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Domeyko, Ignacio (1802-1889)
Retrato de Ignacio DomeykoAunque en edad madura el espíritu de Domeyko se tranquilizó, sus años de juventud estuvieron marcados por la inquietud y ansias de aventura. Comprometido en las luchas políticas que afectaron a su país cuando apenas eran un joven estudiante, viajero infatigable, y, por sobre todo, estudioso de cuanto llamara su atención, el profesor que llegó a Chile en 1838 contratado por Carlos Lambert en nombre del gobierno para hacerse cargo de los cursos de Mineralogía del liceo de La Serena, había nacido el 31 de julio de 1802 en Niedzwiaka, una localidad agraria situada en Lituania, parte entonces de Polonia. Su madre, profundamente católica, pidió y consiguió que se le pusiera el nombre del santo de ese día.

Su familia pertenecía a la más antigua nobleza polaca, dueña de algunas propiedades y recursos que le permitieron acceder a una cuidada educación, primero en la casa de sus padres y, luego, en el colegio conventual de los padres Píos, en Szczuczyn, desde donde se trasladó a la Universidad de Vilna, en 1817, para ingresar a la Facultad de Ciencias Naturales, cuando apenas tenía quince años.

En el ambiente universitario de aquellos años se fortalecieron en el joven estudiante que llegó de Szczuczyn, tres convicciones que lo acompañarían por el resto de su vida: su profunda fe católica, su notable pasión por la ciencia y un cariño a la patria que nunca olvidó, a pesar de las circunstancias de la vida que lo llevaron tan lejos del suelo natal. Más tarde desarrollaría un afecto por la docencia del que Chile obtuvo mucho provecho.

Se vivía entonces en Polonia un clima de agitación política. Apenas acalladas las trompetas que acompañaron a las tropas de Napoleón, se dejó sentir el peso de Rusia, cuyos intentos por controlar Polonia quedaron de manifiesto en los mismos años en que Ignacio Domeyko cursaba sus estudios en la Universidad de Vilna. Allí, junto a numerosos estudiantes fraguó planes para liberar al país del dominio extranjero. Célebres poetas, hombres de ciencia en formación e intelectuales en ciernes, se juramentaron para defender a la patria. Varios de ellos pagaron con la cárcel sus anhelos, mientras otros tuvieron que partir al exilio. Él corrió mejor suerte: aunque debió abandonar la Universidad, tuvo que encerrarse en las tierras familiares, “sin derecho a mezclarse en la vida pública y bajo la vigilancia de la policía”.

Esto ocurría en 1823.

En Zapole, en dominios de uno de sus tíos, Ignacio Domeyko se entregó por completo a los trabajos agrícolas y a sus estudios favoritos; sin embargo, los viejos sueños de liberar a Polonia se despertaron de nuevo en 1830 cuando las convulsiones que sacudieron a Europa ese año crearon un ambiente favorable para la sublevación. Domeyko no se mantuvo al margen. Abandonando sus labores en el campo se unió a las fuerzas del general Klapowski en la guerra contra Rusia. Los resultados para las fuerzas polacas fueron desastrosos. Derrotados en los campos de batalla, una vez más miles de jóvenes tuvieron que partir al exilio, escapando de la represión emprendida por los vencedores.

El sabio Ignacio Domeyko
Ignacio Domeyko llegó al país como exiliado político de su Polonia natal. Destinó 50 años de su vida profesional a la nueva república. Realizó una serie de estudios geológicos en el norte, constituyéndose en el verdadero formador de la minería científica. Pero su aporte al país fue mucho más amplio. Describió a los chilenos el potencial que ofrecía la Araucanía, escribió estudios sobre la instrucción pública, que fueron esenciales para la modernización de la educación y se destacó como rector de la Universidad de Chile.

Domeyko, junto con antiguos compañeros de universidad y nuevos camaradas de armas, se refugió primero en Dresde, desde donde tuvieron que escapar por el temor de ser detenidos por las tropas rusas. Francia era en ese momento el país más seguro y hacia allá trataron de continuar su camino los desterrados en Dresde. En agosto de 1832, lograba llegar a París. Iniciaba así una larga travesía que lo llevaría muy lejos de su tierra natal.

Al poco tiempo y pasado ya el entusiasmo inicial que le provocó París, se incorporó a los cursos de la Sorbona y del Colegio de Francia, con el propósito de continuar los estudios suspendidos en Vilna. Esto no lo alejó de los otros refugiados polacos con los cuales siguió soñando el futuro de la patria; sin embargo, la distancia y las vicisitudes propias de los grupos políticos que deben abandonar su país fue alterando los proyectos iniciales de regresar a Polonia. Más adelante, el propio Domeyko recuerda que desde su ingreso a la Escuela de Minas, empezó a alejarse de los movimientos de la emigración, para concentrarse de lleno en los estudios.

