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Una nueva lengua para América

Bajo el influjo del neoclasicismo imperante y cuando en Europa el Romanticismo, como estética dominante, estaba en franca retirada, surgieron en las letras hispanoamericanas las llamadas generaciones románticas. De acuerdo con Emilio Carrilla, el Romanticismo y su desarrollo durante el siglo XIX, tuvo en América un sentido especial que no se desarrolló en Europa. Esto debido a que fue en este siglo en el que la mayor parte de los países hispanoamericanos se constituyeron como naciones independientes. Así, su correspondencia con el comienzo de la vida en cierta forma autónoma, llevó a que se le considerara el primer movimiento literario en la vida libre de estas regiones.

Ligado a lo anterior, surgieron los primeros intentos de americanizar la lengua. Así, la aspiración fue desde un incipiente “español de América” hasta intentos de nuevas lenguas que diferenciaran de especial manera una región de otra. Este fenómeno, que en un principio se vio como una posible fragmentación del idioma, no llegó a alterar en esencia el sistema de la lengua, pero sí logró incorporar a él una serie de neologismos, arcaismos, galicismos y americanismos, que reflejaron la nueva situación de estas tierras.

En cuanto a la creación literaria prevaleció un claro origen que los identificó con raíces naturales. No se trató de traducir externamente o transplantar un vocablo extranjero, sino de crearlo y hacerlo surgir desde las entrañas mismas de la tierra. La característica fue una sintáxis que tendió a la oración larga y propensa a lo recargado, se trató de una frase emocional en la que el énfasis procuró realzar sentimentalmente esa frase. En términos generales se trató de una lengua pasional y sanguínea que no sólo se apoyaba en los adjetivos.

El Romanticismo en Chile, de acuerdo con Cedomil Goic y su criterio histórico generacional, incluiría a los autores nacidos entre 1800 y 1814, en tanto que su vigencia se extendería hasta 1859. Distingue además la existencia de tres generaciones: la de 1837, 1852 y 1867.

En opinión de Maximiano Fernández, se trató de una estética embriagadora, enajenante y desmedida en la que la prioridad estaba dada a la inspiración, a la sinceridad, al individualismo, a la subjetividad del yo exaltado, a la libertad en cuanto a formas y contenidos, al culto a la naturaleza, a lo popular y a lo nacionalista, al deseo de gloria, a la evocación del medioevo y el barroco, a la evasión de la realidad y a la soledad.

Aun cuando en Chile en sus inicios el Romanticismo se mantuvo ligado a los ideales neoclásicos del arte, evolucionó luego a una concepción de la literatura ligada a la expresión de la sociedad y a ella se le otorgó la función de velar por el desarrollo ético y moral de la vida tanto pública como privada. En cuanto a la vida pública, esta fue entendida en un sentido casi netamente político y apuntó a la representación del anhelo de la perfección política, social y humana.

Los influjos del Romanticismo en Chile alcanzaron incluso la escena plástica, destacando entre sus representantes: Raymond Monvoisin, Antonio Smith, Manuel Ramírez Rosales, Clara Filleul y Ernest Charton.