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Philippi Krumwied, Rodulfo Amando (1808-1904)
Rodulfo Amando Philippi nació en Charlottenbourg, Alemania, el 14 de septiembre de 1808. De padres separados y de escasos recursos monetarios tuvo, por otra parte, la fortuna de acceder a una educación de avanzada; estudió en la academia de Pestalozzi, en Iverdon, Suiza. Luego, entre 1822 y 1830, continuó su enseñanza secundaria y universitaria en Berlín: “se inscribió para estudiar medicina en la famosa Universidad de Berlín, que en aquellos días era dirigida por Hegel”. Allí asistió a clases con destacados investigadores como Humboldt y el mismo Hegel. Egresó en 1830, obteniendo el título de Doctor en Cirugía y Medicina.

Junto con la educación formal, Philippi tomó clases de dibujo en la Academia de Berlín y se abocó al estudio del latín, inglés, francés e italiano. Tras algunos viajes de exploración realizados, primero, a las montañas del Jura cuando era niño y, más tarde, en la década de 1830, a Italia, descubrió que quería dedicar su vida al estudio de la naturaleza. No obstante, la realización de este deseo era un imposible ya que no sólo jugaban contra él factores políticos, como el ambiente revolucionario que venía sacudiendo a Europa desde las últimas décadas del siglo XVIII, sino también, la falta de interés por parte de los estados alemanes para patrocinar investigaciones de gran envergadura. A lo anterior se sumaba la carencia de mecenas que quisieran tomar como protegidos a naturalistas y, por otra parte, la escasa fortuna personal que poseía Philippi.

El estudio de las ciencias naturales

“El estudio de la naturaleza, la contemplación de sus varios productos, será siempre una fuente inagotable de los goces más puros, que nunca dejan remordimientos, y no despiertan jamás pasiones mezquinas”… “Nada más sublime, nada más religioso que el estudio de la naturaleza. Por la obra se conoce el maestro, y en las maravillas del mundo se ha revelado su Creador”.
Carta s/fecha. En Liga Chileno-Alemana.
 


En 1836, se casó con Federica Luisa Karolina Krummwiede con quien tuvo diez hijos de los cuales sólo le sobrevivieron dos: Federico y María Luisa. Con su mujer se instaló en Hesse-Cassel, pequeño estado alemán en donde se mantenía gracias a su trabajo como profesor en la Escuela Politécnica, al mismo tiempo que impartía clases particulares de botánica, realizaba trabajos con el microscopio y publicaba en las principales revistas científicas alemanas; de hecho, antes de emprender su viaje a Chile, Philippi publicó cincuenta y nueve títulos, ya fuese como artículos de revistas o bien textos completos. Junto con su trabajo académico y sin una mayor planificación previa, Rodulfo fue involucrándose cada vez más en política; de tendencia liberal, el naturalista creyó que tras la revolución de 1848, efectivamente el liberalismo había ganado terreno frente a los regímenes autoritarios que aún persistían en Alemania. Sin embargo, la realidad fue otra y Philippi se vio en medio de la creciente tensión que generaban las manifestaciones autoritarias del príncipe Federico Guillermo y las aspiraciones de los liberales.

Cuando la situación política se hizo insostenible, Philippi, que gracias a su hermano Bernardo, agente del gobierno chileno para promover la colonización europea en el sur del país, ya tenía algunas noticias de esta lejana nación, emprendió el viaje a Chile.

Se embarcó en el bergantín Bonito, el 20 de julio de 1851 y tras ciento treinta y cinco días de navegación, en los cuales aprovechó de perfeccionar su castellano, arribó el 4 de diciembre del mismo año, a las costas de Valparaíso. Luego de pasar unos días en la capital, inició la marcha hacia la provincia de Valdivia en donde su hermano Bernardo tenía una propiedad en San Juan, cerca de La Unión, y donde él pretendía establecerse y tener suerte para así poder traer consigo a su familia que se había quedado en Alemania esperando noticias de un futuro mejor.

Bernardo Philippi Krumwied (1811-1852)

Hermano menor del naturalista. Fue comisionado por el gobierno chileno para promover la inmigración de colonos alemanes a la provincia de Valdivia. Hacia fines de la década de 1840 el país comenzó a recibir los primeros colonos alemanes.

En 1852, fue nombrado gobernador de la provincia de Magallanes. En octubre de ese año emprendió una expedición en los alrededores de Punta Arenas, a zona habitada por indígenas, de la cual nunca regresó. 

 


Al poco tiempo de haberse instalado en San Juan, fue nombrado rector del liceo de Valdivia; en dicho puesto se mantuvo hasta que en agosto de 1853 recibió las primeras noticias sobre el ofrecimiento del cargo de Director del Museo Nacional de Historia Natural. En cuanto le fue posible se trasladó a Santiago y comenzó su paulatina inserción en la élite académica chilena del siglo XIX.

Ya investido como director del museo, el gobierno le solicitó, por decreto supremo del 10 de noviembre de 1853, que explorara y reconociera el desierto de Atacama, para: “conocer la geología de esta parte del territorio y las diferentes especies minerales que puede contener, cuanto para obtener datos geográficos importantes para el conocimiento de esta porción del país”.

Para llevar a cabo su misión se le asignó una gratificación de cuatro pesos diarios mientras durase la expedición, la que se sumó al sueldo que recibía por su desempeño como director. El naturalista asumió la tarea de buen grado y emprendió el viaje el día 22 del mismo mes.


Razones para explorar el desierto de Atacama

Explorar y reconocer el desierto de Atacama era un anhelo de las autoridades chilenas desde la década de 1830. Entre otras razones por el creciente interés, tanto nacional como extranjero, por las riquezas económicas que esta zona podía reportar y de las cuales sólo se sospechaba su existencia, lo que exigía un reconocimiento a cabalidad que permitiera localizarlas con exactitud. Además, porque al constituir el límite norte de nuestro país era aconsejable precisar sus deslindes para evitar posibles tensiones limítrofes con los vecinos.

Tradicionalmente se entendió que el desierto o despoblado de Atacama era, de Norte a Sur, el área comprendida entre el curso más meridional del río Loa y el río Salado. Teniendo por límite Oeste el océano Pacífico y al Este, la cordillera de los Andes.

