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Durante las primeras décadas de vida independiente, tanto la necesidad de expresión, como la demanda por la lectura en Chile comenzaron a crecer a un ritmo más rápido que el que los medios de publicación tradicionales eran capaces de satisfacer. La industria editorial estaba en ciernes y los libros existentes en el país eran, en su mayoría, importados y de alto precio. En este contexto, los periódicos se convirtieron en un espacio privilegiado para el desarrollo de la opinión pública, la discusión sobre los nuevos proyectos nacionales y la divulgación de las tendencias estéticas en boga. El fenómeno de la circulación y consumo de folletines fue un producto de ese clima cultural: la mayoría de los diarios o periódicos durante el siglo XIX incorporaron este tipo de escritos, atendiendo a “una moderada revolución lectora que se desarrolló a la sazón de los centros urbanos del país (…) y, en particular, en Santiago y Valparaíso.” (Poblete, Juan. Literatura chilena del siglo XIX: entre públicos lectores y figuras autoriales, p. 11).

El folletín es un texto que circula por partes, inserto regularmente en las páginas de los periódicos, durante semanas o incluso meses (Estébanez, Demetrio. Diccionario de términos literarios, p. 423). En un principio, constituyó una sección más o menos fija, donde cabían variados tipos de escritos como narraciones, ensayos, crónicas o artículos. Los editores pronto notaron que era una forma efectiva y rentable de publicar relatos novelescos, lo que dio origen a la novela de folletín.

La primera noticia que se tiene de esta modalidad de publicación se registra en Francia a principios del siglo XIX. Desde la década de 1830 hay indicios de que esta práctica se había extendido ya a los países de habla inglesa y, desde 1840, a España. En Chile, en 1842 el diario El Progreso fue el primero en incorporar un folletín entre sus páginas, a la usanza francesa. Ante el éxito de esta iniciativa, distintos diarios como El Mercurio de Valparaíso, El Ferrocarril, El Independiente, La Democracia y La voz de Chile, entre otros, lo imitaron. Estos periódicos publicaron, a modo de folletín, toda clase de escritos: reseñas de teatro y libros, cuentos, cartas, comentarios sobre moda y costumbres, biografías, artículos de corte científico, ensayos de escritores e intelectuales chilenos y latinoamericanos, así como traducciones de novelas, especialmente francesas. Esta práctica dio origen a un importante circuito de publicación y difusión y propició, incluso, el desarrollo de un género folletinesco con rasgos propios.

Durante el siglo XIX el folletín funcionó como una industria editorial alternativa, no solo para los escritores e intelectuales de renombre, sino también para nuevos talentos y sujetos que no tenían acceso a los medios tradicionales de publicación, como editoriales extranjeras y revistas. Por otra parte, muchas novelas eran reimpresas en forma de libro luego de conseguir éxito o reconocimiento en las páginas del folletín. Así, libro y folletín coexistieron hasta las primeras décadas del siglo XX, cuando este sistema de publicación fue desplazado por el de las casas editoriales modernas.

Entre los escritores que publicaron en los folletines sobresalen intelectuales como José Victorino Lastarria, Benjamín Vicuña Mackenna y el argentino Domingo Faustino Sarmiento, los escritores Alberto Blest Gana, Daniel Barros Grez, Justo Abel Rosales, José Antonio Torres, Liborio Brieba, Ramón Pacheco, Moisés Vargas, Wenceslao Vial Guzmán, Martín Palma, Francisco Ulloa, Alejandro Greek y Román Vial. Otros autores a quienes cabe destacar son: Manuel Bilbao, quien publicó como folletín El inquisidor mayor o historia de unos amores –que se convirtió, en 1852, en la primera novela histórica nacional editada como libro– y El pirata del Guayas; Rosario Orrego, quien difundió su novela Teresa a través de la Revista de Valparaíso en 1874; Santiago Lindsay, con las novelas Talcahuano y Pascual Arredondo; Santiago Segundo Cuevas, quien publicó una novela histórica en los folletines del diario El Sur de Concepción en 1885, reimpresa parcialmente en Santiago con el título Esposa y verdugo o tres piratas en Penco (1897); y Gerardo Ávalos Droguett, quien en 1897 publicó una novela histórica como diatriba contra el educador Juan José Carreño, titulada Un maestro incendiario.