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El estadista que escribió nuestro primer cuento

El autor de nuestro primer cuento, Cartas Pehuenches, suele ser asociado más al mundo de la leyes y la política que al de los avatares literarios. Lo que en realidad no debe extrañar, dada su continua labor en el ámbito del servicio público y su innegable condición de hombre de Estado. Sin embargo, no es menos cierto que su pluma dio vida a la primera ficción literaria chilena.

La nacionalidad de Juan Egaña ha sido objeto de confusión, debido a que nació en Lima, Perú, país donde su padre chileno viajó a cursar leyes y cánones. Es por esto que algunos biógrafos lo han considerado peruano sin tener en cuenta el principio de extraterritorialidad que entonces existía.

Al morir su madre, la limeña Josefa Risco, hacia 1770, Juan Egaña viajó a Chile junto a su padre, graduándose -años más tarde- de abogado en la Universidad de San Felipe.

Intelectual inquieto, se destacó desde muy temprano al colaborar con el movimiento independentista del país, participando en el Cabildo de 1811 y en la redacción de la Carta Fudamental de 1823, además de ser uno de los impulsores, junto a Camilo Henríquez y Manuel de Salas, de la fundación del Instituto Nacional. Es, además, uno de los firmantes de la proclama de fundación de la Biblioteca Nacional. Estas inquietudes fueron sólo el principio de una incesante labor patriótica que, como hombre de Estado y servidor público, abarcaría además de las letras, la política, las leyes, la moral, la minería, el comercio, la industria, la educación, e incluso, según la opinión de Braulio Arenas, la parasicología, por mencionar sólo las materias más relevantes.

Sus ideas de libertad lo llevaron al destierro en la Isla Juan Fernández, donde fue deportado por Casimiro Marcó del Pont durante la reconquista española. Ahí escribió su célebre obra El chileno consolado en los presidios o filosofía de la religión: Memorias de mis trabajos y reflexiones escritas en el acto de padecer y de pensar, memoria directa y humana, sin obligación literaria alguna, que refleja su desánimo a través de la narración de lo cotidiano: “Yo hubiera deseado amenizar estas memorias con el interés de los sucesos y las gracias del estilo; pero desde el día que llegué al presidio, padezco un desfallecimiento, y tan penosas fatigas con la miseria y tempestades del clima, que tengo por particular alivio el cuarto de hora que puedo formar un apunte, con el mismo desgreño que se presenta a la pluma. Recelo que no tendré alguna vez tiempo sereno para retocarlas, y aún tampoco lo haría, porque quiero instruiros, y presentar a los infelices que alguna vez me leyeren, un cuadro muy al natural y sencillo de mis trabajos, en el mismo acto que los sufro y los alivio”.

Tratar de mostrar la obra de Egaña en su totalidad es una tarea difícil, por lo vasto y complejo de sus escritos, los que incluso desbordaron la propia intención del autor, como quedó de manifiesto en la cita anterior, donde una escritura sin más pretensiones que registrar algún episodio o aportar enseñanza se ha desplazado hacia la literatura, convirtiendo sus obras en hitos fundacionales de nuestras letras. Murió en Santiago el 29 de abril de 1836.