Las primeras noticias que se tienen de él corresponden a la fallida expedición, en 1536, de Diego de Almagro quien regresó a Perú a través del desierto de Atacama, constituyéndose de este modo en la primera presencia española en esos parajes. Pocos años después, Pedro de Valdivia siguió, en su viaje desde Cuzco, la ruta de San Pedro de Atacama a Copayapu.

A partir de entonces, las referencias sobre estos territorios son bastante escasas y fragmentarias. La mayor parte de ellas tienen relación tanto con la implementación de servicios administrativos y religiosos, en los puntos más importantes, como con la actividad comercial que allí se produjo, especialmente la relacionada con la explotación de guano y salitre. Ya en 1714, el ingeniero real francés, Amedée Frezier, constataba la presencia de un activo comercio de guano en las costas de Iquique, desde las cuales hace “más de cien años atrás, se cargan diez o doce buques para abonar las tierras […] y además de lo que se lleva por mar, se cargan muchas mulas para las viñas y las tierras de labranza de Tarapacá, Pica y otros lugares vecinos”.

Al comenzar el siglo XIX, el valor de las guaneras era indiscutible y concitaba el interés tanto de particulares como de gobernantes, no sólo nacionales sino, también, bolivianos y peruanos. Estos últimos declararon, en 1842, al guano como un bien nacional y fue precisamente la actividad comercial peruana la que despertó el interés de nuestro país por el norte mal delimitado. El gobierno chileno prospectó primero y luego buscó asegurar los posibles depósitos de guano ubicados entre los 29°35’ y 23°6’ de latitud sur, provocando con ello la reacción de Bolivia, que hasta entonces había sido pasiva respecto de las potenciales riquezas de lo que ella consideraba su provincia de Atacama y había limitado su presencia a la zona comprendida entre Cobija y San Pedro de Atacama, sin extender su precaria soberanía al territorio ubicado al sur del paralelo 23°.

Como una forma de reafirmar los derechos chilenos sobre las guaneras ubicadas entre Coquimbo y el morro de Mejillones, el presidente Manuel Bulnes presentó, en julio de 1842, ante el Congreso Nacional, un proyecto de ley en el que señalaba:

“Reconocida en Europa la utilidad de la sustancia denominada guano, que desde tiempo inmemorial se usa como abono para la labranza de tierras en la costa del Perú, juzgué necesario mandar una comisión exploradora a examinar el litoral comprendido entre Coquimbo y el morro de Mejillones, con el fin de descubrirsi en el territorio de la república existían algunas guaneras cuyo beneficio pudiera proporcionar un ramo nuevo de ingreso a la hacienda pública, y aunque el resultado de la expedición no correspondió plenamente a las esperanzas que se habían concebido, sin embargo, desde los 29° 35’ hasta los 23° 6’ latitud sur, se halló guano en dieciséis puntos de la costa e islas inmediatas, con más o menos abundancia, según la naturaleza de las localidades en que existen estos depósitos”.

El 31 de octubre de 1842, se promulgó la ley que declaró “de propiedad nacional las guaneras que existen en las costas de la provincia de Coquimbo, en el litoral del desierto de Atacama y en las islas e islotes adyacentes”. Asimismo, dispuso el comiso de todo buque nacional o extranjero que sin permiso de las autoridades sacase guano de cualquiera de aquellos puntos.

El salitre, en tanto, también se convirtió en una importante fuente de ingresos. El naturalista Charles Darwin, que estuvo en Iquique en 1835, al conocer las pampas salitreras señaló que éstas estaban “haciendo la fortuna de Iquique. Pues se comenzó a exportar esa sal en 1830, y en un año se envió a Francia y a Inglaterra por valor de 100.000 libras esterlinas”.

Pero no sólo las posibilidades de riqueza encerradas en el norte preocuparon a las autoridades chilenas, también la inestabilidad política que las mal clarificadas limítrofes comenzaron a generar.
 

Desierto de Atacama

El descubrimiento de guano, en la zona del despoblado de Atacama, provocó el interés de los gobiernos de Chile y Perú por conocer mejor esa zona. R. A. Philippi fue el primer naturalista en explorar esa zona.

Detalle del mapa “South América - La Plata and Chile”, 1844.

 

Según el uti possidetis, Chile continuó poseyendo el despoblado de Atacama y ejercía en él esporádicos actos de jurisdicción y dominio. Así lo ratificó, con posterioridad, la Constitución de 1833, al establecer el desierto como la frontera norte del país, aún cuando no entregase detalles de qué se entendía, realmente, por aquel límite.

Sin embargo, al conocer la promulgación de la ley de octubre de 1842, Bolivia reaccionó y en agosto de 1843 el representante de dicho país en Chile, Casimiro Olañeta, solicitó la derogación de la norma reclamando, al mismo tiempo, el litoral de Atacama hasta el río Salado.

Las pretensiones bolivianas causaron sorpresa en Chile. El gobierno reaccionó haciendo ver al peruano que su soberanía efectiva incluía el sector de Paposo, localizado ciento cuarenta kilómetros al norte del citado río Salado y que ello significaba que la alegación respecto de ese hito como límite carecía de fundamentos.

Dos años más tarde, el ministro de Relaciones Exteriores Manuel Montt, nuevamente abordó la situación de límites con Bolivia. Sus palabras reflejaron la buena disposición de Chile para llegar a una salida viable para las partes, sin embargo, luego de una completa exposición de los argumentos bolivianos, y de un análisis exhaustivo de diversos documentos, entre los cuales se destacó la Carta esférica de las costas del reino de Chile comprendidas entre los paralelos de los 38° i 22° de latitud Sur; levantada de órden del rei en el año de 1790 por varios oficiales de su real armada; presentada a S.M. por mano del Exmo. Sr. Don Juan de Lángara, Secretario de Estado i del despacho universal de marina; año de 1799, se concluyó que el reclamo boliviano era infundado.