Sus esfuerzos se concretaron en 1837, cinco años después de haber llegado a París. Ese año concluyó sus estudios en la Escuela de Minas, aprobó el examen final y recibió el honroso diploma que lo acreditaba como experto ingeniero en mineralogía. Su primer trabajo lo llevó a Alsacia Baja, a unas exploraciones tendientes a descubrir yacimientos de hierro en faenas financiadas por ricos banqueros y dueños de fábricas que tenían la certeza de encontrar en ese lugar los minerales que busca¬ban. Sin embargo, “algún escozor aristocratizante” que se respiraba en el ambiente no lo hacía sentirse a gusto, sentimiento que se agravó por los efectos negativos que tuvo en su salud la humedad y el frío de los bosques que debía recorrer a diario. Para colmo, sus patrones eran protestantes que gustaban burlarse de los curas.

Sin embargo, la solución estaba por llegar. En aquellos mismos días recibió una carta del señor Dufrénoy, su profesor de mineralogía en la Escuela de Minas de París, en la que le proponía viajar a Coquimbo, como profesor de Química y Mineralogía con un sueldo de $1.200 (6.000 francos) anuales, más los gastos de viaje.

A pesar del entusiasmo que muestra, pronto surgieron las dudas. ¿Qué sabía de Chile? A su regreso a París, explicó francamente sus temores de llegar a un país sin recursos, medio civilizado y tan distante de Polonia, a donde no podría acudir si lo llamaban para defenderla. Sin embargo, correspondió a don Carlos Lambert convencerlo de que nada grave le ocurriría y que en Chile encontraría todo lo necesario para desarrollarse personal y profesionalmente.

Las cosas habían ocurrido de la siguiente manera. Aprovechando un viaje de Carlos Lambert a Francia, el gobierno de Chile le encargó contratar en París un profesor que estuviese dispuesto a hacerse cargo de los ramos de Química y Mineralogía en el liceo de La Serena. Carlos Lambert, antiguo alumno de la escuela Politécnica de París y minero avecindado desde hacía varios años en Chile, asumió sin vacilar la tarea, acicateado por el intendente de Coquimbo, don José Santiago Aldunate, quien habría pedido al profesor Dufrénoy para que lo pusiera en contacto con la persona indicada. Así llegó a conocimiento de Domeyko la oferta de Lambert. Según ha escrito una autora ya citada, desde un principio surgió una sincera simpatía entre el francés y el polaco, base de una verdadera amistad que los uniría por el resto de sus vidas.

Carlos Lambert era un poco mayor que Ignacio Domeyko. Había nacido en Estrasburgo en 1793 y, como él, era un ingeniero de minas que decidió venir a Chile a probar fortuna. Su primer viaje lo hizo en 1817, para retornar a Europa en 1820, desde donde regresó a Chile algunos años más tarde. Emprendedor por naturaleza, revolucionó la minería en el Norte Chico al introducir el horno de reverbero, y en el viaje a Europa que hizo en 1837, recibió el encargo de traer a Chile un profesor que asegurara la formación de nuevos mineros en el país.

Lambert escuchó pacientemente las dudas del joven ingeniero polaco, para hablarle después con entusiasmo de Chile. Le señaló que era un país interesante, que con inteligencia y energía empezaba a formarse después de haberse independizado de España. Le habló de sus riquezas mineras, de su clima, de sus gobernantes, de su política. En suma, lo convenció de venirse a Chile, entregándole $3.000 para la compra de los útiles necesarios para las clases que impartiría en La Serena.

Años más tarde Ignacio Domeyko recordaría que todo el mes de enero de 1838 se lo pasó en los preparativos del viaje, la compra de libros, la elección de los instrumentos para el laboratorio que instalaría en La Serena y en las despedidas de los amigos polacos que quedarían en París. Fueron situaciones tristes, escribió el viajero, pero ninguna para siempre, “con todos hasta la vista. ¿Dónde? Sólo Dios sabe”. Finalmente, el 31 de enero de ese año partió en una diligencia al puerto de Boulogne, desde donde salió con destino a Dover dos días más tarde. Por primera vez vería el mar.

El viaje a Chile duró cuatro meses, acompañado siempre de Carlos Lambert. Pasaron primero por Londres y recién el 9 de febrero se embarcaron con destino a América. Fue una larga travesía que concluyó el 26 de abril cuando la nave ancló en el puerto de Buenos Aires, luego de recalar en Río de Janeiro y Montevideo.

