y libros históricos con el fin de guiar la formación de los ciudadanos de la naciente República. Así, la palabra impresa se transformó en la mejor herramienta para alcanzar la “civilización” e imponer valores morales que sacarían al pueblo de la ignorancia y la superstición.

El libro y su lectura comenzaron a ser valorados como un vehículo insustituible de ideas y conocimiento y, a la vez, como un instrumento privilegiado para la educación de los niños y la formación de los pueblos que venían recién iniciando su vida independiente.

Sin embargo, a pesar de la voluntad civilizadora manifestada en libros prácticos, útiles y serios, las novelas-folletines, importadas o impresas en el país y distribuidas principalmente por periódicos, eran las obras más difundidas. Novelas como Misterios de Londres de Paul Féval, el Judío Errante de Eugene Sue, La Maraña de Balzac y Crímenes Célebres de Alejandro Dumas eran vendidas a gran escala para la época.

Frente a esta realidad comenzó un debate sobre la finalidad del libro. Mientras unos planteaban que su afán debía ser moralizador y práctico, los liberales comprendieron que sólo a través de las novelas se podía despertar la curiosidad, para luego estimular la lectura de obras más útiles y educativas.

Entre 1840 y 1880 se crean las bases para la industria impresora, abarcando desde los aspectos de impresión, circulación, comercio y lectura. Este proceso fue impulsado en gran medida por la cultura liberal que, apropiándose de corrientes e ideas europeas comenzaron a hacer del libro y la lectura la fuerza motriz de su cosmovisión. Esto sumado al progreso en la educación hizo que progresivamente se formara un mercado para el consumo de los impresos.

Durante este período,  el libro se posicionó como un medio al interior del circuito culto de la elite y  también en el circuito de capas medias y  populares. El proceso de ampliación y diversificación de mercados culturales originó la modernización finisecular, factor que dinamizó el campo del libro a lo largo de todo el espectro social. Los mensajes culturales provenientes de los distintos sectores encontraron en el libro y en las hojas impresas un canal expresivo.  

Hacia fines del siglo XIX la lectura comenzó a ser percibida como un hábito que permitía el ascenso social. A lo que se sumaba la formación de un incipiente circuito de cultura popular y tradición oral vertida a la escritura a través de la Lira Popular. Por otra parte, las editoriales nacionales comenzaron a granjearse éxitos de ventas como Juana Lucero (1902) o Casa Grande (1908), que durante sus tres primeras semanas vendió 60.000 ejemplares.

La difusión de la lectura de entretención para mujeres a través de las novelas románticas y su libertad interpretativa hizo que diversas instituciones católicas y conservadoras hicieran un constante llamado a controlar la lectura de sus hijas, ya que para ellos la emancipación literaria sólo agravaba los peligros que ya suponía la libre lectura: traspasar las fronteras del hogar y viciar la moral pública y privada.

El Estado, por su parte, la veía como la oportunidad de promover una moralización laica y de carácter nacional.
Al mismo tiempo, a comienzos del siglo XIX, Santiago rápidamente se convertía en una urbe con características cosmopolitas y afrancesadas. En este contexto es que aparecen elegantes lugares para reunirse, conversar y discutir las diversas lecturas de modo alrededor de una taza de café.

Elegantes Cafés

Los cafés entre las décadas de los veinte y los cincuenta congregaron a importantes intelectuales  del circuito nacionales, quienes se paseaban entre El Tea Room del Gath y Chaves  y el Café Torres.  Entre sus parroquianos estaban Joaquín Edwards Bello, Claudio Arrau, María Monvel, Marta Vergara, Victoria Barros, Luis Orrego Luco, Mariano Latorre, Ricardo Latcham, Alberto Romero y Luisa Irarrázabal de Sutil, entre muchos otros.


Con la llegada de la luz eléctrica el panorama para los lectores se hizo cada vez más propicio. El Estado comenzó a promover la lectura y el libro se convirtió en el gran protagonista de las transformaciones sociales que comenzaron a gestarse desde 1920 en adelante. El hábito de la lectura como actividad de esparcimiento se extendió, a lo que se sumó la inmensa diversificación de la oferta del mercado editorial. Los libros se tomaron parques, cafés, playas y campos. Asimismo, se consolidó la lectura nocturna en el dormitorio, único momento de tranquilidad que tenían miles de trabajadores.
 
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