Manuel Montt señaló que todos los títulos alegados por Bolivia carecían de fundamentos que pudiesen ser respaldados en fuentes oficiales, a diferencia de lo que ocurría con los documentos a los que había recurrido el gobierno chileno, cuya autoridad radicaba en que habían emanado del soberano español y reconfirmados por su delegado en América, es decir, el virrey de Perú y por lo tanto regía plenamente el uti possidetis.

Al comenzar el verano de 1854, fecha en que Philippi realizó su viaje al desierto de Atacama, el conflicto limítrofe entre Chile y Bolivia continuaba presente y generaba tensiones que variaban de intensidad periódicamente entre ambos países, sin embargo, nada hacía prever, en nuestro país, que finalmente el tema se zanjaría a través de las armas en la década de 1870. La evolución del conflicto revela la importancia creciente que se atribuyó al despoblado.

Desde 1850 las relaciones entre Chile y Bolivia oscilaron entre la agresividad verbal de esta última y la forzosa armonía que se derivó del conflicto con España, en 1866. Los sucesivos representantes de Bolivia en Santiago, durante ese largo período, reiteraron sus planteamientos de soberanía, sin embargo, Chile mantuvo su posición de considerarse señor y dueño del territorio hasta el paralelo 23° de latitud sur, dejando en claro que sus títulos le permitían invocar su dominio hasta el paralelo 21°48’, pero que limitaba su pretensión, como una muestra de real interés por encontrar una solución pacífica.

El conflicto larvado quedó en apariencia superado en 1866 con la subscripción del tratado de agosto de ese año, que estableció la frontera en el paralelo 24° y una zona compartida entre los paralelos 23° y 25°. Este acuerdo de límites fue criticado por personeros de ambas naciones. Los bolivianos consideraban que los chilenos habían obtenido este logro gracias al corrupto dictador Melgarejo, en tanto que Ramón Sotomayor Valdés, representante de Chile en La Paz, entre 1867 y 1870, afirmaba que dicho tratado “ha dado margen a una muchedumbre de dificultades y a negociaciones diplomáticas espinosas que hasta hoy no han tocado la solución que sería de desear”.

La situación de relativa normalidad, se prolongó hasta 1874, año en que se firmó un tratado complementario del celebrado en 1866, en virtud del cual se mantuvo el paralelo 24° como límite y se establecieron razonables garantías a los empresarios chilenos presentes en la zona comprendida hasta el paralelo 23°. A cambio de ello, Chile renunciaba a participar en los impuestos sobre las exportaciones de metales originadas en las zonas compartidas. Sin embargo, lo anterior no disipó completamente la tensión entre ambas naciones, al contrario, ésta fue incrementándose con los años hasta que en el verano de 1879, Bolivia hizo efectiva la aplicación de un impuesto a la exportación de salitre. Nuestro país estimó que esto constituía una violación al tratado de 1874, tras lo cual procedió a tomar posesión del territorio comprendido entre el paralelo 23° y 24°, de mar a cordillera. La consecuencia inexorable fue la declaración de guerra por parte de Bolivia a fines de febrero y la incorporación de Perú en el conflicto, a partir de abril del mismo año, por la declaración de guerra que le formulara Chile cuando dicha nación reconoció la existencia del pacto secreto de alianza con Bolivia.

Aún cuando las razones económicas y políticas que hemos analizado en los párrafos anteriores bastan por sí solas para explicar el interés de las autoridades por explorar la zona que comprendía la provincia de Atacama, creada en 1843, éstas no fueron las únicas que tuvieron en cuenta a la hora de patrocinar exploraciones que permitieran entregar informes veraces sobre las distintas regiones del país. Las autoridades de la época consideraban el estudio estudio científico del territorio y la realidad nacional como un factor determinante para la afirmación de la nueva república.
 

Importancia de los naturalistas para la conformación de un nuevo país: entrevista a la historiadora Andrea Larroucau

“En el Chile de la organización republicana, donde todo estaba por hacerse, y en medio de las tribulaciones políticas y la pobreza del erario, hubo gobernantes que tuvieron plena conciencia de la necesidad de conocer cabal y científicamente el territorio y la realidad nacional".

"Entonces ni siquiera existían mapas medianamente aceptables; poco se sabía de la situación exacta de las ciudades y puntos geográficos de importancia; nadie había estudiado sistemáticamente las especies naturales y, menos aún, preocupado de las características geológicas o de precisar adecuadamente las condiciones climáticas de los ambientes en que comenzaba a desenvolverse la república”.

(Rafael Sagredo, De la historia natural a la historia nacional).



 
 

Para cumplir con lo señalado, el gobierno aprovechó el arribo de una serie de científicos y profesionales europeos a los cuales contrató para labores específicas. Philippi no fue el primero, ni tampoco el último, así lo prueba la contratación, en 1830 del naturalista francés Claudio Gay, a quien se le encomendó explorar el territorio y componer una historia física de Chile.

Al poco tiempo, en 1838, llegó el polaco Ignacio Domeyko quien fue contratado como profesor de mineralogía y química en el liceo de Coquimbo; luego, en 1847 fue nombrado profesor del Instituto Nacional de Santiago y, en 1857, de la Universidad de Chile. Domeyko mantuvo una estrecha y duradera amistad con Rodulfo Amando y fue él quien lo introdujo en los círculos políticos y académicos al presentarle, en primer lugar, al presidente Manuel Montt y luego al acompañarlo como miembro de la Universidad de Chile. Es muy probable que también haya sido él quien sugirió su nombre para ocupar el puesto de Director del Museo Nacional de Historia Natural.

También arribó a Chile el geólogo, matemático y astrónomo de profesión, Amado Pissis, de nacionalidad francesa. En 1848 fue contratado por el Estado para realizar el levantamiento de la carta topográfica y geológica del país. Su trabajo se prolongó por dieciséis años y en 1876 fue nombrado director de la Oficina de Estadística de Chile, que había sido creada en 1843.

Los extranjeros que trabajaron al alero de las principales instituciones académicas y administrativas del país fueron numerosos, sin embargo, hemos querido detenernos en los mencionados con anterioridad ya que todos ellos tuvieron la oportunidad de explorar, entre 1830 y 1856, la zona próxima a Copiapó. Sin embargo ninguno se internó en el despoblado.