Aunque el puerto de Buenos Aires no le causó buena impresión, pisar tierra firme le hizo olvidar las fatigas del viaje. Respiró, además, el aire puro de “buenos aires” que soplaba ese día. La ciudad era extensa, bien urbanizada, de unos ochenta mil habitantes, muchos de los cuales eran europeos. Le sorprendió la gran diversidad de la gente y las opiniones tan encontradas que escuchó de Juan Manuel de Rosas; sin embargo, como el invierno se aproximaba y en cualquier momento se podía cerrar la cordillera había que apurar el tranco. La guerra contra Santa Cruz también provocaba una inquietud que obligaba a partir cuanto antes.

El viaje se inició el 29 de abril y concluyó en Coquimbo el 3 de junio, a las 4 de la tarde, el día de la fiesta de Pentecostés y en la víspera de un fuerte sismo que asoló a la región. Todos los pormenores de la travesía las relató, indicando los nombres de las postas, las distancias y los gastos en que se incurrió desde el mismo Buenos Aires hasta La Serena, incluyendo los que se habían hecho antes desde París al lugar final de destino.

“No hay, sin duda, otro país que sea menos parecido al nuestro como éste, donde me tocó descansar de la guerra, del ruido parisino y del prolongado viaje –escribió al llegar a Coquimbo–. Puras rocas, desiertos y mar; no hay ni bosques ni los extensos trigales verdes, ni nuestros prados ni aldeas. Todo el horizonte, por el este, formado por la cordillera, erizado de inmensos picachos, cuyos colores tornasolan constantemente, desde la salida hasta la puesta del sol. Generalmente pardos, grisáceos, a veces se arrebolan como si ardiesen, o bien pasando a matices dorados o purpúreos se vanaglorian de sus sueños eternos, recortados en el fondo azul. Por el oeste, el mar inmenso, por las mañanas comúnmente cubierto de leve neblina, espumoso en la costa, por las noches iluminado con olas fosforescentes” (Ignacio Domeyko, Mis viajes, 1977).


El país que acogió al emigrante

Se dio cuenta que llegaba a un país que daba sus primeros pasos como república independiente. Según los datos que arrojó el censo de 1830 a 1834, su población bordeaba el millón y medio de habitantes; cien mil eran dueños de las principales fortunas del país y un millón cuatrocientos mil trabajadores los que hacían posible la riqueza de los primeros. Eso fue lo que denunció Santiago Arcos en 1852, dando cuenta de una situación que no debió ser tan diferente en 1838. Ese año, en cambio, la guerra de que tuvo noticias en Buenos Aires que enfrentaban a Chile y Argentina con la Confederación Perú-Boliviana, también lo sorprendió en Chile. Él mismo presenció los batallones que se dirigían al norte a combatir en territorio peruano. Por otra parte, hacía menos de un año que había sido asesinado Portales, en medio de algunas convulsiones que aún no terminaban. “Llegué en los primeros tiempos de la independencia chilena”, escribiría más tarde, a una sociedad violentamente remecida en sus cimientos, hostil al pasado y a las tradiciones coloniales, pero que está cambiando tan rápidamente “que dentro de veinte años los jóvenes no tendrán una idea de lo que son ahora sus padres”.

Ciencia y territorio
El nuevo país necesitaba afirmar su soberanía, incorporando las zonas más alejadas. Para llevar adelante ese proyecto, fueron contratados especialistas europeos. Su misión era continuar la labor iniciada por Claudio Gay. Gracias al trabajo científico desarrollado por Ignacio Domeyko, Rodulfo Amando Philippi y José Amado Pissis el país pudo conocer estas regiones y realizar un catástro de la flora y fauna, cursos de aguas, vías de comunicación y  recursos, como un paso previo a su incorporación a la nueva república.

Le sorprendió el fervor con que se celebraba el 18 de septiembre, las carreras de caballos y los juegos con que se entretenía la población. Todo le pareció nuevo, original y en completo orden y sencillez. “No había en Coquimbo ladrones ni gente sospechosa. Se podían, sin peligro, dejar las puertas abiertas, no había cerrajeros para reparar cerraduras”.

Aprovechó su primera visita a un mineral de la zona para describir una escena de la vida minera. Retrató a peones sudorosos y agobiados por el peso del trabajo, pero alegres y bullangueros. Era un sábado, día que terminaban las labores semanales y los mineros se aprestaban para la diversión. De la faena pasó a la placilla donde convivían, en una pintoresca relación, la devoción mariana y el canto y la guitarra de la chingana. Allí nadie mandaba, aunque reinaba orden y calma.

