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Cuando el roto sepa de libros, nadie lo igualará

“Se me dijo que mi biblioteca carecía de valor, que lo importante era la zarzuela y el sainete reidero; eso le gustaba a la gente. También se me indicó el melodrama de mucho movimiento, espectacular”. Pero Antonio Acevedo Hernández, una de las más destacadas figuras de la Dramaturgia chilena (1900-1950) sintió, en ese momento, que el destino del teatro chileno debía ser otro. De este modo, eludió la imitación de los espectáculos teatrales de la época y comenzó a desarrollar su dramaturgia basada en su propia experiencia vital: la realidad proletaria. Este antecedente fue esencial en toda la producción del autor. Acevedo Hernández se ocupó en sus obras de mostrar la pobreza y las lacras que ella conlleva: explotación, marginalidad, alcoholismo, violencia. Personajes como el obrero, el campesino, el minero, la prostituta, la mujer maltratada, son característicos de sus producciones, donde la idea de la reivindicación social se mantiene firme en medio de textos influenciados tanto por el folclor y la religiosidad popular, como por su propia lectura, intuitiva muchas veces, de textos que van desde los clásicos, hasta producciones enmarcadas en las corrientes ideológicas del socialismo y anarquismo.

La crítica especializada comentó positivamente la propuesta dramática de Antonio Acevedo Hernández, incluso lo reconoció como el padre del teatro social en Chile. Además, se lo destacó a nivel latinoamericano como uno de los más importantes autores proletarios de la primera fase de la modernidad, tanto a nivel temático, como por el circuito de producción y recepción de sus textos: gran parte de su trabajo lo efectuó junto a compañías obreras que se presentaron frente a los trabajadores.

Entre la gran cantidad de textos de su autoría, se destacan Joaquín Murieta, texto en el que recreó la figura del personaje con anterioridad a que lo hiciera Neruda; Los payadores, Irredentos, Almas perdidas, La canción rota, Árbol viejo y Chañarcillo, que es tal vez la obra más reconocida del autor. Estas últimas cuatro piezas citadas fueron recopiladas en el Teatro Selecto, con prólogo de Juan Andrés Piña, editado en 1999.

Aunque principalmente se le conoció por su teatro, cultivó otros géneros con muy buenos resultados: realizó una historia de la cueca; preparó antologías de canciones populares; colaboró como periodista en numerosos diarios y revistas de Santiago y provincia; volvió sobre la figura picaresca de Pedro Urdemales en una novela homónima. Su variado interés literario le valió ser distinguido en diversas ocasiones: Premio Municipal de Teatro por Chañarcillo, el año 1937; Premio Municipal de novela por Pedro Urdemales, en 1948; Premio de periodismo Camilo Henríquez, en 1950; y Premio Nacional de Arte mención Teatro, en 1954.

Falleció en Santiago el 1° de diciembre de 1962 y sin duda su figura perdurará por largo tiempo, pues sus obras tienen la maestría de reflejar la vida del pobre con todo lo que ella encierra; el sacrificio, el dolor, pero también la áspera inocencia, la dulzura y la sobreviviente esperanza.