El gobierno chileno quiso remediar esa situación, encomendando a Philippi, en 1853, la tarea de reconocer el desierto de Atacama. Philippi se convirtió, de esta forma, en el primer naturalista en explorar aquella zona a la que se le temía por su aislamiento e inhospitalidad y que sólo algunos aguerridos hombres, los denominados cateadores, se habían atrevido a cruzar. Ya lo había hecho ver Darwin cuando, en 1835, se internó hacia la alta cordillera de la zona de la laguna del Negro Francisco y observó que el desierto de Atacama constituía una “barrera más infranqueable que el mar más terrible”.


Los pioneros del desierto

Se puede considerar a los cateadores como los primeros exploradores del desierto. Dos de ellos, fueron fundamentales para el trabajo de Philippi: Diego de Almeida y José Antonio Moreno.

Al primero se le llamaba “el loco Almeida” y era un hombre poco común “que tenía fe profunda en las riquezas del desierto”. Había nacido en Copiapó, según algunos autores en 1768, y muy joven llegó a Valparaíso, donde trabajó en el abastecimiento de buques y como proveedor del Ejército Libertador en 1818. Empobrecido por los acontecimientos post independencia, regresó a Copiapó, y entre 1824 y 1826 recorrió el litoral y las montañas de Atacama.

Diego de Almeyda

Fue uno de los primeros exploradores del desierto de Atacama, motivado por el interés de descubrir riquezas mineras. Su primer gran descubrimiento fue el yacimiento de cobre San Bartolo, cerca de San Pedro de Atacama, en la década de 1830.

Fue uno de los colaboradores fundamentales de Philippi, en su expedición al desierto de Atacama. 

 


En esos años de su formación como minero y cateador, atravesó el desierto en dos ocasiones (1831-1832); desde Copiapó hasta San Pedro de Atacama, siempre en procura del hallazgo que lo transformase en un hombre acaudalado. De hecho, durante la década de 1830 llevó a cabo importantes descubrimientos como los yacimientos de la parte septentrional del Salado y las Ánimas. Lamentablemente, la suerte no siempre lo acompañó y murió pobre en Santiago a mediados de los años cincuenta.

José Antonio Moreno (1812-1869) también compartió con Almeida el mérito de descubrir las riquezas de ese territorio prácticamente desconocido hasta entonces. Manco del brazo derecho, llegó a ser un destacado cateador, demostrando que las carencias físicas no limitan a un hombre de voluntad y perseverancia. Moreno exploró la costa, desde Chañaral a Mejillones alcanzando un notable éxito y desde antes de la expedición de Philippi, utilizaba la caleta de Hueso Parado, que fue más tarde el puerto de Taltal, para embarcar los minerales hacia los mercados europeos.


Viaje al desierto de Atacama

Si bien los cateadores estaban en posesión de un conocimiento extremadamente valioso, el gobierno requería de una exploración científica que pudiera entregar informaciones más acabadas. Todo indica que, en ese momento, no había en el país especialistas disponibles para la tarea. Probablemente el mejor candidato hubiese sido Ignacio Domeyko, sin embargo, sus múltiples obligaciones contraídas con la Universidad de Chile, le hubiesen impedido participar y, creemos, habría declinado en favor de Rodulfo Amando Philippi.

Una vez que Philippi aceptó el encargo, acometió la tarea de preparar el viaje con entusiasmo. Para ello contaba, tal como él mismo lo reconoció en Viaje al desierto de Atacama, con escasos recursos no sólo monetarios sino también técnicos y humanos. En primer lugar procedió a recabar cuanta información pudiese sobre la zona en cuestión, luego, se abocó a la tarea de conseguir el personal y los instrumentos necesarios. En el relato del naturalista queda de manifiesto la pobreza del país debido a las dificultades insuperables que encontró para hacerse con instrumentos científicos de la calidad necesaria para cumplir exitosamente algunas de las tareas encomendadas. No obstante, desde el principio Philippi demostró que llevaría adelante el encargo del gobierno con responsabilidad, honradez y razonable eficacia, en un viaje que años más tarde fue calificado por Benjamín Vicuña Mackenna, como un reconocimiento que debía ser “rápido, somero y sobre todo barato”, pero que se convirtió en el estudio más completo sobre el despoblado, como podremos apreciar cuando detallemos los logros de la expedición.

Contrató a un ayudante de buen nivel como era el ingeniero geomensor Guillermo Döll, con quien había explorado la ruta hacia el volcán Osorno y a dos sirvientes chilenos.

Guillermo Döll


El alemán Federico Guillermo Döll, nació en 1823. Llegó a Chile en 1846, instalándose en la provincia de Valdivia, donde se desempeñó como profesor del liceo. Realizó numerosas expediciones en la zona.

Fue uno de los más valiosos colaboradores de Philippi, destacándose su contribución como cartógrafo. En esta misma galería de imágenes es posible ver la carta que dibujó del Puerto de Taltal.
 

Philippi también tuvo el apoyo de la marina chilena, la cual puso a su disposición el bergantín goleta Janequeo, navío que servía al país desde 1837 y que previo al viaje al desierto estaba destinado principalmente al servicio de Juan Fernández y puertos inmediatos a Valparaíso. La oficialidad, al mando del capitán de corbeta Manuel 2° Escala, y la tripulación, trataron a Philippi con gentileza y compartieron los agrados y estrecheces del navío mientras lo transportaban desde Valparaíso a Caldera, y luego en su recorrido desde El Cobre a Mejillones y desde allí a Taltal, punto en el que principió la parte central de su exploración. En el intertanto, el capitán Escala debía aprovechar la oportunidad para hacer un prolijo reconocimiento de la costa, puertos y caletas, levantando planos hidrográficos de los mismos, tarea en la que colaboraron tanto Philippi como Döll, como se desprende de la correspondiente a la Caleta de Taltal o Hueso Parado, que lleva el nombre de Guillermo Döll como dibujante.