Del relato que hiciera de aquellos sucesos se destacan sus juicios sobre el orden que observó en el país, un orden que se apreciaba tanto entre los grupos pudientes como en el populacho. “El pueblo de aquí es demasiado serio para bailar todos públicamente, escribió, aunque gusta con pasión del canto y del baile que son aquí indivisibles”. Seguramente fue ese orden y seriedad lo que más lo ató a esta tierra. Para un espíritu rebelde, pero por sobre todo conservador y amante de la tranquilidad, lo que empezaba a observar en Chile no lo dejó indiferente.

Si hemos de confiar en los relatos de otros viajeros y en los juicios de nuestros propios historiadores, uno de los hechos que caracterizó al país desde la génesis de la república, fue el apego al orden.

Por esos mismos años, Claudio Gay expresó en Francia opiniones muy lisonjeras sobre Chile. Entre las repúblicas sudamericanas, escribió el sabio francés en 1842,

“hay una, Chile, que tomando un impulso extraordinariamente rápido en todas las ramas de la civilización, parece sustraerse pronto a los prejuicios nacionales y ponerse al nivel del progreso de la vieja Europa. Emancipada desde hace más de veinticinco años del gobierno español, ha debido sufrir esas fases de revoluciones y aun de anarquía que son las consecuencias naturales de esos grandes movimientos políticos; pero gracias al espíritu de orden y de tranquilidad, se ha restablecido el equilibrio y este país que antes era mirado casi como una provincia del Perú, desempeña hoy un papel de primer orden y ofrece al Nuevo Mundo un magnífico ejemplo de progreso y prosperidad” (“Fragmento de un viaje a Chile y el Cuzco, Patria de los Antiguos Incas”, 1842, p. 294). 

En ese ambiente, Ignacio Domeyko debió descubrir en Chile un país lleno de oportunidades para un ingeniero que entraba a la madurez de la vida y que anhelaba dedicarse a la ciencia y la educación. Contribuyeron también, la cálida acogida que le brindó la sociedad serenense y los primeros éxitos que alcanzó en sus labores.


Los años de profesor en La Serena  y sus viajes por el norte

Consagró sus primeros años en La Serena casi exclusivamente a la docencia. Era, sin duda, una tarea pionera cuando la enseñanza en general y la de las ciencias en particular, eran en Chile incipientes. Sin embargo, la acogida que le brindó la sociedad serenense fue otro imán que lo atrajo a la ciudad.

Con los materiales que trajo para la creación de la nueva clase de mineralogía se dispuso a enseñar a sus nuevos alumnos. La tarea más difícil, comentó después, fue aprender en tres meses el castellano “en grado suficiente para enseñar en esta lengua y ser comprendido”; pero, el deseo de iniciar cuanto antes sus clases fue el estímulo para adelantar el manejo del idioma.

Poco antes del 18 de septiembre de 1838, casi tres meses después de su llegada, quince alumnos se inscribieron en su curso.

Trató de enseñar de la manera más sencilla, apoyándose en experimentos que llamaran la atención de los alumnos, cuyos detalles explicaba después, una vez que aquellos habían entendido bien de qué se trataba. Las clases eran diarias y se prolongaban hasta dos o tres horas. Pronto los resultados estuvieron a la vista. A mediados de enero de 1839, en una exhibición pública, los mejores alumnos explicaron a sus padres la estructura y funcionamiento del barómetro, del termómetro y de otros instrumentos, al tiempo que mostraron como se construía una bomba, el poder del vapor y practicaron algunos ejercicios con la máquina electrónica. El público quedó complacido, aunque objetó que no se mencionara para nada la mineralogía, a pesar de lo cual “no resultó difícil tranquilizar a los más impacientes con la promesa de que esos mismos alumnos la estudiarían al año siguiente”.
 
Concluidos los exámenes, practicó su primera excursión a los minerales de la zona. Esto le permitió adquirir los conocimientos iniciales acerca del estado en que se encontraba la industria minera en Chile y la calidad de sus minerales. Todo aquello lo aprovecharía en el curso de Química que inició en marzo de 1839. Él mismo confesó que sus alumnos, hijos casi todos de dueños de minas o de hornos para fundir cobre, habrían deseado un curso de Mineralogía; sin embargo consideró que era necesario partir primero por la Química. Ese año, dijo Domeyko, los meses pasaron sin sentirlo, habituado al permanente contacto con sus alumnos, a quienes les tomó un sincero afecto. Por lo demás, los resultados fueron muy favorables. En los exámenes de enero de 1840 pudo mostrar al público cuánto habían avanzado en materias propias de la Mineralogía, habiendo partido de la Química. Particular atención causaron los conocimientos mostrados sobre los ensayes, materia muy poco conocida en Chile.

