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Una visión permanente en la literatura chilena

Es difícil mostrar las características más generales del Realismo en Chile, sin caer en simplismos. Y es que ésta es una forma de expresión literaria que se prolongó por casi cien años, si tomamos como referencias la fecha más temprana señalada por la crítica (1850) y la más tardía (1947). Además, el Realismo contuvo en sí diferentes orientaciones e intensidades, e incluso debió convivir con movimientos más cosmopolitas como fue el modernismo. Hay que señalar, sin embargo, que la fecha de inicio más representativa es la publicación en 1862 de Martín Rivas de Alberto Blest Gana; novela en que se fija la óptica realista heredada por Balzac.

El Realismo se inició con el costumbrismo que devino en el romanticismo crepuscular, y tomó de éste el ejercicio de extraer de la realidad más inmediata su material de trabajo. Le siguió el Naturalismo, del que se diferenció en que el primero tendió al idealismo y a lo pintoresco, mientras que el segundo, bajo la influencia de Walter Scott, representó la sociedad tal como es, usando como instrumentos la observación y el análisis de la realidad.

Blest Gana acogió entusiasta la profunda transformación política, económica y social que se produjo a mediados del siglo XIX, la que impulsó la superación del mundo colonial, la emancipación liberal y la emergencia de una burguesía financiera. A su vez consideró inevitable el desplazamiento de las costumbres de sus antepasados por las modernas influencias culturales que fueron recibidas del viejo mundo: “lo demás sería mostrarse asaz, retrógrado y recalcitrante en exceso”, señala. Ilustrativo de esta línea de pensamiento resulta el subtítulo original de Martín Rivas: Novela de costumbres político-sociales.

Luis Orrego Luco, por su parte, observó con amargura aquella época de transición y la denunció por las consecuencias morales que ocasionó este proceso: “la desaparición de antiguas influencias de familias de abolengo y de arraigadas tradiciones encarnadas en ellas, para sustituirlas con nuevos elementos exclusivamente plutocráticos, oportunistas por naturaleza, y sin los lazos históricos de servicio público de la vieja aristocracia colonial, ha producido una acción perturbadora destinada a obrar oculta, pero profundamente”. Al referirse al proceso político social del país, Orrego Luco había tenido ya la oportunidad de asistir al surgimiento de la sociedad capitalista, emitiendo sus comentarios varias décadas después que Blest Gana.

La más profunda pérdida de las ilusiones, sin embargo, se produjo a principios de la década del 20', expresada en el realismo crítico de Baldomero Lillo.

Desde miradas antagónicas, Blest Gana y Orrego Luco, se configuraron como los más destacados representantes del realismo en Chile: el primero por su observación de las costumbres y el ejercicio de plasmarlas en la novela de forma verosímil, aunque algo estereotipadas, que le servirán para cumplir la “tarea civilizadora” de una amplia masa de lectores; y el segundo, por agregar el componente sicológico de sus personajes, tomados de una realidad rigurosamente observada.