Una vez en terreno, Philippi contrató los servicios de Diego de Almeida, quien ya tenía setenta y tres años en 1853, aún cuando algunos de sus biógrafos y amigos han sostenido que tenía noventa, lo que parece poco verosímil. El naturalista describió a Almeida cómo “todavía muy ágil y hábil, sumamente servicial y oficioso” y agregó que entre ellos sólo podían hablar de minas ya que la geografía, flora y fauna del desierto no eran del interés de Almeida, quien aspiraba a encontrar nuevas riquezas y “ya veía una ciudad en su centro más rica que Potosí”. Hoy podría decirse que ese sueño se hizo realidad con la fundación y el desarrollo de Antofagasta, ciudad que ha llegado a tener, a comienzos del siglo XXI, uno de los ingresos per capita, más altos del país.

Recién el 7 de diciembre de 1853, Philippi pudo comenzar su exploración al emprender viaje a Chañaral de las Ánimas, allí recorrió la costa hacia el norte –donde conoció varios establecimientos mineros de las cercanías– hasta El Cobre, en el paralelo 24º15’ de latitud sur, pasando por Pan de Azúcar, Taltal y el Agua del Clérigo, entre otros. De allí siguieron con rumbo al norte, hacia Paposo, con detenciones en Estancia Vieja y Punta Grande. En Paposo, el científico se tomó el tiempo necesario para realizar numerosas anotaciones relativas al forraje, los frutales y los recursos muy insignificantes de agua. El naturalista justificó su actuar afirmando que: “he descrito este cortijo con tanta prolijidad porque se cree generalmente que el Paposo es un pueblecito”.

En una aguada cercana a Paposo, Philippi encontró unos atacameños que se habían acercado a la costa con la intención de comprar pescado, para luego comercializarlo en el norte argentino, sin embargo, poco pudieron conseguir ya que sus supuestos vendedores, los changos, habían optado por dedicarse a las faenas mineras en vez de la pesca. Esta circunstancia le permitió encontrar guías y mulas para su proyectada aunque, hasta ese momento, incierta expedición, evitando, de ese modo tener que esperar durante meses, la eventual aparición de baqueanos y la disponibilidad de las bestias de carga, únicos elementos de transporte terrestre en el lugar y en la época del viaje.

Desde Paposo, partió el 22 de diciembre, recorriendo más de ciento dos kilómetros, a lo largo de la costa, hasta El Cobre, esta vez sin la compañía de Almeida. Pudo conocer en el trayecto el Médano, el Agua de Panul, “tal vez la mejor de toda la costa”, la aguada de Miguel Díaz, Botijas y finalmente, arribaron el “establecimiento del Cobre planteado desde pocos meses”

Allí fue recibido en excelente forma por José Antonio Moreno, con una casa bien puesta, una mesa bien provista y diarios de Valparaíso y de España; asimismo, le proporcionó valiosa información.

Philippi pudo observar de cerca los yacimientos y comprobar la limitación que representaba para la actividad minera la escasez de agua. Cabe destacar que las leyes de los minerales de cobre explotables en esa zona eran altísimas en comparación a las que se aprovechan hoy en día, ya que según el naturalista “no se baja ningún metal que tenga menos del 40% de cobre”. Moreno lo disuadió de seguir por tierra a Mejillones y Philippi aprovechó la Janequeo, que había llegado a hacer el levantamiento de la caleta, para viajar a la Chimba –actual Antofagasta– y luego a Mejillones. Prosiguió solo porque Döll desistió por sufrir mucho del mareo.

En la visita a Mejillones, Philippi subió hasta la cumbre del morro del mismo nombre, desde la cual pudo apreciar el contorno de la península y la costa hacia el norte en dirección a Cobija. Aquí aparece un error manifiesto en la longitud que asigna al arenal que ve hasta la Chimba en el extremo sur donde está el cerro Moreno, ya que señala que el “largo es casi de 70 leguas”; lo cierto es que no pasa de cincuenta y cinco kilómetros, los que vienen a ser diez leguas de 5.540 m. En menor magnitud, estos errores se presentan respecto de algunos de los tramos de los recorridos hacia y desde San Pedro de Atacama.

Philippi regresó a Taltal donde, sistemática y ordenadamente preparó para su traslado a Valparaíso todos los objetos de historia natural recogidos hasta entonces. Luego, “solos en el desierto sin otros recursos que lo que traíamos con nosotros” emprendió la travesía con menos mulas de las requeridas por un error bien intencionado de Almeida quien quiso ahorrarle unos pocos pesos al gobierno, a costa de poner en riesgo el éxito del proyecto. Sin embargo, pudieron remediarlo al intercambiar con “Doña Serafina”, una changa del lugar, una libra de coca, un tanto de harina cruda y tostada, otro tanto de grasa, galletas, charqui, yerba y azúcar, por dos burros, los cuales sumados a las mulas que se contrataron con los atacameños que conocieron en la aguada cerca de Paposo, sirvieron para solucionar este grave problema y seguir viaje. La partida se efectuó el 11 de enero de 1854 y la caravana se dirigió a Cachiyuyal para seguir luego hacia Profetas, Imilac, Tilomonte y San Pedro, en un recorrido que seguía en varias partes el trazado del camino del Inca.

En cada recalada, Philippi anotaba, observaba, medía y triangulaba y determinaba alturas, temperaturas y presiones atmosféricas. Se encontró con changos y atacameños que provenían de El Cobre, de Cachinal y de Peine, lo que demuestra que había un tráfico frecuente de los naturales de la zona y que ellos no tenían problemas de fronteras. Así, uno de ellos era conocedor del camino desde Paposo a Antofagasta47 que pasaba por el cerro del Azufre, cercano al volcán Lastarria, ubicado en la frontera con Bolivia entonces, hoy con Argentina.

Finalmente, luego de pasar por el oasis de Tilopozo en el borde sur poniente del Salar de Atacama, la expedición arribó el 22 de enero a San Pedro de Atacama.