Terminadas sus labores de profesor, lo que quedaba del verano de aquel año se dirigió a Huasco y Copiapó, donde visitó minas de cobre y plata, sobre todo los grandes yacimientos de Chañarcillo. Se internó también por la cordillera, hasta llegar a los tres mil metros de altura. El conocimiento práctico que empezaba a lograr de la minería de Chile fue esencial para orientar sus clases, pues trajo gran cantidad de muestras geológicas y minerales que pudo exhibir a sus alumnos. El relato de este viaje constituye, además, una pieza de incalculable valor para comprender las condiciones de vida imperantes en esa época. A diversos cuadros costumbristas se suman datos sobre la población, la situación política y noticias de diversa índole.

Esos mismos viajes fueron aprovechados por Domeyko para redactar informes técnicos que envió a Francia y que fueron publicados en los Anales de Minas de París, en 1841. Su incansable labor encontró pronto el reconocimiento de las autoridades locales que elogiaron su quehacer en La Serena.

Era por entonces ministro Justicia, Culto e Instrucción Pública Manuel Montt, a quien Ignacio Domeyko dirigió una interesante memoria que contenía información acerca de las tareas que cumplía en el liceo de La Serena y “sobre el modo más conveniente de reformar la instrucción pública en Chile”, que se publicó en el Semanario de Santiago en los números 26, 27 y 29 de diciembre de 1842 y 5 de enero de 1843. Antonio Varas, recién designado rector del Instituto Nacional, comentó elogiosamente este trabajo, a pesar de señalar que no estaba de acuerdo en todo con el sabio polaco. La educación, decía éste, debía perfeccionar intelectual y moralmente a los jóvenes, abandonando las conveniencias y modas pasajeras.

Esta memoria fue el punto de partida de cambios muy importantes en la vida de Ignacio Domeyko. Interesado el ministro Montt en sus opiniones sobre la educación, dirigió una nota al intendente de Coquimbo, en enero de 1843, requiriendo en Santiago la presencia de su autor para hacerse cargo de dictar algunos ramos de la enseñanza pública. Al mismo tiempo, Manuel Montt ordenó en febrero de ese mismo año publicar cuatro textos que Ignacio Domeyko había preparado para los cursos que dictaba en La Serena. 

Terminadas las conversaciones con el Ministro, aprovechó el resto de sus vacaciones para una nueva excursión a los minerales de Copiapó, esta vez por orden del propio Manuel Montt y con su apoyo económico. De este viaje quedó una memoria que se publicó en los números 672 y 673 de El Araucano, aparecidos en julio de 1843. Mientras tanto, seguía redactando informes científicos y recomendaciones que se referían a las medidas que se debían adoptar para impulsar la minería en Chile que tuvieron, como sus trabajos anteriores, inmediata acogida en revistas francesas y en El Araucano que se publicaba en Santiago.

En 1844 volvió a visitar los minerales de Copiapó. Viajó también por Andacollo, el valle del Limarí, Illapel, Petorca y las cercanías de Santiago. De todas esas expediciones dejó huellas que hoy ilustran el estado del país en los albores de la república. Como también de los usos y costumbres de mineros, campesinos y pobladores en general. En este sentido, su labor fue mucho más lejos que la del profesor que enseñaba en La Serena. Convertido en un verdadero cronista, sus textos son fundamentales para estudiar la historia de aquella época. Pero, como dijimos, la entrevista con el ministro Montt cambiaría su vida.

Conocedor de sus méritos, Manuel Montt quiso recompensar sus aportes a la ciencia y a la educación nombrándolo miembro fundador de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la recién creada Universidad de Chile y, poco después, secretario de la misma Facultad. Poco a poco Domeyko empezó a alejarse de La Serena para continuar su brillante carrera en Santiago. Antes de partir, realizó un viaje al sur de Chile y que dio origen a los tres textos que se publican en esta edición.


El viaje al país de los indios

¿Qué llevó a Ignacio Domeyko a viajar a la Araucanía en diciembre de 1844, cuando parecía que su principal ocupación estaba en la minería del norte? Desde luego esta claro que su vitalidad le impedía estar en algún sitio sin moverse a otro.

Sin embargo, no fue sólo el afán de recorrer nuevas tierras lo que lo impulsó a viajar al país de los araucanos. Desde que llegó a Chile escuchó hablar de aquella raza indómita que había derrotado al español y defendido con tanta fiereza su independencia. Era un pueblo salvaje, cuyo amor a la patria lo destacaban entre muchas naciones.

Con ese pensamiento animó a uno de sus alumnos, Miguel Munizaga, para que lo acompañara en ese viaje, que se inició, como dijimos antes, en la víspera de la Navidad de 1844. La partida fue desde La Serena, el atardecer del 23 de diciembre; continuó en Coquimbo, al día siguiente, en una nave que los llevó al puerto de Valparaíso y desde allí a Talcahuano, donde arribaron el 30 de diciembre. En Valparaíso, encontró cartas del Presidente de la República y sus ministros que lo recomendaban a las autoridades del sur y conoció personalmente al ex presidente Prieto. Compró, por último, un ejemplar de La Araucana, que se convirtió en su libro de cabecera durante toda la expedición, lectura que inspiró diversos pasajes del relato que escribió sobre ese viaje.
 
Desde Talcahuano los viajeros se dirigieron a Concepción, donde pernoctaron varios días. Recién el 8 de enero, escribe Ignacio Domeyko, “habiendo comprado caballos y todo lo necesario para el viaje, partí a eso de las nueve de la mañana a la región de los araucanos salvajes, animado por la curiosidad y el deseo de verlos en su propia patria”.

El 9 de enero hizo una excursión geológica a la mina de carbón de Lota, para dirigirse desde allí al valle de Carampangue y detenerse al empezar la tarde a orillas del río Laraquete. En el resto de la tarde avanzaron hasta el río Carampangue y el pueblo de Arauco, a donde llegaron cuando ya caía la noche. En una taberna de Arauco esperaba observar a los araucanos más primitivos que inspiraron su viaje; sin embargo, en vez de un mapuche más le atrajo un francés, antiguo oficial de Napoleón, al que confundió con un indígena. En los dos días que permaneció en Arauco tuvo también noticias de Ambrosio Lozier, a quien los lugareños tachaban de loco y ambicioso y cuya única meta era adueñarse de cuanta propiedad estaba a su alcance.

El siguiente paso fue dirigirse a Tucapel, “donde ya comenzaban las tribus totalmente libres e independientes del gobierno de la república”. En ese tramo pudo ver por primera vez a “los primeros salvajes con quienes tropezaba en su propio país”. Se trataba de una mujer y un indio viejo a quienes describió en detalle, tanto en su indumentaria como en su aspecto físico. Finalmente, pernoctó en Quiapo, alojando en casa de un cristiano, pariente del intérprete que lo acompañaba. Al día siguiente, a las 4 de la tarde, llegaron a Tucapel. Allí tuvo la oportunidad de conocer al célebre comisario José Antonio Zúñiga, famoso por su valentía y arrojo, cualidades que le valieron el respeto de los mapuches, quienes lo llamaban “corazón de León”. Lo acompañaría desde ese momento en buena parte de su travesía, en momentos en que representaba un papel extraordinariamente importante en la región.

El 12 de enero llegan a Cañete con la intención de seguir avanzando hacia el sur, sabiendo que a la noche siguiente debían pernoctar a la intemperie, en plena selva. Había dos rutas: una iba por la cordillera de Nahuelbuta y la otra, por la costa. Esta última fue la escogida por Domeyko. Pasaron así por Tirúa, cruzaron con gran esfuerzo las selvas de esa parte del camino, divisaron el lugar donde se levantó la antigua Imperial, cruzaron el Cautín, luego el Budi y el Toltén, Queule y el río Cruces, para llegar el 19 de enero a la ciudad de Valdivia.

El 22 de enero continuaron viaje a Osorno, navegando primero por el río Valdivia e internándose luego por la selva valdiviana. Al anochecer del 23 llegaron a La Unión, “un pueblecito fundado ya en la época republicana”. Desde ese lugar se dirigieron a Osorno, para estar de regreso en Valdivia 26 de enero. La intención de Ignacio Domeyko era volver al norte por lo llanos, pero el intendente de Valdivia le recomendó no hacerlo, opinión que compartió el comisario Zúñiga por el temor a los indios de Moquehua, reunidos en número de quinientos, armados de lanzas y que se habían congregado con motivo del entierro de un cacique. De nuevo los viajeros tuvieron que exponerse al sacrificio que significaba cruzar selvas y pantanos. Domeyko relató que en este viaje oyó hablar de Colipi y Painemal, caciques muy célebres en esa época. Colipí era partidario del gobierno, mientras Painemal era enemigo de aquél y del gobierno. En aquella época, relata Domeyko, eran célebres los malones entre ambos caciques. Finalmente, el 10 de febrero, al medio día, regresaba “felizmente a Concepción, al mes de haber salido de esa ciudad”. Sin embargo, infaustas noticias recibiría a su regreso de la Araucanía. Estando en la casa del cónsul francés, cayó en sus manos un ejemplar de El Mercurio de Valparaíso que daba cuenta del incendio de su casa y laboratorio que había instalado para sus alumnos del liceo de La Serena. Lo había perdido todo y, entre otras cosas, sus memorias desde la salida del hogar.