La crónica de Philippi no entrega información sobre los plazos previstos para cumplir su cometido. Considerando realidades tan obvias como eran la total incertidumbre sobre la posibilidad de contar con mulas y baqueanos, elementos indispensables para los viajes, estuvo forzado a tomar las opciones que se le presentaron. Este factor tuvo consecuencias importantes porque lo obligó a desplazarse dentro de los plazos que imponían los baqueanos y la alimentación de las mulas. La situación limitó el tiempo que Philippi y Almeida pudieron destinar a la prospección y detección de yacimientos minerales, tarea que siempre ha requerido de tiempo y de recursos. Además, se debe tener en consideración el hecho objetivo de que Philippi no tenía la formación en disciplinas mineralógicas y geológicas de un Domeyko o de un Pissis, y que sus apreciaciones en estos aspectos inexorablemente iban a ser las de un lego, de un aficionado, respetable, pero no docto en las materias indicadas.

La duración total de la travesía entre Taltal y San Pedro de Atacama y el regreso hasta Tres Puntas, fue de cuarenta y seis días, de los cuales hay que descontar los nueve días de permanencia en San Pedro, lo que deja un saldo neto de treinta y siete días para los recorridos en el desierto.

Estos recorridos tienen gran valor por cuanto los otros periplos de Philippi, por la costa desde Paposo a El Cobre, a caballo, y desde ese punto a Mejillones por mar, comprendieron zonas que ya eran conocidas por los marinos chilenos y por los pioneros de la minería nacional como Almeida, Moreno y Santos Ossa. Lo mismo, y con mayor razón, es válido para el tramo que va de Tres Puntas a Copiapó que, en 1852, era transitado por numerosos mineros en busca de fortuna.

En el viaje hacia San Pedro de Atacama que duró nueve días, Philippi hizo un cuidadoso inventario y descripción de las distancias, las dificultades y características del territorio recorrido en cada tramo, y de los posibles abastecimientos de agua y pasto para las bestias de carga. Hoy esa información carece de valor salvo para quien quisiera replicar el viaje en similares condiciones. Pero en ese momento, representaba un conocimiento muy valioso para aquellos que pretendieran aventurarse en esas nuevas fronteras, claramente hostiles, pero generosas en grado extremo para el minero perseverante, que tuviera conocimientos suficientes algo de suerte y mucha valentía.

En San Pedro, donde llegó el 21 de enero, Philippi aprovechó su estadía para conocer y recabar información relevante sobre itinerarios y aguadas para los viajes entre San Pedro y Cobija, Calama, Potosí y otros lugares. También recogió valiosos datos sobre el idioma atacameño y sobre las culturas de los pobladores originales de la zona.

El naturalista conoció a las autoridades bolivianas, tanto al gobernador como al prefecto de la provincia, este último accidentalmente de paso en San Pedro, ya que Bolivia enfrentaba una agresión peruana y Cobija había sido tomado por fuerzas militares de ese país. También tuvo contacto con los habitantes del lugar y pudo conocer mineros provenientes de Argentina y de Perú que buscaban minas de cobre en las cercanías de San Bartolo. Observó con agudeza que, si hubiera gran abundancia de minerales aprovechables en la zona, la carencia de recursos hídricos sí como de pastos, alimentos y leña, encarecería el costo de producción y dejaría una escasa utilidad a los mineros.

En una de sus excursiones por los alrededores encontró, cerca del pueblecito de Machuca, una serie de petroglifos que en su mayoría representaban guanacos. Al ver las perfiladuras en la piedra, asoció las figuras con una antigua tradición incaica según la cual periódicamente se acorralaba a todos los animales de una determinada zona para luego proceder a eliminar a los dañinos y peligrosos; en tanto que de aquellos útiles como alimento, se mataba sólo un número acotado de machos, conservando los necesarios para preservar las especies. Entre estos últimos se incluían los guanacos y las vicuñas que eran temporalmente capturados para ser esquilados y luego dejados en libertad. Este sistema “racional” fue abandonado por los españoles quienes estilaban cazar indiscriminadamente. Si bien Philippi no emitió juicio de valor alguno sobre lo señalado, resulta interesante comprobar que, en la actualidad, la segunda población más importante de guanacos en Chile, es decir, aquella que se encuentra en los parques nacionales de la región de Atacama, está en peligro de extinción, en parte, por la caza ilegal y también por la presencia de perros asilvestrados que circulan sin control.
 

Naturalistas y el dibujo científico
El dibujo naturalista, nacido en el siglo XVI, era un procedimiento constitutivo de la ambición de describir el mundo real de la forma más exacta posible. Los naturalistas y viajeros que recorrieron el territorio chileno retrataron las costumbres y territorio nacional en diversas ilustraciones realizadas a base de acuarela y litografía.
En esta galería vemos un conjunto de imágenes procedentes del Archivo R.A Philippi, de la Dirección Museológica Universidad Austral de Chile.
 


El viaje de regreso, desde San Pedro de Atacama a Tres Puntas, iniciado el 31 de enero, fue mucho más largo tanto en kilómetros como en días de duración. La ruta escogida siguió en su mayor parte el trazado del camino del Inca, usado por Almagro en su regreso a Perú y por Pedro de Valdivia en su recorrido desde Atacama a Copiapó.

Esta vía corre cercana a la cadena principal de los Andes y ofrece recursos limitados de forraje y agua. Philippi pudo aproximarse al gran monte Llullaillaco y vio de cerca la actividad del volcán Láscar. Durante todo el recorrido pudo comprobar que la caza de guanacos era una actividad permanente de los habitantes de Peine y Toconao, junto con aprovechar como alimento el resultado de las cacerías de sus sirvientes, recogió interesantes datos sobre los precios de la carne y los cueros de vicuñas y guanacos. Su descripción de la cordillera principal y de las cadenas secundarias pertenecientes a la cordillera que actualmente conocemos como Domeyko, es bastante ajustada a la realidad. Sus pasos lo llevaron por las cercanías de la actual localización del mineral de El Salvador, para llegar a la calificada por él como la “lindísima finca de Chañaral”. Se trataba de un lugar con agua suficiente para producir alfalfa y algunas frutas, de propiedad de la familia Waddington, de gran influencia comercial y financiera en Valparaíso.

Luego de descansar allí se trasladó a Tres Puntas, importante centro minero y en donde, siguiendo su costumbre, recabó cuanta información pudo, incluyendo una lista de precios de diversos bienes y servicios. El recorrido total hasta este punto superó largamente los quinientos kilómetros y a los expedicionarios les tomó veinticinco días.