Apenas regresado a Concepción, Domeyko empezó a urdir un nuevo viaje, esta vez a la cordillera para ver el volcán Antuco. La ciudad le parecía aburrida y sin nada que lo detuviera. Sólo el cansancio de los caballos y la necesidad de cambiarlos lo mantuvo allí hasta el 22 de febrero. Al mediodía de ese día iniciaba su excursión, por la ruta de Gualqui. El 23 cruzó el valle de Millahue, para llegar al atardecer al pueblito de Yumbel, capital del departamento de Rere. El 24 retomó el camino, por la extensa llanura que se extiende al este, matizada por el salto del Laja que lo conmovió profundamente. El 25 llegó a la hacienda de las Canteras, de propiedad del presidente Bulnes, quien la había obtenido por compra hecha a don Bernardo O’Higgins. Al día siguiente, con caballos y mulares nuevos, conseguidos en las Canteras, continuó hacia el pueblito de Antuco. Domeyko empezaba a internarse en territorio pehuenche, indígenas que se diferenciaban del carácter y modo de vida de los araucanos. Aunque hablaban el mismo idioma, dice el científico, los odiaban profundamente. Finalmente, el 2 de marzo inició el ascenso al volcán.

El ascenso no fue fácil. A los bramidos del volcán se unieron los fuertes vientos y el desconocimiento del guía que los acompañaba de la ruta a seguir. Al medio día decidieron detenerse en un lugar desde el cual no se podía dar un paso más arriba. Luego de algunas horas, iniciaron el retorno que duró dos días hasta llegar a las Canteras. Allí tuvo la oportunidad de presenciar una trilla e impresionarse por la situación de los trabajadores del campo chileno. A su juicio, sus viviendas eran peores que las de los indígenas que había visto en Imperial.

Desde las Canteras el viaje continuó por Yungay y Chillán, ciudad a la que llegaron el 7 de marzo. Para su sorpresa encontró allí al mariscal Santa Cruz, prisionero de guerra, y a su custodio, el coronel Viel, ex oficial de Napoleón, avecindado en Chile. Ambos, según relata Domeyko, se odiaban en silencio. A los dos les tocó una triste suerte. Al primero ser vigilado en todos sus movimientos; al segundo, soportar las permanentes referencias que hacía Santa Cruz a Napoleón, “lo que hacía hervir la sangre al francés, caballero de la Cruz de la Legión de Honor, recibida de manos de Napoleón en la batalla del Borodino”.

Durante tres días fue huésped de Viel y, por extensión, de Santa Cruz, con quienes compartió largos momentos, cargados algunos de evidente tensión por la antipatía que existía entre ellos. El 12 de marzo iniciaron camino al norte en dirección a Santiago. A diez millas de Talca sufrieron el robo de algunos caballos, percance que le recordó la advertencia de los araucanos cuando mostró cierta desconfianza a orillas del Cautín: “No temas, aquí no os faltará nada, pero cuando paséis la frontera, una vez entre españoles, los vuestros os robarán”, le dijeron los indígenas.

Una semana más tarde los viajeros llegaron a Santiago, desde donde siguieron a Valparaíso para tomar un vapor a Coquimbo. Ignacio Domeyko escribió, “el 8 de abril regresé felizmente por mar a Coquimbo –gracias a Dios–”.


La vida continúa

Sus trabajos sobre la Araucanía fueron apenas un episodio en la intensa vida del sabio polaco. Como ya se sabe, su viaje a la Araucanía se produjo durante los primeros meses del año 1845, cuando todavía era profesor del liceo de La Serena. En los años siguientes nuevas responsabilidades caerían sobre sus hombros y lo esperaban nuevos viajes por el país que registró en diversos apuntes.