Desde allí viajaron a Copiapó y a los pocos días partieron a Santiago utilizando todos los medios disponibles en aquel entonces, es decir, el ferrocarril hasta Caldera, el vapor Lima hasta Valparaíso y el birlocho entre el puerto y la capital, para culminar a mediados de marzo de 1854, este admirable esfuerzo desarrollado en un total de ciento trece días.

Si se analizan detenidamente las distancias mencionadas por Philippi, llama la atención comprobar que en numerosos tramos, la cantidad de leguas indicadas por el naturalista difiere de la información que poseemos actualmente. Probablemente, esto se explique por la accidentada topografía del territorio y la inexistencia de rutas directas. Hoy este hecho no reviste mayor gravedad, sin embargo, para quienes recorrieron la zona durante el siglo XIX, lo más importante no era seguir la ruta más directa, sino más bien, aquélla que permitiera abastecerse de agua dentro de los tiempos y distancias suficientes para no perecer de sed.


Su vida y obra tras la publicación del Viaje al desierto de Atacama

La aventura por el desierto de Atacama fue la más importante de las treinta y cuatro expediciones que emprendió entre 1852 y 1896. En cada una de ellas recolectó material suficiente para complementar las colecciones del Museo Nacional de Historia Natural y al mismo tiempo para hacer sus estudios destinados a publicaciones científicas. Se puede afirmar que tanto la producción intelectual como el trabajo de laboratorio llevado a cabo por Philippi, con las muestras y los conocimientos adquiridos en el desierto, fueron el punto de partida de su prolífica producción intelectual en los cincuenta y tres años que vivió en nuestro país. Ésta ascendió a casi cuatrocientos títulos publicados en alemán, castellano, latín e inglés, entre otros idiomas; y sobre materias tan diversas como zoología, botánica, mineralogía, paleontología, geografía, geología, meteorología y etnografía. Sus textos se editaron a ambos lados del Atlántico; sin embargo, en Europa, Alemania fue una de sus tribunas principales a través de las revistas Gartenflora, Petermann Geographische Mittheilungen y la revista de antropología Verhandlungen der Berliner Anthropologischen Gesellschaft por nombrar sólo las más frecuentes. En Chile, en tanto, sus contribuciones más importantes fueron realizadas en los Anales de la Universidad de Chile, la Revista de la Sociedad Arqueológica de Santiago y la Revista de Chile.

Philippi produjo también una serie de libros posteriores al Viaje al desierto de Atacaca, entre los cuales cabe destacar Elementos de Historia Natural; manual que a través de su lenguaje sencillo y directo, representó una primera aproximación al mundo científico para alumnos de enseñanza secundaria. Del mismo modo, para los estudiantes universitarios de la facultad de Medicina y Farmacia elaboró, en 1869, Elementos de Botánica, también el primer texto de este tipo en el país. Cabe destacar el trabajo titulado Los fósiles terciarios de Chile, ya que además de su calidad fue el último libro escrito por un nonagenario Philippi, en 1899.

La mayor parte de su obra la realizó al alero del Museo Nacional de Historia Natural del cual fue su director hasta el 15 de abril de 1897. Durante casi cuarenta años la vida del sabio alemán y la de la principal institución patrimonial dedicada a la historia natural chilena, transcurrieron en paralelo. Él limpió, ordenó y dio vida real al museo al incrementar de manera importante sus colecciones y al crear la biblioteca Abate Molina, primer acervo bibliográfico de la institución.

El museo, por su parte, se convirtió en la plataforma adecuada para que el científico pudiera desarrollar todas sus potencialidades como naturalista. Desde su gabinete, pluma en mano, salió a recorrer Chile y el mundo entero a través de sus escritos gestados en medio de las numerosas colecciones, muchas de las cuales representaron nuevos aportes para la ciencia mundial. Al momento de su arribo, el quehacer científico de nuestro país aún representaba un campo de acción caracterizado por la pobreza de sus avances, sin recursos, ni materiales.

Su mayor aporte no radicó en el aumento de las colecciones, sino más bien, en crear una cultura museográfica que, siguiendo la tendencia europea vigente en ese momento, hiciera de la institución una entidad viva en la cual se fuese reflejando la biodiversidad de nuestro país. No siempre lo logró porque tanto el espacio como los recursos no lo permitieron en la medida que él hubiese querido, sin embargo, es factible señalar que fue el naturalista que más contribuyó a dicho objetivo durante todo el siglo XIX.

El espacio fue un problema permanente en las primeras décadas de trabajo. Luego de estar ubicado en dependencias menores de la Universidad de Chile, en 1876 el museo se trasladó al edificio que se había construido en el parque de la Quinta Normal de Santiago con motivo de la Primera Exposición Internacional llevada a cabo a fines de 1875.

Los recursos también se hicieron escasos en más de una ocasión, sin embargo, el incremento de las colecciones fue constante a lo largo de los años, gracias a la capacidad del naturalista para cultivar una amplia red de contactos, tanto nacionales como extranjeros, que le permitieron acrecentar el acervo científico del país, ya fuese gracias al intercambio de libros como de especímenes. Entre las instituciones extranjeras que más colaboraron se puede mencionar al Museo de Historia Natural de Sydney, el Kew Gardens de Londres, el Museo Zoológico de Cambridge dependiente del King’s College, la Real Sociedad de Zoología de Londres y el Jardín Botánico de Berlín, entre otros.

Philippi desarrolló también una vasta red de colaboradores que le aportaron, sobre todo, muestras colectadas en los más remotos puntos de Chile. La mayor parte de ellos hizo sus contribuciones desinteresadamente y entre ellos se puede destacar a los funcionarios de la marina nacional, sus compatriotas alemanes radicados en las colonias de la provincia de Valdivia y sus alumnos tanto del Instituto Nacional, como de la Universidad de Chile. Sin embargo, su mayor colaborador fue su hijo Federico Philippi, éste, que había nacido en 1838, fue su sucesor en la dirección del museo, cargo que ocupó desde 1899 hasta 1910, año en que murió.