Según él mismo cuenta, una vez concluido el contrato que había firmado con el gobierno y que lo retenían en La Serena, se dirigió a Valparaíso, en noviembre de 1846, con el propósito de embarcarse de regreso a Europa. En la espera del barco estaba cuando decidió viajar a Santiago a despedirse de su amigo, el general Aldunate, quien lo convenció, junto a otras autoridades de gobierno, que postergara la partida. La intención de retardar su salida obedecía al interés del ministro Manuel Montt, de realizar en el Consejo de la Universidad una serie de reformas sobre las cuales había escrito Domeyko. Como “nada me urgía”, dice, y como las noticias que llegaban de Polonia eran muy tristes, decidió seguir en Chile por un tiempo. Ese tiempo se prolongó por varias décadas.

Cuando se instaló en Santiago, la ciudad tenía apenas unos ochenta mil habitantes y era muy distinta a La Serena que había dejado atrás. El conocimiento que se tenía de sus trabajos y el prestigio que ya se había ganado por su dedicación al estudio, le permitieron abrirse rápidamente un espacio en la capital. Pronto sus actividades se multiplicaron notoriamente. Junto con realizar algunos estudios científicos encargados por el gobierno, dictó clases en el Instituto Nacional, participó como miembro en la Facultad de Física y Matemáticas y se integró al Consejo Universitario de la Universidad de Chile. En virtud de los méritos y servicios prestados al país, en diciembre de 1848 le fue concedida la nacionalidad por gracia, luego de una propuesta que hiciera al Congreso Nacional el presidente Manuel Bulnes, el 23 de octubre de 1848.

Dos años más tarde, en plena madurez de la vida, contrajo matrimonio con doña Enriqueta Sotomayor y Guzmán, de cuya unión nacieron cuatro hijos. Mientras tanto, mantenía una intensa actividad tanto en el campo de la enseñanza como en el de las exploraciones científicas que derivaron en una serie de memorias que se publicaron en Chile y el extranjero.

A medida que avanzaban el tiempo, su prestigio crecía sin contrapeso. Sol Serrano ha señalado que su contratación en la Universidad de Chile fue la más importante de entonces. Verdadero articulador entre la investigación científica, el mundo productivo y el sistema educacional, su personalidad correspondía exactamente a los objetivos del gobierno en su política de contratación de extranjeros. A los pocos años su intensa labor en la Universidad le valió el reconocimiento de sus propios colegas y de las autoridades de gobierno, las que permanentemente recurrían a él para diferentes tipos de consultas. Por eso no fue una sorpresa que en 1867, cuando se produjo la vacancia de la rectoría de la Universidad, por muerte de su segundo rector, don Manuel Antonio Tocornal Grez, el claustro pleno lo ubicara, por amplia mayoría, en el primer lugar de la terna propuesta al Presidente de la República. El gobierno se apresuró en designarlo, en retribución y gratitud al sabio cuyo prestigio se había extendido ya a Europa. Se convertía así en el tercer rector de la Universidad, como colofón de la larga carrera que inició en 1838 en el liceo de La Serena.

En ese cargo se mantuvo hasta 1883, luego de un último nombramiento ocurrido en 1882, después de una tumultuosa elección en la cual se enfrentaron los sectores más liberales de la Universidad con los más conservadores, representados por Domeyko. Aquella designación contrariaba sus deseos de abandonar las funciones públicas cuando se empinaba ya por los 80 años. Sin embargo, su vigor parecía no ceder. En el verano de 1883 realizó su último viaje por Chile. Fue

“hasta los confines de la Araucanía, pero ya no a caballo como en el año 1845, sino por los caminos de hierro, por el magnífico puente sobre el Biobío y con mis dos hijos ya adultos. Cual no fue mi asombro cuando, en esos terrenos que hace cuarenta años estaban incultos, por donde el hombre salvaje corría en pos de otro salvaje y estaba al acecho de otro menos salvaje, ví hoy grandes mieses de trigo, viñedos, ferrocarriles, estaciones sólidamente construidas y junto a éstas sacos de trigo, cajas de mercaderías con rótulos en inglés, hilos de telégrafos y nuevas poblaciones” (Domeyko, Mis viajes, 1977, p.845).

En 1883 se dedicó a la inscripción de los alumnos que llegaban a la Universidad y a dictar sus últimas clases. Ese mismo año renunció a la rectoría y el 21 de mayo del año siguiente inició un viaje a Europa que lo llevaría a recorrer las calles de París y las ciudades donde vivió en su querida Polonia. En el viejo continente fue colmado de homenajes y cálidas recepciones.

De regreso a Chile, Ignacio Domeyko sobrevivió algunos años más. Finalmente, el infatigable caminante falleció en Santiago el 23 de enero de 1889, a la una de la tarde. Con su muerte se apagó una vida que contribuyó de manera tan notable a la consolidación de la república.

 
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