Los numerosos escritos sobre la vida de este naturalista han reconocido su trabajo, la pasión de una vida a la que se dedicó con responsabilidad e inteligencia. A la ciencia se abocó hasta que ya no pudo más, apoyado durante sus últimos seis años por su ayudante Bernardo Gotschlich, hasta su final continúo contestando misivas y haciendo encargos de especímenes.

La observación de la naturaleza, su descripción y clasificación fueron, también, el gran consuelo del científico en aquellos momentos en que debió afrontar la muerte de sus seres queridos. Su trabajo se convirtió en el refugio que le permitió sobrellevar la muerte de su mujer en marzo de 1867, la de su hija Matilde en 1863 y la de su hijo Karl en 1870.

Philippi formó parte del selecto grupo de académicos y científicos que contribuyeron, durante el siglo XIX, a dar forma a la nación a través del conocimiento del medio físico. A través de la observación, recopilación, disección y el dibujo; del acopio sistemático de especies de todos los órdenes del mundo natural, rechazando la creciente tendencia a la especialización, del establecimiento de redes tanto nacionales como internacionales, de la constante publicación y lectura de las obras de avanzada es que Philippi logró hacerse una imagen bastante completa del mundo natural y sobre todo de Chile

Philippi constituyó un esfuerzo particular en una empresa colectiva: la de dar cuenta del territorio nacional para así poder ejercer efectiva soberanía sobre él. Como engranaje de dicho esfuerzo se hizo parte de las principales instituciones del país y procuró a través de sus publicaciones, colecciones, correspondencia y enseñanzas demostrar cómo hacer ciencia en una sociedad recién organizada y con múltiples limitaciones.


Muerte

Philippi desarrolló una larga vida profesional en el país. Sus últimos años de vida los dedicó al traslado del Museo Nacional, de su antigua ubicación, a la Quinta Normal. También a la formación del jardín botánico.

La noche del 24 de julio de 1904, Rodulfo Amando Philippi expiraba; atrás quedaban noventa y seis años de vida, su hijo Federico, varios nietos pequeños, su joven ayudante Bernardo Gotschlich, unos pocos amigos que habían sobrevivido al paso del tiempo al igual que él, y cientos de seguidores; muchos de ellos antiguos alumnos, que al comenzar el nuevo siglo integraban el selecto grupo de científicos chilenos que habían aprendido el rigor de las ciencias gracias al nonagenario alemán que, cincuenta y tres años antes, había llegado a Chile.


Rodulfo Amando Philippi en la actualidad

Reeditar el Viaje al desierto de Atacama a casi ciento cincuenta años de su publicación constituye una gran oportunidad para entender la manera en que se fue formando la nación chilena durante el siglo XIX. Tanto la expedición como la obra representan una valiosa fuente de información para los estudiosos; como obra de historia natural en sí, pero también por los datos que entrega respecto de los habitantes de la zona, sus costumbres y en general la forma en que enfrentaban la vida en aquellos peculiares lugares. Ella nos permite acercarnos a este espacio que a pesar de sus grandes riquezas ha estado muy lejos de interés de los historiadores. Han tenido que ser especialistas de otros campos los que han aportado la información esencial y las claves interpretativas.

Uno de ellos, el primero a decir verdad, fue Rodulfo Amando Philippi quien fue capaz de internarse en una región considerada por muchos como la más inhóspita del país, aquélla donde sólo los aguerridos se atrevían a vivir y de la cuál se creía que poco y nada se podía obtener para hacer viable la existencia humana. Esta zona fue la que le permitió demostrar su capacidad de trabajo al mismo tiempo que develar los recursos naturales del desierto. Riquezas que, como ha quedado demostrado en las páginas anteriores, han sido cuantiosas a lo largo de la historia y hoy en día constituyen los principales recursos exportables de nuestro país.

Hasta la publicación de la obra, la clase dirigente poco o nada sabía del desierto. A partir de esa fecha se sucedieron hechos de gran proyección como fueron el desarrollo minero y salitrero en el interior de Taltal hacia el paralelo 24° y la creciente presencia de empresarios, capitales y trabajadores chilenos en la explotación del salitre en Iquique. Si bien no es posible demostrar una relación de causalidad o de influencia directa entre el libro que nos ocupa y el desarrollo minero de la zona recorrida por Philippi, sí es posible considerarlo como un antecedente parcial de una tendencia expansionista que ya se estaba delineando con claridad en los años sesenta, y que se hizo mucho más evidente en las décadas posteriores.

La obra de Philippi tiene méritos que van más allá de haber dado cuenta de las potenciales riquezas mineras de la zona; su viaje y obra tienen el valor de haber ampliado el “conocimiento sobre el cuerpo físico de América”, al mismo tiempo que haber introducido en la comunidad académica nacional e internacional, la preocupación por esta parte del territorio que desde el siglo XVI y hasta avanzado el XIX “permaneció situado al margen del espacio histórico”.

La manera en que desarrolló su viaje y expuso los conocimientos que obtuvo de él constituyen una fuente de enseñanza para nuestro medio educacional; la vida de Rodulfo Amando y su manera de trabajar, son un ejemplo necesario de recordar y comunicar, no sólo a quienes pretenden hacer ciencia.

La obra de Philippi refleja nítidamente la honestidad, valor, decencia y tesón físico e intelectual que caracterizaron su personalidad. Con medios insignificantes, en comparación con los disponibles en el presente, pudo entregar un aporte de gran valor para el proceso de desarrollo económico y de expansión territorial que tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XIX.

En tiempos en que presenciamos el paulatino avance de la conciencia ambiental, la obra de Philippi y de quienes transitaron por el desierto “permite conocer dónde vivimos, cuánto de lo que nos rodea nos es útil y cuánto tenemos que cuidar”. Invitamos a los lectores a recorrer las páginas de Viaje al desierto de Atacama, con la mirada atenta, dejando de lado las imperfecciones gramaticales de este chileno-alemán que protagonizó la epopeya de cruzar el desierto. Los invitamos a maravillarse con la voluntad, honestidad y responsabilidad con la que Rodolfo Amando Philippi recorrió el despoblado y a encontrar en su relato aquellos elementos que, ad portas de la celebración de nuestro bicentenario, nos ayuden a entender una parte de nuestra evolución nacional.

 
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